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    La confesión de Alberto Fernández y el derecho internacional

    Sr. Director:

    El 8 de diciembre del presente año, como consecuencia de la cumbre realizada entre los jefes de Estado del Mercosur, dos actitudes resaltaron en el ámbito periodístico el optimismo brasileño y la confesión de Alberto Fernández de realizar acciones para frenar un posible tratado de libre comercio entre Uruguay y China. Este último punto nos obliga a pensar las posibles dimensiones o implicancias desde la perspectiva del derecho internacional general (hoy sin perjuicio de que es un gobierno en salida y sin ninguna proyección política futura, puesto que el propio Alberto Fernández eligió un autoexilio en España).

    Desde el punto de vista preliminar habría que dejar en claro que la actitud de la República Oriental del Uruguay, en todo momento, fue seria, responsable, digna y conforme a la normatividad internacional. No actuamos a espaldas de nadie, nunca mentimos cuando se nos preguntó acerca de nuestras conversaciones con China, es decir, hicimos gala de la más alta diplomacia a la cual estamos acostumbrados.

    Prueba de eso es que nuestro país supo defender los valores del sistema internacional en los más amplios foros a lo largo de los años (desde nuestra participación en la Conferencia de la Haya de 1907, la Liga de Honor Americana de 1916, conferencias de entreguerras —1939, 1942—, al presidir el BID, la Asamblea General de las Naciones Unidas o como miembros no permanentes del Consejo de Seguridad).

    No obstante, es importante recalcar que los vínculos con Argentina son no solo factibles sino también imperativos. Esta factibilidad radica en la apertura expresada por el nuevo gobierno que asumirá el 10 de diciembre para abordar las diferencias existentes con la República Argentina, un enfoque que consideramos positivo.

    Este cambio de perspectiva nos brinda una oportunidad única, ya que, con la excepción del período presidencial de Macri, hemos carecido, en los últimos 15 o 20 años, de la posibilidad de construir diálogos sustanciales y comprensivos. Además de su factibilidad, estos vínculos son esenciales, ya que compartimos historia, geografía, cultura, idioma y religión comunes con la gran nación argentina. Nuestra conexión va más allá de lo superficial, abarcando lazos tan sagrados como el origen de la República, que se gestó en el fervoroso desembarco de los 33 orientales y que terminaría con el primer gobierno de la nación.

    Desde la perspectiva del derecho internacional público, que se ocupa de regular las relaciones exteriores entre Estados y organismos internacionales, es posible realizar algunas precisiones.

    En primer lugar, los Estados están obligados a actuar de buena fe en el ejercicio de sus relaciones internacionales. Esto implica no deshonrar los acuerdos previamente firmados, abstenerse de llevar a cabo acciones que desacrediten a otras naciones, evitar pronunciamientos, socavar negociaciones, procesos de integración u otros tipos de intercambios entre naciones soberanas.

    En este sentido, las actitudes que se atribuyen a Argentina, en caso de ser ciertas, no reflejan las mejores prácticas diplomáticas, ya que constituyen un acto de una nación con considerable territorio, población y capacidad internacional que busca socavar los intereses de una nación con menos recursos poblacionales, económicos y presencia fáctica en el sistema internacional.

    Estas actitudes parecen ancladas en una lógica propia del siglo XIX, reminiscente del estilo del concierto europeo, donde las grandes potencias imponían sus decisiones a las naciones más pequeñas. Afortunadamente, tales prácticas han quedado atrás en la historia y consideramos que lo que está ocurriendo en la actualidad no es más que un desliz de un gobierno que está en retirada, posiblemente preocupado por su legado histórico y por cómo será recordado por el pueblo argentino. Sin duda, este episodio dejará una marca triste en su trayectoria, y esperamos que pueda superar esta situación.

    En segundo lugar, es relevante destacar que las actitudes adoptadas por Argentina no solo menoscaban el honor de la República, su prestigio y su estatus como Estado soberano dentro del concierto de naciones, sino que también conllevan implicaciones económicas y comerciales negativas para nuestro país.

    Esto se evidencia al buscar obstaculizar de manera deliberada el acceso preferencial de Uruguay a un mercado tan significativo como el chino. Ante esta eventualidad, se plantea como último recurso la consideración de la responsabilidad internacional, ya sea por los daños infligidos a la imagen y el honor de la República o por los perjuicios económicos concretos.

    Independientemente de la naturaleza del problema, podría considerarse como un acto de última dignidad por parte del gobierno saliente ofrecer disculpas por haber actuado de manera desleal con el gobierno uruguayo y, por ende, contra los 3,4 millones de habitantes de nuestra nación. En este punto, la República se ve compelida a recurrir al escudo del derecho internacional, defender sus intereses mediante la legalidad y contribuir a la creación de un orden mundial basado en principios y normas.

    En el contexto histórico y político, resulta pertinente recordar la frase atribuida a Manuel Oribe y su círculo, que resuena con significado en momentos en los que la soberanía nacional está en entredicho. La expresión “los orientales seremos pobres pero decentes” encapsula la idea de que, a pesar de las adversidades económicas, el pueblo está comprometido con la integridad y la dignidad de la nación. Esta afirmación, impregnada de un sentido de honor y orgullo, destaca la importancia de preservar la soberanía frente a cualquier desafío, recordándonos la esencia de la decencia y la integridad incluso en tiempos difíciles.

    Finalmente, considero que este episodio quedará relegado a la categoría de anécdota. A partir del 10 de diciembre, anticipamos que los vínculos bilaterales con la República Argentina emprenderán un camino hacia la normalización. En esta nueva etapa, tendremos la oportunidad de colaborar en el crecimiento de este vasto espacio rioplatense, fomentando el desarrollo conjunto de ambas naciones. La mejora en la calidad de vida de nuestros ciudadanos debe ser el compromiso fundamental de los gobernantes y esperamos que, en lugar de actuar de espaldas a sus hermanos, trabajen en unidad para el beneficio colectivo.

    Lic. Alejandro Ferreira