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    La FIFA y Suárez (XII)

    Sr. Director:

    Fragmentos de mails como el que transcribiré, arriesgo que ha de ser frecuente recibir cartas de este orden, en estas horas, dramática y drásticamente futboleras, y no solo futboleras, sino que sus consecuencias, como ondas concéntricas, se pueden enmarcar en otras disciplinas: mitología, psicoanálisis, sociología y aun literatura, atento a las características étnicas y ficcionales que responden a ese “santuario de cosas populares” donde el fútbol reina. Y recorrer esos andariveles otorgue algo de luz, de comprensión, de otras reflexiones.

    Paso al mail anunciado con que empecé a escribir: No great genious has ever existed without some touch of madness... yo banco a Suárez aunque sea un pelotudo. La FIFA es una mafia, manga de corruptos, se fueron al re carajo con esa sanción”.

    Empecé más arriba con la mitología: una persona amiga me habló luego de que la FIFA hubiera desterrado a Suárez, de que el jugador expulsado representa al héroe, que de la cima bajó raudo a la sima, después de haber vivido su hora más triunfal, y en seguida fue la caída.

    Un periodista de la televisión lo resumía con estas palabras emitidas deprisa: “Suárez, que después de estar en el reino de los cielos (triunfo ante Inglaterra), se trasladó al infierno en el partido ante Italia”. En ese match ocurrió la incidencia del supuesto mordisco de Suárez ante el jugador italiano Giorgio Chiellini, quien en un primer acto expresa sospechosamente un venal golpe (o mordisco en su hombro), con mucha finta, con mucha pantomima. La acusación apunta al uruguayo, a su fama de “mordedor”. Sin embargo, en un segundo acto a modo de expiación y alivio, Giorgio Chiellini comprueba la desmesura de la sentencia del Tribunal Disciplinario de FIFA y ruega a los jueces de la FIFA que anulen lo actuado, que mitiguen su crueldad.

    Pero ya era tarde.

    Los fallos de la ecuménica Federación parecen no solo ser draconianos, sino también, inamovibles. Apelables, claro. Pero, ¿puede la Justicia hacer algo ante esta entidad atópica que parece intocable para cualquier otra instancia que no sean las de sus propios comités? Un abogado uruguayo, Alejandro Balbi, vuela a Barcelona para coordinar con abogado español de Suárez, Guardiola, un escrito de apelación del fallo.

    En el ínterin, el jugador se despide de sus compañeros, no puede continuar en la disputa del Mundial, por nueve partidos no podrá disputar ningún match con la selección, no podrá jugar por cuatro meses al fútbol en Inglaterra, no tendrá la libertad de entrar a los estadios como cualquier habitante del planeta Tierra. El jugador se retira cubierto de oprobio, en medio de campañas periodísticas sensacionalistas llevadas a cabo principalmente por diarios ingleses. El Reino Unido tiene una robusta prensa amarilla, como la ha disecado el novelista Martín Amis en sus novelas.

    El mejor jugador del fútbol inglés del año 2013 es demonizado ahora por la prensa inglesa.

    El fervor popular, en nuestro medio, quiere acompañar al héroe caído en su retorno al país, pero el jugador, cansado, quebrado y solo, alcanza a agradecer y se encierra en un mutismo y una retracción social absolutamente esperables y quizá buscando en el silencio un alivio a su dolor.

    Si estuviéramos en el dominio de la religión, diríamos que todo denota un parecido con una bula de excomunión papal o de sinagoga, con el estigma consiguiente que acompaña a estos fallos terribles.

    Pero la FIFA no es la Iglesia católica apostólica romana, ni un concilio de rabinos superiores, aunque sus fallos se asemejan a esos tribunales inquisitoriales en acción.

    Hay otras significaciones previsibles. Los periodistas se entrevistan con representantes de la FIFA. Los cuestionan.

    ¿Qué pasos da la Federación cuando debe encarar repetidos cargos de corrupción que se levantan con alta frecuencia contra el organismo rector del fútbol mundial? (Los mismos sponsors como la Sony, Coca-Cola y otros han querido asimismo indagar sobre el destino de los fondos de la FIFA, pero no ha habido hasta ahora ningún esclarecimiento).

