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Homicidios en el área de la salud. Un aporte al problema de la muerte de los enfermos, la confianza, la calidad y el control. Ha ocurrido una serie de crímenes seriales. Sorpresa y horror en Uruguay. Parecería que carecíamos de antecedentes de hechos de esta magnitud y tipo en relación con la muerte ocasionada por otros. Por agregado se destaca la flagrante contradicción: en un área de la comunidad dedicada a proteger la vida y a curar —si es posible— la enfermedad, se ha quitado la vida a personas en forma premeditada y sucesiva, se ha cometido asesinato.
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La sociedad, la moral, las leyes y la confianza. Las comunidades organizan su propia vida, se dan sus cánones de comportamiento (ética) e inculcan la obligación interna y social de cumplirlos (comportamiento moral). Se dan sus leyes y establecen lo que está permitido y lo que está prohibido y penado. Todas estas normas sociales tienden a facilitar la convivencia y a proteger y mejorar la integridad y el funcionamiento de los grupos sociales. Parecen haber sido elaboradas para mejorar la economía de los grupos, en sentido amplio, y evitar su autodestrucción.
Pero aparte de normas y leyes, el funcionamiento social se basa en la confianza. Si no existe un nivel suficiente de confianza las cosas no marchan y posiblemente se va a la parálisis. Si no hubiera confianza las sociedades pondrían un grupo de controladores para comprobar si las gentes tienen comportamiento moral y legal cada día, y otro grupo de controladores superiores para supervisar a los primeros controladores, pues pueden ser susceptibles de corrupción, torpeza, negligencia o mala intención. Pero los segundos también lo pueden ser. Y así sería sucesivamente en un círculo casi infinito y estéril.
Por tanto, las normas son necesarias, las leyes son necesarias y quienes vigilen su cumplimiento también. Sin embargo, si no existe un determinado grado de confianza no son útiles.
Este caso concreto nos lleva a recordar una vez más que la población, cada persona, deposita su confianza en los médicos y en los sistemas de salud. Solicita su ayuda —se ve obligada por la enfermedad y el dolor—, confía en su sapiencia, acuerda u “obedece” las indicaciones que recibe, confía en la aplicación correcta de los recursos y controles (en tiempo y adecuación) y en un cumplimiento adecuado de la cadena de la gestión asistencial. Aunque los sistemas y los seres humanos profesionales tienen defectos, cumplen generalmente —en nuestro medio al menos— con una respuesta aceptable a esa confianza.
La confianza se genera teniendo buenos conocimientos específicos, dialogando, informando verazmente, atendiendo las solicitudes técnicas y emocionales, acompañando y manteniendo una conducta lo más ética posible en la profesión. Las personas curan o no, sobreviven o mueren, pero aparte del dolor —en el último caso— los allegados aceptan, comprenden y a veces agradecen. Si lo necesitan vuelven a consultar. Eso está basado en la confianza y no en la vigilancia estricta del cumplimiento moral o legal.
Y el caso reciente de los homicidios seriales ha horadado la confianza. En los tiempos que corren, esta podría haber estado debilitada por otras causas, que afectan a toda la sociedad.
En los últimos cincuenta años ha habido un clamor por cambios humanizantes en la asistencia de la salud. Esos cambios han empezado a procesarse lentamente. Sin embargo, uno de los defectos más corrientes —otro de los que hay que corregir— no se encuentra solamente en las personas sino en el sistema, en la cadena que gestiona el sistema.
En el caso de los homicidios perpetrados por los enfermeros han fallado las personas (brutalmente) y la organización ha mostrado su falta de control de calidad sistémico y permanente o la ineficacia de éste. Posiblemente los hechos ocurridos en el Hospital Maciel y la Asociación Española podrían haber ocurrido en cualquier otro ambiente asistencial con pacientes graves. El funcionamiento dentro de los CTI se ha basado también en la confianza —quizá excesiva, según los hechos— y quienes decidían los tratamientos han confiado en quienes administraban los medicamentos por ellos indicados. En estos casos no solo no ha sucedido así, sino que unas pocas personas no capacitadas para opinar sobre la gravedad o recuperabilidad de un paciente, ni capacitadas para determinar dosis y vías de administración de medicamentos normalmente indicados, ni para tomar decisiones propias al respecto, han infringido todas esas premisas y han decidido matar. Han faltado a la confianza en todo sentido y han actuado contra los cánones morales básicos, seguramente por motivaciones retorcidas profundas y de las más oscuras de la psiquis humana.
Pero todo golpe debe ser aprovechado como enseñanza: la confianza sola —en el medio asistencial, en el ambiente de la salud y en los CTI— no alcanza y debe haber, perentoriamente, profesionalización en el control de la cadena de gestión asistencial (evitar el error en medicina) y auditoría inmediata —en tiempo o forma— de todos los casos de fallecimiento inesperado, especialmente en pacientes críticos pero también en otros pacientes.
Hay muy buenas experiencias de análisis de causas de muerte en determinados grupos de pacientes. En el Fondo Nacional de Recursos se hace en forma sistemática este tipo de análisis retrospectivo. Se realiza una larga y fructífera labor. Debería hacerse lo mismo en forma sistemática en todos los casos de fallecimiento inesperado de pacientes críticos. En este momento en que el gabinete de la salud y especialmente los centros para la atención de críticos tienen la “herida abierta” de este tremendo traumatismo debería aprovecharse la oportunidad para tomar fuerzas y decisión para instalar este medio. Es público que han surgido muchas iniciativas a nivel oficial y societario, que ojalá fructifiquen.
El control podría dividirse en tres escalones: a) un control más ajustado, seriado y sistemático de la ejecución de las indicaciones médicas en CTI. Este ya se hace pero debería ser intensificado y sistematizado; b) análisis especial de todos los fallecidos y su causa por el equipo tratante en reuniones semanales con ese fin; c) análisis externo, por una comisión independiente, de todos las muertes no esperadas (en forma o tiempo).
A pesar de las llamaradas de desconfianza —esperables, por otra parte— no creo práctico ni procedente someter a comisiones externas todas las muertes. El número de casos (dado que continuamente se asiste en el país a cientos de pacientes críticos simultáneamente) desbordaría cualquier comisión independiente. Sin embargo, el grupo de las muertes inesperadas es mucho más reducido y manejable.
Sentimos pena y solidaridad con víctimas y familiares, y dolor y vergüenza por las lagunas de ineficiencias en el aspecto de la gestión asistencial. Pero simultáneamente sentimos un gran impulso para mejorar y colaborar en la medida que nos es posible en nuestro camino hacia el perfeccionamiento, la calidad y el humanismo. Como médicos sabemos que muchas veces caemos pero la pasión por nuestra profesión y por levantarnos luego de los golpes resurge siempre. Tenemos confianza en ese recurso.