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    La “colcha de retazos”, el “poncho” y el “sobretodo”

    N° 1789 - 06 al 12 de Noviembre de 2014

    Antes de 1971 hubo en Uruguay un bipartidismo que duró casi 150 años: blancos y colorados. A partir de ese año y hasta 1999, el sistema político uruguayo fue tripartidista: blancos, colorados y frenteamplistas. Desde hace ya una década larga, Uruguay volvió al bipartidismo pero con actores diferentes: frenteamplistas por un lado y blancos y colorados por otro.

    Las elecciones del 26 de octubre acabaron de confirmar palmariamente esta nueva e incontrastable realidad política. Uruguay está dividido en dos bloques: uno constituido por el Frente Amplio, que es el partido de la centroizquierda, y otro formado por los dos partidos fundacionales, que es el partido de la centroderecha.

    Se trata de dos bloques democráticos, sin diferencias de fondo sobre el sistema de organización de la sociedad pero con matices que los identifican como diferentes. Hasta ahora, ambos bloques aceptan pacíficamente los fundamentos básicos de la Constitución de raigambre republicana y liberal que rige en el país: elecciones libres y universales, respeto por las garantías individuales, separación de poderes, independencia de los jueces y vigencia de la libertad de expresión.

    ¿En qué se diferencian?

    El bloque integrado por el Frente Amplio —identificado desde el principio por sus adversarios como una “colcha de retazos”— tiene una cosmovisión en la cual el Estado desempeña un papel preponderante en la sociedad, sin llegar al socialismo clásico ni, mucho menos, al retrógrado “socialismo del siglo XXI” iniciado por Venezuela a comienzos de esta centuria. Además, tiende a asignar mayor relieve a “lo colectivo” que a “lo individual”, aunque conserva el respeto por el individuo y está muy lejos del totalitarismo que suponen las sociedades propiamente colectivistas. El Frente Amplio suele ser, además, condescendiente con ciertos corporativismos, especialmente los que proliferan en los sindicatos del Estado. Y aplica un “capitalismo a la uruguaya”, fuertemente impregnado por las ideas del primer Batllismo que, desde comienzos del siglo XX, marcaron a fuego el ADN de los uruguayos.

    El bloque de los dos partidos tradicionales cree en una mayor incidencia del individuo en todos los ámbitos de la sociedad, aspira a superar la idea de que el Estado debe estar al lado de la persona desde que nace hasta que muere y cree que el “motor de la economía” está en el sector privado y no en el público, aunque tampoco desmerece el rol del Estado. Es, además, contrario a los corporativismos, básicamente los sindicales, y, aunque el Batllismo clásico surgió en una de sus ramas (el Partido Colorado), entiende que algunos de sus fundamentos, sobre todo en el plano económico, han sido superados por la evolución del país y del mundo.

    El problema del sistema político uruguayo es que no se ha sincerado del todo. Uno de esos bloques está organizado como tal desde hace 43 años. El Frente Amplio existe como una gran coalición de centroizquierda que funciona como un partido político, y que no ha causado la desaparición de los partidos fundacionales de la izquierda uruguaya. Dentro del Frente Amplio están el Partido Comunista, el Partido Socialista, el Partido Demócrata Cristiano y una veintena de formaciones políticas creadas con el transcurso del tiempo por razones que obedecen a cada coyuntura electoral. La ventaja que tiene este bloque es que votan todos juntos y, a la vez, pueden emplear la política del “rastrillo”, donde hay gente de izquierda casi extrema y gente de centro neto (y aun de centroderecha), pero que se unen para colectar los votos que les permiten ganar las elecciones. La unidad del Frente Amplio permitió a esa formación política generar una mística y una cultura que les facilita las cosas a los ciudadanos. En lugar de votar por el Partido Socialista, por el Partido Comunista, por los tupamaros o por Astori, primero votan “por el Frente”. Y eso suma a gente que no es ni comunista, ni socialista, ni tupamara, ni astorista, pero que encuentra “en el Frente” el lugar adecuado para expresar su soberana voluntad.

    En cambio, el otro bloque permanece en un estado de autoengaño. Los dirigentes de los partidos Nacional y Colorado todavía creen que la gente que los vota son “blancos” o “colorados”. Seguramente, hay aún muchos que sí lo hacen, pero es evidentemente creciente la cantidad de ciudadanos que votan indistintamente a uno u otro partido, intuyendo que de todos modos están acompañando un bloque de pensamiento básico común. Por más retórica que se emplee, ya casi nadie vota por “el poncho” de Saravia o por “el sobretodo” de Batlle y Ordóñez. Wilson Ferreira solía decir que “la gente siempre está adelante de los dirigentes”. La mayoría de la gente de este bloque ya se adelantó a los dirigentes blancos y colorados, y vota a unos u otros como si fueran parte de una misma estructura política.

    El 22 de mayo de 1985, el general Líber Seregni lo había anticipado en un discurso que ofreció en el ahora derrumbado Cilindro Municipal: “Todo sistema multipartidista es inestable y tiende a la recomposición de un bipartidismo (...); en el largo plazo, el Frente Amplio amenaza la vida misma de uno de los dos partidos tradicionales” (Búsqueda, Nº 282).

    Seregni se equivocó en cuanto a la destrucción de “uno de los dos partidos tradicionales”. Ambos existen y probablemente seguirán existiendo. Pero Seregni acertó en lo principal: un nuevo bipartidismo se establecería “en el largo plazo”. Pues ya se estableció.

    El 26 de octubre, el Frente Amplio fue mayoritario en 14 de los 19 departamentos del país. Apenas en cinco ganaron los blancos y en ninguno los colorados. Pero si las cúpulas políticas de los partidos tradicionales hubieran decidido antes de estas elecciones hacer lo mismo que el Frente Amplio hizo en 1971, entonces los resultados serían muy diferentes. En lugar de perder en 14 departamentos, el “partido” de la suma de votos blancos y colorados hubiera ganado en 15 y el Frente Amplio en cuatro (ver cuadro). Incluso, la “paliza” que el Frente Amplio siente que le dio a la oposición no se vería como tal. El bloque que encabeza Tabaré Vázquez consiguió 1.134.187 votos (47,81%), contra 1.038.300 (43,77%) del bloque blanco-colorado.

    Ese es el desafío que tiene la oposición con vistas al futuro próximo: romper antiguos moldes y sincerar, de una vez, la realidad del nuevo sistema bipartidista que ya existe en Uruguay.

    De otro modo, seguirá perdiendo elección tras elección. Nacionales y departamentales.