    Otra interrogante es: ¿qué hay de estrafalarias designaciones como la de nombrar como sede a Qatar (Emiratos Árabes) para el Mundial del 2022, cuando el propio Joseph Blatter, líder de la organización, admite que fue un error, dado que el clima es absolutamente inhóspito por las altas temperaturas reinantes en esa presunta sede?

    Sincrónicamente han arreciado las críticas hacia el vicepresidente uruguayo de FIFA (y presidente de Conmebol, Confederación Sudamericana de Fútbol), Eugenio Figueredo, hasta ahora personaje que carga un inexplicable silencio, sin dar cuenta de la actitud personal asumida en este fallo de ostracismo por parte del Comité del que Eugenio Figueredo forma parte.

    Hay otras reflexiones: la FIFA se caracteriza por levantar el eslogan de “No al racismo” y abogar por el “Juego limpio” (“Fairplay”). Pero detrás de estas leyendas de cubierta, acechan segregaciones tan inéditas y monstruosas que no cabe sino denominar de racistas. Y se dice más: que la propia dinámica del poder de “instituciones gigantescas” como la FIFA es ejemplo de la tendencia inexorablemente nazi-fascista que gobierna a estas corporaciones, que ostentan una cabeza, la de su líder, la de su conductor, a quien las demás organizaciones le prestan su apoyo, su identificación, su idealización y su adhesión, convergiendo los ideales de conducción que sostienen las instituciones que componen FIFA, con el ideal de conducción que se abroga el líder. La omnipresente, omnisapiente, omnipotente intocabilidad de Joseph Blatter, líder y conductor de esta poderosa institución, sembrada de continuos mandatos renovables hasta ahora, ha sido intocable en el dictado de sus laudos atrabiliarios.

    El caso Suárez. Aparenta ser de físico pequeño (pero es alto); Suárez habla con tono bajo, vacila al hablar, no es lo suyo hablar, y quizá tampoco sea bueno escuchando. Procede de un barrio humilde del departamento de Salto. Luis Suárez hizo un periplo que se inició primero en el Club Nacional de Football de Uruguay, prosiguió en el Groening de Amsterdam, luego el Ayax de este mismo país, para culminar a los veintisiete años en el Liverpool inglés, donde juega actualmente. Ha luchado incansablemente contra un síntoma oral propio que vive como ajeno (“no sé por qué lo hago”), manifestación agresivo-defensiva que ha hecho que acudiera a sus incisivos centrales superiores, como a un espadín, en operativos de defensa unas veces, de ataque otras, y fueron usados no solo en campos de juego, sino también, se supone, en los aledaños inclementes de la vida, con esa dentadura adolescente temible.

    Una voz discrepante y amiga me ha manifestado que “en el llamado ‘caso Suárez’ se debe saber para qué sirve lo que hace y repite, sus agresiones. O, por lo menos, el jugador debería saberlo. Cada uno tiene que ser responsable de sus actos. La FIFA no es santa, pero la clemencia no se puede prodigar. Suárez dice ‘no sé por qué lo hago’. Eso es muy ambiguo, es como justificar su locura, su ‘desajuste espiritual’ indudable, pero, vamos, de esto hay que hacerse responsable. Más allá o más acá de lo que sienta, él pertenece a un equipo y no solo se jode él, jode al resto”.

    ¿Y por qué no pensar que una cosa fue la selección con Suárez y otra sin Suárez?

    No ha sido convincente la respuesta de Tabárez en cuanto a que el equipo no sintió la ausencia de Suárez. Parece una respuesta poco ponderada, poco realista y de poco reconocimiento al jugador.

    Hay otro elemento de significación en este acontecimiento Suárez-FIFA. Es la exigencia del público. Ahí hay otra enorme boca oscura y de enormes dientes. El jugador Nº 12, como se llama a las “torcidas”, es algo temible. Es también un monstruo sin cabeza. Todos estamos implicados en eso. En la novela de Vicente Blasco Ibáñez “Sangre y arena”, al referirse al público, el autor estampaba esta sentencia final: “Rugía la fiera, la verdadera, la única”. Y quiero terminar esta carta, Sr. Director, con otra cita de un escritor. Es de Louis-Ferdinand Céline y dice así: “La mayoría de la gente no muere hasta el último momento; otros empiezan veinte años antes y a veces más. Son los desgraciados de la Tierra”.

    Juan Carlos Capo