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    La capital de Israel (I)

    Sr. Director:

    La reciente condena de las Naciones Unidas a la decisión del presidente de Estados Unidos de trasladar la sede de su Embajada en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, dice mucho más acerca de la ONU y de su deterioro ético (y el de sus secuaces —nuestro país incluido), que acerca del objeto de su condena (la decisión de marras). Menos dice aún de su destinatario indirecto y final, Israel.

    Sr. lector, no nos llamemos a engaño. Acá lo que está en juego no es únicamente Jerusalén. A la ONU de hoy —no a la del 47 ni a la de nuestro Rodríguez Fabregat— Jerusalén le importa tanto como a Ud. o a mí nos puede importar el sexo de los ángeles: absolutamente nada.

    Lo que a la ONU sí le importa (y mucho) es preservar su rol funcional a la dirigencia militante del mundo árabe, a saber, la mentira, la distorsión; socavar, aislar y hostigar —en definitiva: deslegitimar— a uno de sus Estados miembro, Israel, la única democracia del Medio Oriente. A las pruebas me remito: las condenas a Israel representan la mitad de las resoluciones del Consejo de Seguridad y las dos terceras partes de las decisiones de su Asamblea General. Que Israel sea el país del Medio Oriente donde los árabes mejor viven (la emigración árabe de Israel es igual a cero), o donde gozan de genuina representación parlamentaria, o donde reciben mejor atención médica, o donde pueden entremezclarse con ciudadanos israelíes en un mismo equipo de fútbol profesional sin ser apedreados, poco importa.

    Es el mundo patas para arriba. Es el mundo occidental —tan proclive a mirar a un costado cuando hay que mirar hacia el otro (no es la primera vez)— que hace décadas ha comprado una mentira —la narrativa árabe acerca de Israel—, el último mito sagrado del 68 que aún pervive, al decir de mi hermano Mauricio. Cuando María Elena Walsh compuso sus recordadas canciones, mal podía imaginar que la versión más acabada de su mundo al revés no estaría en un gato que dice yes, ni en un ladrón que es juez, sino en la propia realidad: menos aún podía imaginar que esa realidad fuera, ni más ni menos, que la propia ONU.

    Jonás Bergstein

    CI 1.316.079-4