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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl viento de cola en la economía regional, un mal entendido concepto del “Estado de bienestar” y una educación decadente, perfilan el avieso círculo que desterró la cultura del esfuerzo de nuestra sociedad, dando paso a la cultura del placer.
“No estresarse”, “no complicarse” y “no renunciar a nada”; todos tenemos derecho: “a ser”, “a hacer”, “a tener”, “a ir”, etc.; y “vivir hoy, sin preocuparnos del mañana”, son los mensajes que a diario, y desde hace décadas, reciben nuestros niños y jóvenes. Son mensajes que confunden y engañan, haciéndoles creer que “todos somos iguales”: el que estudia y el que no, el que trabaja y el que nunca lo hizo, el que hace las dos cosas y el que no hace ninguna. Es la siniestra quimera del modelo populista/progresista. Modelo que daña mentes y espíritus y atenta contra la familia, la sociedad y la nación toda.
Obviamente, la educación es el medio de cultivo fértil donde se siembra esa contracultura. Gran parte de los jóvenes no saben estudiar (porque simplemente no se les enseña), tampoco se los motiva, ni se los estimula a ello. ¡Al alumno no se “le exige” nada! La premisa es “no sobresalir”. El “mérito” cayó en desuso. Y la “excelencia” es una voz oligárquica y opresora. Entre el inteligente, el corto, el estudioso y el haragán no existen diferencias. Son todos inmoralmente iguales. ¿Los efectos? Son una gran mayoría de jóvenes que van quedando por el camino del fracaso, como asimismo muchos de los que logran egresar de los niveles universitario o terciario evidencian (en todas las áreas) importantísimas carencias en su formación académica. La generalidad de nuestros jóvenes no saben de esfuerzos. Ni de los que realizan sus padres en beneficio de ellos ni de los que ellos deben realizar en beneficio propio y de la comunidad.
En el plano laboral las cosas no son distintas, y son producto. La pérdida del hábito de trabajo, y la alarmante incompetencia de los recursos humanos (también en todas las áreas y a todos los niveles), son realidades incuestionables. Pero todo tiene un porqué. Y en este caso es que para el modelo progresista: el “holgazán” (que desde hace quince años vive del “Mides”), el cuidacoches (joven, fuerte y sano, que “hace bicho, y plata” en la cuadra), y el verdadero trabajador (el que mete ocho, diez y hasta doce horas por día), también son todos inmoralmente iguales.
¿Qué decir de las relaciones humanas, donde todo es “fácil”, “ligero” y “superficial”? Es en este plano donde las consecuencias del “modelo”, exhiben su mayor perversidad. Pues sea en los grupos primarios (familia, afectos y amistades), así como en lo secundarios (estratificación social), es axiomático el menoscabo de los valores cívicos que constituyen las bases del orden y control social, como lo son: la honestidad, el respeto y el compromiso. Hoy no se ve (o no debe verse) mal el transitar por el camino más corto y servirse de cualquier atajo para “llegar”. La cuestión es lograrlo, rápida y fácilmente. Esta “maquiavélica cultura” está conspirando contra la formación ciudadana (en las aulas y en el hogar) de nuestros jóvenes, fomentando en ellos la pereza, el abandono y la dejadez. Vicios que a la postre traerán solo desmoralización, frustración y resentimiento, dejando como secuela seres mental, espiritual y socialmente infecundos.
El esfuerzo es un valor esencial en el proceso de la educación de niños/adolescentes, pues a partir de él se enseña: a ser responsables, a trazarse y a alcanzar objetivos, a valorar los logros propios y ajenos, así como a estimular el natural y sano afán de superación. Debemos rescatar ya la “cultura del esfuerzo”, que, al igual que otros tantos valores, hemos ido perdiendo sin tener claro desde cuándo y por qué... De no ser así, estaremos destinados a ser (a muy corto plazo) un pueblo desnorteado y anodino. Terreno fértil para imperialismos mentales y/o territoriales, de cualquier índole.
Cnel. Luis Eduardo Maciel Baraibar