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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSeguramente, una vez pasadas las elecciones internas, las páginas de los medios de prensa (y Cartas al Director, de Búsqueda, a la cabeza) se verán inundadas con comentarios sobre la saga de Juan Sartori. Y esta es otra más.
Un episodio entre triste y cómico que, espero, haya ingresado en su etapa de agonía previa a la desaparición definitiva. Un episodio que nada bueno trajo a nuestro país, porque nada bueno puede traerle un personaje como Juan Sartori.
Un hombre a quien no conozco personalmente. Confiando en que mi buena estrella me mantenga en ese desconocimiento. Y de quien solamente conozco —en forma personal y directa– un asunto profesional. Del cual estoy obligado legalmente a guardar silencio, pero del que puedo decir que no me brinda buena opinión de esta persona. Aunque, es justo indicarlo, no tenía nada de incorrecto o deshonesto. Sin perjuicio de tener la sospecha de que era un medio correcto y lícito para tratar de disimular algo lejano que, tal vez, no lo era tanto. Pero, no teniendo pruebas de otra cosa, hay que admitir la corrección de aquel emprendimiento (que tuve el deber –y el placer— profesional de hundir con un torpedo similar al que hundió en pocos minutos al crucero Belgrano). Episodios de la profesión de abogado.
Juan Sartori apareció en forma sorpresiva, con un aterrizaje propio de paracaidista invasor extranjero: ni conoce la Marcha de Tres Árboles, o sea, el himno del partido en el que decidió introducirse, ni conoce mucho del país cuyos destinos pretendía regir, al punto de hasta ignorar cuál es el salario mínimo en nuestro país.
Es decir, ignorando todo lo concerniente al partido político en el cual se introdujo sin que nadie lo llamara, e ignorando prácticamente todo lo concerniente al país cuyos destinos pretendía regir por cinco años.
En tales condiciones, no puedo creerle –tendría yo que ser demasiado tonto para hacerlo– que sus intenciones hayan sido las que pregonaba a los cuatro vientos: dedicar su actividad, su vida y su patrimonio a mejorar los destinos del país y su gente.
Cuáles hayan sido sus verdaderas intenciones, cuál haya sido su proyecto, es algo que, seguramente, quedará para siempre en la incógnita para la mayor parte de los orientales. Si, como espero, él y su movimiento pseudopolítico desaparecen prontamente de nuestro país, poco importará esa ignorancia. Tal vez, hasta sea mejor no saberlo. Que se vaya cuanto antes y nos deje su mal recuerdo. Y el placer de su alejamiento.
Ya, por desgracia (y por culpa de la mayor parte de los uruguayos, entre los cuales me incluyo, no por mi participación sino por mi prescindencia) nuestro sistema político está bastante desprestigiado. Todos deberíamos involucrarnos más en esas tareas. Pero no necesitamos la colaboración destructiva de personajes funambulescos de este tipo. Que solamente pueden ayudar a postergar la necesaria recuperación de aquel antiguo y bien ganado prestigio.
Simultáneamente con su aterrizaje de paracaidista inesperado se desató en nuestro país una campaña de calumnias, noticias falsas y todo el despliegue posible de las malas artes que habilitan las redes sociales. Y la abundancia de dinero.
Uno de mis hijos, que reside en EE.UU., pero que sigue muy atentamente la actualidad uruguaya (porque proyecta volver a su país en cuanto pueda hacerlo), me llamó muy alarmado: “Papá, me dijo, esto que está haciendo Sartori es lo mismo que hizo Trump en EE.UU., y que se ha hecho en otros países. Y es algo tan peligroso como efectivo: el mundo ha cambiado”.
Ignoro si realmente Juan Sartori es el promotor de esa campaña, que centró sus dardos en su rival, Luis Lacalle Pou (tirando algunos darditos por otro lado, seguramente para disimular la verdadera intención de esa sucia campaña). La cual era, evidentemente, un eficaz intento de arruinar al más aventajado precandidato del partido y, a la vez, de hundir al Partido Nacional.
No puedo afirmar, porque tengo informaciones del exterior, pero no tengo pruebas, que haya sido Juan Sartori el promotor de esa indigna campaña. Y por eso no afirmo nada sobre eso. Y nada imputo a este personaje de quien solamente espero que nos haga el favor de desaparecer de nuestra tierra. Aunque solamente sea por algún tiempo: digamos doscientos o trescientos años.
Pero, aunque soy hombre nacido y criado en el asfalto ciudadano, he pasado buena parte de mis últimos cincuenta años en el campo. Y en contacto con su gente, con los paisanos orientales. De quienes aprendí muchas cosas y, entre ellas, algunos proverbios muy sabios (no fue solamente José Hernández quien supo hacer eso, aunque él fue capaz de crear el Martín Fierro con esa base, y yo no).
Entre ellos, uno muy conocido: “Cuando veas un bicho del color de los patos, que camina como un pato, que grazna como los patos, y que anda rodeado de patos… ten por casi seguro que es un pato”. Estaba siempre en boca de mi viejo, hoy fallecido, capataz: El Gallineta García. Quien casi no sabía leer y escribir, pero conocía mucho a los seres humanos.
Motivos por los cuales no puedo afirmar, y no lo hago, que haya sido Juan Sartori el promotor de esa campaña sucia. Y no dejo de percibir que aquel sagaz paisano me hablaba de “seguramente”, pero también de “casi”. Pero también debo reconocer que mi motor interno ha quedado pistoneando…
La vieja y sólida estructura de los partidos tradicionales superó, por esta vez, la dura acometida de los especialistas de las campañas sucias mediante las redes sociales. Que se basan en un hecho indudable: gran parte de la gente que vive con ellas recibe mucha información, pero de baja calidad (o de ninguna, más bien), y las examina poco y las cuestiona aún menos. En tales circunstancias, hay una enorme cantidad de gente que se transforma en blanco fácil de ese tipo de campañas. Y hay gente con carencia de ética, pero provista de intenciones, dinero y posibilidades para aprovechar esa falla de las redes sociales. La vieja estructura superó esta vez el duro desafío. Pero debe aprender la lección: el mundo ha cambiado.
Sabia e inteligente fue la actitud de Luis Lacalle al optar por no responder. Denunciar, pero no responder. Acredita que ha crecido y que ya es un buen aspirante a la presidencia. Ha demostrado tener todas las condiciones necesarias. En estos últimos cinco años ha madurado lo suficiente. Me alegro de haberlo votado en las anteriores y de volver a hacerlo en esta oportunidad en la que el Uruguay se juega su futuro: volver a nuestra ruta anterior o seguir el camino hacia Venezuela (hasta ahora en forma algo lenta, pero cada vez con mayor aceleración gracias a los gobiernos progresistas, que, como su denominación lo indica, siempre y en todas partes han traído sensibles progresos… hacia la miseria y la tiranía).
Progresismo (denominación cuya legitimidad y adecuación comparto con quienes son integrantes de esa cofradía, aunque, como decía, por distintos motivos) que ha llevado a nuestro país muy cerca del despeñadero. Es de esperar que no lleguemos a dar el paso adelante que recomendaba el vicealmirante Márquez: paso que el país daría, muy claramente, si brinda al Frente Amplio la posibilidad de terminar su tarea con un cuarto período de gobierno. Eso sí que sería dar un paso hacia adelante en las circunstancias que mencionaba el vicealmirante.
Superar el desastre que hoy nos está dejando el progresismo (como es su resultado habitual, y como ha hecho en todos los países en que ha tenido el gobierno por tiempo suficiente) es una tarea difícil que espero esté a cargo del Partido Nacional y de Luis Lacalle Pou. Con la imprescindible colaboración del resto de la oposición. De toda ella, sin excepciones.
Tarea compleja y difícil porque nuestro país, como muchos hoy en día, está dividido en dos fracciones opuestas de un mismo tamaño.
Lo mismo sucedió en la España de 1936 y terminó en una guerra terrible. España, en ese sentido, enfrentaba un dilema muy parecido al nuestro: una población dividida, exactamente por mitades, y radicalmente enfrentadas.
Esa fractura derivó en un golpe militar parcialmente frustrado, convirtiéndose a los pocos días en una guerra civil, y en un par de meses en una verdadera guerra internacional (al menos, eso es lo que un marciano hubiera visto, si hubiera bajado en España en el año 1937, sin saber nada de Europa: hubiera visto españoles, alemanes e italianos combatiendo —por objetivos españoles, alemanes e italianos, cada uno por los suyos— contra las mesnadas de la Unión Soviética y otros españoles peleando por objetivos soviéticos y españoles, cada uno por los suyos). Y eso es una guerra internacional.
Por suerte, estamos muy lejos de ese horrible destino. Del cual debemos escapar recurriendo al sabio pero desencantado consejo de Octavio Paz:
“Debemos repensar nuestra tradición y buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad: el liberalismo y el socialismo. Me atrevo a decir que este sea el tema de nuestro tiempo”.
Enrique Sayagués Areco