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    Irán busca provocar un infierno, aunque su régimen tambalea

    Nº 2148 - 11 al 17 de Noviembre de 2021

    La dictadura islámica que gobierna Irán fomenta hace décadas la desestabilización y el terrorismo. Sus aliados son siempre dictaduras, como Siria y Venezuela.

    Estados Unidos, Arabia Saudita, Israel y Egipto comparten un objetivo estratégico común: impedir que Teherán obtenga la bomba atómica. Un arma así en manos de un régimen fanático causaría una imparable carrera armamentista en Medio Oriente. Joe Biden prometió: “Irán no se convertirá en un Estado nuclear bajo mi presidencia”. Pero se está creando una brecha entre Washington y sus aliados. No ven a Irán de manera idéntica y sus respectivas percepciones pueden alejarse más si se firma un acuerdo nuclear como el que en 2015 suscribieron Irán y las seis grandes potencias: EE.UU., China, Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania.

    Según el analista israelí Alón Pinkas, “Irán es una amenaza directa para Jerusalén, como a menudo se define a sí mismo”. Durante dos décadas ambos países se han enfrentado en diversos ámbitos. Los ayatolás fomentan el terrorismo en todo el mundo —recordemos los atentados a la AMIA y la embajada israelí en Buenos Aires—, mientras el Estado hebreo ha causado serios daños al programa nuclear persa mediante ciberataques, además de bombardeos aéreos a sus fuerzas en Siria, un país feudalizado y destruido por la guerra interna.

    Irán es un “Estado umbral”, es decir un país que tiene el conocimiento y la tecnología para producir la bomba atómica. Si mantiene su decisión de seguir así, sin avanzar más, es aceptable para EE.UU. Pero no lo es para Israel y los Estados árabes. La nueva prioridad para Washington es China, con su creciente poder y su ambición de conquistar Taiwán. Los demás temas se han vuelto secundarios. Esto incluye a Irán, les guste o no a sus aliados. Ellos consideran que la retirada parcial americana creará un vacío de poder que hará a Teherán aún más agresivo. Según Pinkas, “un regreso al acuerdo le dará a Israel tiempo para formular una nueva política, más allá de las reservas que tenga sobre el mismo y los mecanismos de supervisión”. No todos coinciden con esta visión. El acuerdo de 2015 no cubría las actividades no nucleares y tenía fecha de vencimiento. Por otro lado, en caso de que los actuales contactos fracasen, Irán sería libre de continuar su programa. Incluso si se abstiene de cruzar el umbral, se acortará el tiempo necesario para construir una bomba.

    La opción militar 

    El pensamiento predominante en los Emiratos Árabes, Israel y Arabia Saudita es que EE.UU. será reacio a participar en un ataque militar contra Irán. Si así fuera, solo Israel podría destruir el proyecto persa, dada la eficacia de su fuerza aérea y la posesión —no reconocida oficialmente— de un arsenal de 400 cabezas nucleares, de las cuales, según escribió el fallecido general Colin Powell, “200 apuntan a Irán y están listas para ser disparadas”. A pesar de su gasto en armamento Arabia Saudita sigue siendo militarmente un tigre de papel, dada la torpeza de su ejército para utilizarlo. El apoyo iraní al grupo terrorista Hizbollah, “la maldición del Líbano”, es otro punto de tensión. Su presencia ha provocado la profunda crisis que vive el país de los cedros.

    La OIEA advirtió que la falta de cooperación “compromete seriamente” la capacidad de la agencia para mantener el conocimiento sobre la actividad nuclear. “Teherán ha continuado almacenando uranio enriquecido a altos niveles en las plantas de Natanz y Fordow”.  Según los expertos, está más cerca de tener la capacidad de construir una bomba que nunca, pero no en dos meses —si se decidiera— como algunos creen. El uranio no tiene un enriquecimiento del 90%, requerido para el uso militar. Y el tiempo es un cálculo técnico que no tiene en cuenta la voluntad política. Todo lo que hace es definir el estatus de Estado umbral, no potencia nuclear. Aparentemente Irán prefiere esta situación; sabe que China y Rusia no apoyan su sueño atómico. Esto llevó a los ayatolás a ver que tienen mayor margen de maniobra manteniéndose así, en lugar de crear una bomba y quedar de inmediato en la mira.

    Los estrechos lazos entre Estados Unidos y Arabia Saudita se remontan a la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces Riad le ha vendido petróleo en condiciones preferenciales y Washington garantiza la seguridad del reino. Armas y protección por petróleo son el pilar de la relación especial entre ambos. Con Israel la alianza es sólida y se basa en intereses y valores democráticos compartidos. Incluso más que la comunidad judía, los cristianos evangélicos americanos son activamente proisraelíes.

    La falta de voluntad de Biden en presionar demasiado al reino saudí —también teocrático, pero con una política exterior conciliadora— se debe al enemigo regional que comparten. La República Islámica es vista como un “imperio del mal”. Todos sueñan con un cambio de régimen en Teherán, altamente impopular y que —como toda dictadura— se mantiene solo por la represión.

    Según Michael Lüders, analista alemán del Medio Oriente, “la República Islámica realmente no puede aniquilar a Israel, incluso si su liderazgo lo desea... estrictamente hablando esto sería imposible por dos razones fundamentales. Primero, Israel tiene la bomba atómica e Irán no. Los israelíes no dan información sobre su potencial nuclear y no están bajo presión en el asunto. Un país sin la bomba —y medios para lanzarla— es simplemente incapaz de eliminar a otro que la tiene y cuenta además con un avanzado sistema antimisiles. Es objetivamente imposible”.

    Solo existe una alternativa pacífica: lograr un acuerdo que brinde seguridad a todas las naciones de la zona.

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