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Tiene 62 años, es investigador y autor de más de 20 libros y varios artículos sobre su materia de estudio: el cuerpo humano, entendido desde la sociología y la antropología. Como referente en esta área, David Le Breton llegó a Montevideo auspiciado por la Asociación Psicoanalítica del Uruguay (APU) y la Embajada de Francia, en el marco del III Coloquio Franco Rioplatense Adolescencias: textos y contextos. Ofrecerá dos conferencias: Declinaciones del dolor, el viernes 4 a las 9 horas, solo para miembros de la APU, e Individualización del sentido, personalización del cuerpo, el sábado 5, de 8.30 a 13, en la Facultad de Ingeniería. Presentará además el libro Eros, tecnología, transhumanismo.
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Le Breton es profesor de la Universidad de Estrasburgo y miembro del Instituto Universitario de Francia y del Laboratorio Culturas y Sociedades en Europa. Escribió los libros Adiós al cuerpo, La sociología del cuerpo, El sabor del mundo y Rostros. Otros títulos destacados que llegaron a Uruguay fueron Elogio del caminar y Antropología del cuerpo y la modernidad. Además, la editorial uruguaya Trilce publicó en 2003 Adolescencia bajo riesgo. En una entrevista con Búsqueda vía e-mail, Le Breton habló acerca de sus concepciones sobre el auge de la corrección estética del cuerpo, así como de su banalización con las nuevas tecnologías.
–Ha escrito sobre el dolor físico. ¿Cuáles son sus conclusiones sobre el tema?
–El dolor está determinado por la pertenencia social y cultural del individuo. En el contexto de una enfermedad, de un accidente, de la tortura, o de un dolor crónico, la experiencia de la persona es la de una mutilación. El individuo es cambiado por el dolor, pero sobre todo disminuido y reducido a la sombra de sí mismo. Deja de ser él mismo, y su pena es intensa. Por lo tanto, incluso cuando se sufre un dolor desbordante, se sufre en relación con el entorno, las pertenencias sociales, culturales y las singularidades personales. Las técnicas corporales, por ejemplo, permiten un control de las sensaciones (relajación, visualización, hipnosis o autohipnosis, yoga). También hay dolores elegidos y controlados por una disciplina, como revelación personal (deporte, body art, tatuajes, piercings), que no implican ni una mínima porción de sufrimiento, incluso si hacen daño. Son, al fin, una pena soportable. El individuo no elige este dolor pero lo acepta porque viene con una actividad que lo apasiona.
–El sábado 6 hablará sobre el cuerpo. ¿Cómo lo enfocará?
–En esta época, el cuerpo se transforma en una materia prima a modelar. Para muchas personas es un accesorio de la presencia y un lugar de puesta en escena de sí mismo. Hoy impera la voluntad de transformarlo, como lugar común. Conocemos el éxito del tatuaje, del piercing, del fisiculturismo, de los regímenes alimentarios, de la cirugía estética. Incluso hoy son más frecuentes los cambios de sexo o lo que les sucede a las personas transgénero. Hoy, la versión moderna del dualismo en la vida cotidiana opone al hombre con su propio cuerpo. Ya no es el cuerpo y el alma, ahora se da un dualismo laico que no está inscripto en una visión religiosa, más bien participa de un culto al mercado.
–En sus libros ha explicado las conductas de riesgo en adolescentes y jóvenes. ¿Cómo las interpreta?
–Son maneras ambivalentes de emitir un mensaje a los seres próximos, una forma de generar sentido y valor en sus vidas. Son prueba de la resistencia activa del joven y de sus tentativas de reajustarse al mundo. Poseen un significado positivo, más allá del sufrimiento que generan, porque favorecen que el joven asuma una autonomía y busque referencias para construir una identidad. Las conductas de riesgo son técnicas paradójicas de supervivencia. Las dependencias no son menos dolorosas que estas conductas, con sus consecuentes heridas o muertes. No hay que olvidar que el sufrimiento aumenta en la conjunción compleja entre sociedad, estructura familiar y estructura de vida. Pueden verse como ritos íntimos, autorreferenciales, despojados de toda creencia, que le dan la espalda a la sociedad que busca prevenirlos. A veces provocan un sentimiento de renacimiento personal y pueden verse, entonces, como formas de autoiniciación.
