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    La cercana humanidad de los desconocidos

    Columnista de Búsqueda

    Algunas series son promovidas con fervor por sus productores o, en tiempos más recientes, por las plataformas que las distribuyen. Otras en cambio no alcanzan a asomarse al radar selectivo de esas plataformas y su existencia transcurre en un opaco segundo plano. A veces esas series logran imponerse por encima de la gestión de sus promotores, gracias al interés del público o a la perseverancia de sus creadores. Ahí está el caso de Law And Order, que en su arranque fue renovada a pesar de sus bajas mediciones de audiencia y que terminó siendo uno de los shows televisivos de más larga duración gracias a la constancia que ese público, inicialmente reacio, finalmente le prodigó. O el de Cagney And Lacey, cancelada luego de su primera temporada y renovada tras el aluvión de cartas (eran los 80, era predigital) que enviaron sus fans a la cadena productora, la estadounidense CBS.

    Entre las series que no promueve o promueve apenas la plataforma Netflix está La cantina de medianoche. Quizá por tratarse de un programa que tuvo varias temporadas antes de llamar la atención de su actual distribuidor, quizá por su intencional bajísimo perfil, la cosa es que una serie de alto valor humano viene quedando fuera de lo que el algoritmo recomienda a los usuarios de Netflix. Las cinco temporadas que tiene la serie fueron estrenadas por la plataforma en Uruguay hace apenas unos meses, aunque las tres temporadas originales fueron realizadas entre 2009 y 2014. Solo después de esas temporadas, producidas por la japonesa Mainichi Broadcasting System, fue que Netflix tomó el testigo y decidió producir dos temporadas más, que terminaron de realizarse a finales de 2019. Por todo eso, La cantina de medianoche es una suerte de rara avis que para la inmensa mayoría de los espectadores permanece invisible. Y eso es una pena, ya que se trata de un programa bastante único.

    Basada en el exitoso cómic japonés del mismo nombre, la serie cuenta las historias de los parroquianos de una izakaya, un restaurante sencillo y popular que abre desde la medianoche hasta las siete de la mañana, en el populoso barrio de Shinjuku, corazón comercial de Tokio. Con una barra breve con solo 12 asientos, el responsable del local es un hombre parco y alto, con una larga cicatriz en la cara, conocido solamente como Máster, sobriamente interpretado por Kaoru Kobayashi, único personaje que aparece en todos los episodios. Buen cocinero, el Máster suele intervenir poco en las historias que se cuentan, pero cuando hace falta siempre tiene una palabra de consuelo, aliento o crítica para sus comensales. Tiene también una regla no escrita para su restaurante: no sirve más de tres vasos de sake (o tres botellas de cerveza), ya que no acepta que la gente venga solamente a beber y, eventualmente, a emborracharse. Nada se sabe del pasado del Máster ni tampoco su nombre. Sí se sabe que su política de cocina es sencilla: solo tiene un par de platos en el menú, pero si el cliente lleva los ingredientes o él los tiene cocina cualquier comida que se le pida.

    Pese a ser una serie que se desarrolla en un restaurante y en donde la comida ocupa un lugar central, lejos está de ser una serie “gastronómica”: la comida es una coartada que conecta el instante en que se narra la historia con algún aspecto clave de la vida de los comensales. Cada capítulo, de algo más de 20 minutos, muestra los lazos entre un plato en particular y algún evento de la vida de esos parroquianos. Y se trata de una parroquia de lo más variada: críticos de arte, miembros de la yakuza, fotógrafos frustrados, poetas enigmáticos, strippers, repartidores de diarios, estudiantes de cine, funcionarios, policías. También aparecen personajes recurrentes como el Señor Chu, de quien no se conoce su historia, pero es un gran comentarista de historias ajenas. O el maravilloso trío de amigas conocido como Las Hermanas Ochazuke, quienes, salvo que una de ellas tenga novio, cenan siempre juntas el mismo plato: ochazuke, una especie de sopa con arroz y té verde.

    De manera evidente, el programa se concentra en las historias de sus mínimos personajes antes que en las maravillas técnicas de la producción. La cantina de medianoche (Midnight Diner en sus tres primeras temporadas, Midnight Diner: Tokyo Stories en las últimas dos) es de hecho una serie austera y parca, casi “pobrista” en lo visual, una en la que el peso de la narración recae siempre en algún aspecto de la vida de los comensales del local y en cómo estos lidian con eso en el presente. Aunque en una primera mirada el programa pueda parecer ligeramente naif, una vez que se sintoniza con sus intenciones últimas la cosa queda clara: es un show altamente disfrutable, precisamente por la calidez y sencillez de sus personajes y sus historias. Si bien tiene momentos abiertamente cómicos, el tono general es levemente melancólico, como quien recuerda una infancia feliz desde un presente más duro. De hecho, muchos de los platos que el Máster prepara son platos sencillos de infancia, que evocan en los comensales épocas más felices o especiales.

    Son precisamente su carácter evocativo y su tono amable los elementos más destacables de La cantina de medianoche. Profunda en su sencillez, mínima como esos personajes perdidos en la marea humana de Tokio, la serie puede tener capítulos abiertamente surrealistas y otros secamente pragmáticos, dependiendo del personaje en que se centre la historia. Y aunque por tratarse de una serie japonesa cierta atracción por lo “exótico” puede estar presente, es justamente lo contrario, es decir, todo aquello que nos suena familiar en los vínculos que se nos muestran, lo que la hace universal y accesible. El amor, el dolor, la pérdida, el reencuentro, el desencanto, la cercanía y la distancia, parece recordar el show, son más o menos los mismos en cualquier cultura. Presentar esas vidas casi anónimas en toda su riqueza emocional es el mejor acierto del director Joji Matsuoka, responsable de la mayor parte de los capítulos.

    Mención aparte merece Omoide, el tema que sirve de presentación del programa. Compuesta por el recién fallecido cantautor japonés Tsunekichi Suzuki, es una canción bellísima y serena que funciona como perfecto contrapunto de la explosión de luces y personas que aparecen en las imágenes iniciales del show. Es exactamente ese mismo contrapunto el que establece La cantina de medianoche, dándole voz, vida y rostro a esos anónimos ciudadanos de la inmensa, nocturna y voraz Tokio. Una auténtica joya de lo que podríamos llamar realismo mágico japonés, escondida en el catálogo de Netflix.

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