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El cine, cuando realmente pega, tiene la virtud de apropiarse de lo que no es suyo. El Danubio azul no es de Johann Strauss ni evoca un vals vienés ni recuerda casamiento alguno: son las naves espaciales danzando en 2001, odisea del espacio, de Stanley Kubrick.
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Y los empinados 75 escalones de Georgetown, entre las calles M y Prospect, frente al río Potomac, no son otra cosa que la escalera de El exorcista, de William Friedkin, una obra maestra que conserva intacto todo su terror y que se basa en la novela del mismo nombre de William Peter Blatty. El propio Blatty estudió en la Universidad jesuítica de Georgetown, de donde salen sus personajes con hábito.
Podrán entrenar los remeros, podrán subirla y bajarla los más esforzados deportistas, podrán llevar gente de un lado hacia el otro, de arriba abajo y viceversa, pero siempre será la escalera donde muere el padre y psiquiatra Karras, interpretado por Jason Miller, el papá de Jason Patric.
La Casa Blanca y el Capitolio tienen muchas películas. También el Pentágono. Forrest Gump no agotó el monumento a Lincoln y su piscina reflectante, y eso que la secuencia es famosa, con Robin Wright llamando a los gritos a Tom Hanks en el medio de una manifestación hippie antibélica. King Kong fue, durante un buen tiempo, dueño del Empire State. Sin embargo, el Empire State dio muchas otras escenas célebres. Pero la escalera de El exorcista no se animará a filmarla nadie más: allí se escenificó una secuencia clave de la película de terror más importante de todos los tiempos, allí terminó la fuerza maligna del inmundo dios asirio Pazuzu, que no tuvo mejor idea que residir en el cuerpo de una niña, la eternizada en ese papel Linda Blair, para efectuar sus atrocidades con la voz prestada de Mercedes McCambridge.