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    La desgracia joven (I)

    N° 1817 - 28 de Mayo al 03 de Junio de 2015

    Bonita, alta, rubia, de soñadores ojos claros y un talante natural de delicadeza y distinción, pasó demasiado brevemente por el tango: una ráfaga de fresca belleza. Murió a un par de meses de cumplir treinta años.

    —Siempre preferí el tango canción y los temas románticos porque le caen mejor a mi gusto y a mi voz, lo que me parece importante si quiero respetar al público.

    Rosanna Falasca nació en Humboldt, Santa Fe, Argentina, el 27 de abril de 1953, tercera de seis hijos del matrimonio de clase media de Ado Rino Falasca, un sastre que amaba cantar, actuaba en dúos y llegó a tener su propio conjunto orquestal, y Filomena Paula Theler. Desde chiquita la apodaron “Chany”.

    La influencia familiar fue esencial para que se convirtiera, aún niña, en alguien que dominó el subir a escenarios, caminarlos y sorprender con un registro vocal límpido, preciso, acariciador. A los diez años su padre la incorporó al grupo que dirigía y con él recorrió los pueblos de su provincia hasta, rápidamente, llegar a programas radiales y televisivos. El primer gran paso lo dio en 1967, a sus catorce años, cuando luego de actuar en el canal 10 de Córdoba fue invitada especial del Gran Festival de Río Ceballos. Todavía amaba la música moderna, cantaba temas melódicos, algunos en italiano, y solo había aprendido la letra de un tango, Madreselva. A partir de esa exitosa presentación, dos años después, y tras una actuación en Rafaela, un productor a la caza de talentos juveniles, Julio Di Martino, la invitó a ir a Buenos Aires.

    —En realidad, yo solo quería que me conocieran en la gran ciudad. Nunca soñé lo que iba a venir por aquel viaje, que tuvo mucho de aventura, y mucho menos que me enamorara del tango.

    No fue sencillo al comienzo, pero el progreso tuvo una velocidad inédita. Luego de idas y venidas producto de las búsquedas de Di Martino y ciertos desacuerdos con el padre de Rosanna, esta fue a cantar al café concert Cabo 710, en San Telmo. De inmediato, al ver la reacción del público, don Ado Rino logró que su hija fuera inscripta en un concurso de nuevas voces organizado por el programa de Canal 13 Grandes valores del tango, entonces conducido por Juan Carlos Thorry. Ella había sobrevolado por algunos tangos, pero solo se sentía segura cantando apenas dos: eligió, a su turno, su querido Madreselva. Y ocurrió el milagro: los productores, ante el impacto causado por la hermosa rubia santafecina, decidieron retirarla del concurso y ofrecerle un contrato; claro, firmó el padre: ella solo tenía dieciséis años.

    —Yo estaba sorprendida y temerosa, sobre todo de los periodistas. Es que representaba más edad y mi apariencia, lo pienso ahora, más madura, sugería preguntas incómodas. Me costó bastante aprender a manejarme con los medios, en un ambiente tan distinto a mis pagos provinciales. Y después, obvio, tuve que dominar un repertorio de cierta extensión con apuro, porque de otra manera nada hubiera sido como fue.

    Ya exitosa, Rosanna comenzó en 1970 numerosas giras por el interior de Argentina y por el exterior, incluyendo algunas presentaciones en Uruguay. Actuó también en Estados Unidos, donde rechazó un suculento acuerdo que le ofrecieron representantes de una cadena televisiva y de varios hoteles porque la obligaba a vivir en ese país.

    —Siempre fui muy “familiera”. Me importaban mis afectos, mis lugares, incluso había llegado a adaptarme a Buenos Aires. No me costó la decisión, más allá de la ventaja económica.

    De regreso al hogar, sus apariciones fueron constantes y actuó en tres películas: ¡Arriba juventud! (1971), Siempre fuimos compañeros (1973) y Te necesito tanto, amor (1976). Cantó con Raúl Garello, con un sexteto dirigido por Luis Stazzo y con la orquesta de Orlando Trípodi, quien la acompañó en los dos últimos discos que grabó. En 1978 se integró con María Graña y Rubén Juárez a La Cruzada Joven del Tango, movimiento promovido, en su legendaria “Botica”, por Eduardo Bergara Leumann.

    Pero en su mejor momento, en la plenitud de su vida, feliz sentimentalmente, llegó la desgracia.

    En noviembre de 1982 le diagnosticaron cáncer. Ella, públicamente, lo negó. Su novio, el ingeniero y empresario Luis Hernández, la recluyó en una lujosa finca de Don Torcuato para que recibiera una atención personalizada. Fue inútil: falleció el 20 de febrero de 1983.

    El tango lloró largamente a esa piba linda que hacía yoga y predicaba la filosofía oriental, mientras sus largas pestañas intentaban, en vano, ocultar aquellos ojos conmovedores, melancólicos.