–¿Cuál considera que es hoy el rol del cuerpo en la sociedad occidental?
–El cuerpo hoy en día ya no es el soporte irreductible de la identidad, sino un bosquejo a corregir. Durante mucho tiempo en nuestras sociedades no se lo interrogaba, ya que permanecía en el corazón de la existencia. Hoy en día, en el contexto de individualización y mercantilismo del mundo, el cuerpo no es más el origen inflexible de una historia personal, sino una forma de remitirse incansablemente a pasatiempos pueriles. Se cambia de vida para cambiar de existencia, para redefinirse a sí mismo. Hoy, el cuerpo es la materia prima de una identidad siempre provisoria, que debe ser modelado en su apariencia y forma.
–¿Cómo es el rol del cuerpo en las redes sociales y en Internet en general?
–La navegación en la red o la inmersión en una realidad virtual da a los internautas la sensación de estar viviendo en un cuerpo totalmente inútil al que solo queda nutrir, dar descanso y entretener; unas trabas sin las que la vida sería feliz. La comunicación en la red, sin cuerpo ni rostro, favorece las identidades múltiples y la fragmentación del sujeto, que queda enganchado en una serie de encuentros virtuales, cada vez con un nombre distinto. Incluso se puede fingir una edad, un sexo, una profesión, según las circunstancias. Ahí, el cuerpo se transforma en un dato opcional. Internet es una formidable institución de la máscara, donde el internauta se oculta bajo identidades temporales y reversibles. Colgados del ciberespacio, los cuerpos se disuelven. Surge así un mundo puritano y aséptico, a menos que los intercambios por Internet sean el preámbulo del encuentro físico.
–Usted se ha mostrado crítico con la obsesión por el arreglo personal, la cosmética y la transformación del cuerpo en la cultura occidental. ¿Por qué?
–En la sociedad de la apariencia, la imagen y el espectáculo, el objetivo es que a uno lo vean y aprecien por cómo se ve. El cuerpo se transforma en la pantalla donde se proyecta una identidad siempre virtual. Lo que genera una exigencia autoimpuesta y despiadada de seducción y modelado, porque nadie escapa a su responsabilidad frente a la imagen que da a los demás. Cada uno vale lo que vale su imagen. Esta tiranía de la apariencia afecta particularmente a las mujeres, que aunque pueden estar más liberadas de las restricciones de la casa, hoy son más que nunca sujetas a la exigencia de la belleza. Su liberación se acompañó por una atadura a la camisa de fuerza de la apariencia. En las representaciones occidentales la mujer se fusiona esencialmente con su cuerpo, mientras que el hombre se identifica con lo que hace de su vida.
–Escribió un libro sobre las virtudes del caminar. ¿Por qué considera que esta actividad es clave para las personas?
–Caminar es un escape bello que aleja de las rutinas del pensamiento y de la existencia, de los pesares del trabajo y de los problemas personales. Es un paréntesis en las restricciones y expectativas que implica la identidad de cada uno. Al caminar, uno se pone en contacto con su historia y se abandona a las vicisitudes del camino. Se da una reconexión con el cuerpo porque lleva a tener los pies sobre la tierra en un sentido físico y moral del término. Ayuda a ordenar el caos interno. No elimina las fuentes de la tensión, pero cambia la mirada sobre ella. Caminar diluye las tensiones y con frecuencia provee una solución nueva que la insistencia en rumiar sobre el problema impedía ver. La preocupación es siempre una restricción de sí mismo en un tiempo circular que da vueltas sin hallar una solución. Pero la puesta en movimiento del cuerpo activa también el pensamiento, es zambullirse en un punto de vista diferente que aparece paso a paso. La caminata abierta al espacio proporciona una mirada amplia.
–Como francés, ¿qué pensó y sintió en el atentado terrorista en la revista Charlie Hebdo en enero de este año?
–Tuve un sentimiento absoluto del horror y de lo irremediable. Fue un día de duelo, el surgimiento de un integrismo que mata en vez de discutir, de un racismo absoluto y de una voluntad de muerte, para instaurar ya no el reino de Dios sino de quienes se auto proclaman sus representantes en la tierra. Lo que sin embargo es inconciliable con el Islam.