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    La Tierra será nuevamente plana

    Es harto conocida la dimensión general de la crisis que padece la investigación científica en España, con recortes del 40% en los últimos cuatro años. El principal problema del investigador español hoy es sobrevivir. Mantener su puesto. Poder pagar el alquiler o la hipoteca y no terminar en la calle, desahuciado, como docenas de miles de compatriotas.

    Un dato de difícil digestión mental: las universidades españolas suman hoy una deuda de 1.700.000.000 (mil setecientos millones) de dólares. Estimado lector: pase esa suma a pesos uruguayos, haga gárgaras con los ceros y siga leyendo.

    Otro dato: para achicar un poco (un poco muy poco) esta deuda, se aumentaron radicalmente las matrículas. Más de 30.000 alumnos ya han quedado afuera del sistema educativo por no poder pagar el aumento, muchos de ellos con las carreras prácticamente terminadas. En vez de tomar medidas para paliar esta situación, el Ministerio de Economía restringe más aún el apoyo económico a la educación. Es como apagar un incendio con nafta.

    El brutal aumento de la deuda pública española (se ha duplicado en cinco años) es un argumento usado a menudo para seguir restringiendo la financiación de la actividad académica. Pero el problema de fondo es: ¿qué país será España dentro de muy poco tiempo? ¿Cómo enfrenta su futuro en un mundo en donde la educación es decisiva para el crecimiento de toda la sociedad?

    La brecha con los otros países de la vieja Europa occidental (Portugal, Grecia e Italia excluidos) aumenta día a día. Mientras en el norte deciden combatir la crisis apostando por la investigación, España y sus vecinos mediterráneos eligen la vía contraria. Acosado cotidianamente por la comunidad científica, el ministro de Hacienda español defendió los recortes con una perla literaria: “Hombre, nos tenemos que buscar la vida de otras formas”. Baltazar Gracián, el ácido jesuita del Barroco, le hubiera dedicado una pieza satírica que lo hubiera dejado retratado por los siglos de los siglos.

    Esta situación neutraliza el interés de los jóvenes por dedicarse al estudio y expulsa del país a los investigadores que por su situación personal y conocimientos de idiomas pueden ir a trabajar a otros lados. Nuria Martí, de 33 años, fue despedida del Centro de Investigación Príncipe Felipe de Valencia en el 2011. Como conoce el inglés, se fue a Estados Unidos. Hoy vemos su firma bajo uno de los trabajos sobre células madres más importantes de los últimos años. No piensa (ni puede) volver a España.

    Casos como el de Nuria bastan para hacer un catálogo de los gordos. Pero algunos son excepcionalmente tragicómicos. Como si se tratase de uno de esos sucesos surrealistas que narro en mi libro La herencia, surgen dentro de esta realidad situaciones que exigen la capacidad de un Quevedo o de un Cervantes para describir y criticar. Un solo ejemplo: el mismo día que Diego Martínez, de 30 años, recibió el premio al mejor físico joven de Europa por parte de la Sociedad Europea de Física, el más prestigioso instituto español (la Fundación Ramón y Cajal) le negó una beca por considerar que “no estaba suficientemente capacitado”. Huelga decir que Martínez vive y trabaja afuera de España (Suiza y Holanda).

    Lo que hemos visto en estas dos columnas es la punta del iceberg, los efectos de la crisis a niveles de la educación superior. En la otra punta, en la escuela primaria española, el hambre y la malnutrición se están convirtiendo en la ecuación más difícil de resolver. Cada vez son más los chicos que solamente se alimentan con lo que reciben en los comedores escolares y que dependen de las meriendas que reparten organismos como la Cruz Roja o la Iglesia. Asistimos así al “invento” conocido como sándwich mágico: consta de pan con pan. Y quizás, algo de aire en el medio.

    Esta situación, que para muchos lectores que no siguen el devenir cotidiano en la península puede resultar directamente inadmisible y no creíble, se explica de muchas maneras. No es el tema de esta columna y por eso lo resolveremos pronto y rápido repasando tres datos actuales: en España, 2.200.000 niños viven en hogares que están por debajo del umbral de la pobreza. Representan nada más y nada menos que el 30% de la población menor de 18 años. Hay regiones enteras, como Andalucía, en donde la desocupación juvenil es del 50% o más.

    Pero hay un dato escalofriante para el futuro de España: el nivel de abandono escolar (25% entre los jóvenes de 18 a 24 años) es el doble de la media europea. Cuando la clase política y empresarial piensan en el futuro del país, ¿qué imagen ven? La imagen que yo veo es la de un país cada vez más atrasado en relación a sus pares del norte; un país volcado a actividades primarias, rudimentarias. Veo cientos de miles de mozos de bar, de limpiadoras y guardianes de hotel, de cocineros, de taxistas, de prostitutas y de otras profesiones dedicadas al recibimiento y cuidado del turista. Es como si España estuviese nuevamente en los albores de los años 60, esperando con ansiedad a que la rica Europa septentrional aporte el capital necesario para impulsar la economía nacional.

    La mejor conclusión de este desmantelamiento masivo de la investigación científica en España la hizo un bloguero al escribir en Twitter: “Como sigan recortando en ciencia, la Tierra volverá a ser plana”. Y yo me permito agregar: dentro de muy poco, si un nuevo Colón presenta su proyecto de descubrimiento, los sabios de Salamanca no pararán de reírse.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor