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    La educación preescolar es “determinante” para el aprendizaje, pero el cerebro es plástico y “no hay chicos irrecuperables”

    Hay una segregación educativa “enorme” porque las clases medias se inclinan cada vez más por la formación privada de sus hijos, dice la bióloga y pedagoga argentina Melina Furman

    Los niños de entre tres y cinco años que van a la escuela antes de comenzar la educación primaria obtienen mejores calificaciones a largo plazo y se relacionan mejor que los que no lo hacen. Pero, aun antes, la alimentación, la contención afectiva y las experiencias familiares influyen de forma “determinante” en su desarrollo neuronal y en sus aprendizajes, explica la bióloga y experta en educación argentina, Melina Furman. Sin embargo, agrega que si su atención es deficitaria, y el entorno en el que nace y crece es pobre y violento, “no hay que tirar la toalla, porque el cerebro es plástico” y “no hay chicos irrecuperables”.

    La educación y la contención afectiva, ya desde la niñez más temprana, deben ser “prioridad número uno” del sistema político y de la inversión estatal, opina esta investigadora especializada en cómo potenciar el pensamiento crítico y curioso desde el preescolar hasta la adultez. Furman integra el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), es bióloga de la Universidad de Buenos Aires y doctora en Educación de la Universidad de Columbia, pedagoga y madre de mellizos.

    A continuación un resumen de la entrevista de Furman con Búsqueda en el marco de la presentación de Enlace 360 del Plan Ceibal.

    —¿Por qué es prioritaria la educación desde la primera infancia?

    —La primera infancia es una etapa fundante para todo lo que sigue en la vida en muchos sentidos. Hay suficiente evidencia científica que demuestra que ir o no al jardín de infantes es determinante en la educación primaria, en la secundaria e incluso en la vida profesional.

    —Hay expertos que hablan de “la ventana de los primeros mil días” de vida para el desarrollo neuronal. ¿Eso es así?

    —No es del todo así. Si se observa el tejido cerebral de un recién nacido se encontrarán casi todas las neuronas que tendrá el resto de su vida, ya que más del 99% de ellas se forman en la vida intrauterina, y un porcentaje muy pequeño se desarrolla en la adultez. Nacemos con las neuronas que nos acompañarán durante toda la vida. Pero esas neuronas al principio están muy desconectadas y lo que nos pasa en los primeros meses a través de la cultura —con quiénes jugamos, qué cuidados afectivos y qué riqueza de experiencias recibimos— es clave para cómo las neuronas se conecten entre sí.

    ¿Y hasta qué edad es “moldeable” el cerebro?

    —Ya entre los tres meses y los tres años se ve una efervescencia de interconexiones neuronales. La ebullición se da en la infancia; después hay otro pico en la adolescencia. Pero el cerebro es plástico y, con distintos niveles de esfuerzo y motivación, podemos “moldearlo” hasta el día en que nos morimos; aunque a veces, de adultos, sintamos que ya no podemos cambiar o aprender. Sí son clave las experiencias tempranas de riqueza cognitiva, de estímulos, de seguridad emocional, de desarrollar el lenguaje y las habilidades sensoriales. También la nutrición es elemental para que el cerebro responda mejor. Por eso, la marginalidad está asociada al hambre y la malnutrición, problemas que deberían ser solubles en nuestros países, por lo menos que no haya niños en situación de extrema pobreza.

    'La primera infancia es una etapa fundante para todo lo que sigue en la vida en muchos sentidos. Hay suficiente evidencia científica que demuestra que ir o no al jardín de infantes es determinante en la educación primaria, en la secundaria e incluso en la vida profesional'.

    —Desde el punto de vista biológico, ¿cuánto influye en el desarrollo neuronal el haber nacido y crecido en un entorno marginal?

    —Decía que una de las grandes propiedades del cerebro es la plasticidad, la capacidad de rearmar las redes neuronales. El cerebro, con tiempo y esfuerzo logra reponer funciones hasta el último día de nuestra vida. No es que si alguien tuvo una infancia muy pobre y violenta ya está, no hay nada que hacer y tiro la toalla. No hay chicos irrecuperables. Vale enfatizar eso. Pero si bien no es irreversible, hay que desandar un camino complicado.

    —¿Cuánto influye el coeficiente intelectual?

    —El coeficiente intelectual, que es nuestra capacidad de resolver ciertos problemas matemáticos, lógicos y verbales, no es algo que traemos de fábrica; se construye y tiene que ver con la educación y las experiencias de la vida. No es que uno nace ya con cierto coeficiente, sino que llega a resolver cierto tipo de tareas a partir de lo otro, que es previo; dónde y cómo se crio, qué pasó en la escuela y también en su casa.

    —Sin embargo, suele ponerse el foco en los resultados de las pruebas realizadas por chicos de 14 o 15 años, pero no en su trayectoria previa… Es como que se pierde esa visión cronológica.

    —Ahí hay algo enorme. A veces, las familias sentimos que la gran decisión educativa es a qué escuela mandamos a nuestros hijos; que por supuesto es una decisión que puede transformarse en una de las experiencias más traumáticas o felices para los padres. Pero no reparamos en qué hacemos en casa: a qué jugamos, de qué charlamos, cómo pasamos el tiempo libre, qué preguntas les hacemos y cómo respondemos a las que traen ellos.

    —¿Qué diferencias ve hoy entre la educación pública y la privada?

    —Yo mando a mis hijos a escuela pública, porque creo que ahí hay un valor importante en el hecho de que los chicos puedan convivir con otros de familias diversas, de otros orígenes y contextos. Pero veo un cambio social muy fuerte. Hoy la segregación educativa es enorme. Por ejemplo, en la ciudad de Buenos Aires, donde yo vivo, las clases medias están optando por la educación privada de sus hijos y... es complicado. Esto me preocupa como educadora y como ciudadana.

    —¿Por qué?

    —Porque la escuela pública realmente tiene que ser una igualadora de oportunidades para la convivencia. Hay un factor muy medido en educación que se llama “el efecto pares”, que se ve en las pruebas Pisa, que en la medida en que la comunidad educativa sea más diversa tira para arriba el nivel general. Y si no conocemos al otro nos dará miedo, aparecen los prejuicios. Una función enorme de la escuela es construir una sociedad democrática, más allá de los aprendizajes. Y la escuela pública tradicionalmente tanto en Uruguay como en Argentina ha sido la gran generadora de convivencia.

    —¿Cuánto influye la renta familiar?

    'Yo mando a mis hijos a escuela pública, porque creo que ahí hay un valor importante en el hecho de que los chicos puedan convivir con otros de familias diversas, de otros orígenes y contextos. Pero veo un cambio social muy fuerte. Hoy la segregación educativa es enorme'.

    —Es un problema enorme. Si hay algo que la educación no está pudiendo revertir es el llamado “efecto cuna”, la desigualdad de origen, que es parte de lo que la escuela tendría que igualar. Existe una relación muy estudiada entre la inversión en la primera infancia y la renta futura de los chicos. Hay una correlación muy fuerte, que se ve en todos los estudios en educación, entre el origen socioeconómico y el desempeño en la escuela.

    —¿Y la inversión estatal?

    —Edward Melhuish, investigador de la Universidad Birkbeck de Londres, comprobó que chicos que recibieron más años de educación y en centros más ricos pedagógicamente que las guarderías tradicionales, luego tuvieron mejor desempeño profesional y hasta mayores ingresos en su vida adulta... Una cosa muy loca. De veras, hay que invertir en la primera infancia, y antes aun.

    —¿Por qué hace esa distinción entre los centros educativos y las guarderías tradicionales?

    —Buena parte de nuestros problemas es que las instituciones de primera infancia en general son más de cuidado y no de aprendizaje. Las guarderías muchas veces funcionan para que los papás puedan ir a trabajar tranquilos, pero no son mejores en términos, de aprendizaje a que los chicos se queden en la casa. El nivel inicial solo funciona como traccionador del aprendizaje si en vez de ser un “aguantadero” es un lugar donde pasan cosas valiosas pedagógicamente para los chicos.

    Recuadro de la entrevista

    Inteligencias múltiples

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