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    La escritura

    Columnista de Búsqueda

    N° 1874 - 07 al 13 de Julio de 2016

    La pregunta del cuento La escritura de Dios está en el propio título. Así como en El Aleph Borges se propuso conjeturar (léase: entender) cómo ve posiblemente Dios al mundo que ha creado, en este cuento se exige algo todavía más atrevido: entender (léase: imaginar) cómo Dios se comunica con sus criaturas, qué lengua utiliza, qué verbos conjuga, cuáles son los signos que definen su lengua. La incógnita que despeja con El Aleph, me parece, luego de estudiarla mucho, es relativamente sencilla: Borges parte de la premisa, que está en las investigaciones cabalísticas, según las cuales el Dios del Antiguo Testamento está fuera del universo, es totalmente externo a él; pero con una salvedad: hay un punto, solo uno y poderosamente ínfimo por el cual podemos decir que atisba Dios el mundo; es precisamente el Aleph, suerte de ventana donde la mirada que todo lo ve llega a lo más profundo de la discreción humana, a la parte general y visible pero también a la secreta y perturbadora de todo hombre, de todo ser. Ese punto está o por lo menos estaba hasta que Borges escribe su más famoso cuento en un escalón (el decimonono) del sótano de la calle Garay, en la parte sur de la Capital Federal.

    El destino de Tzinacán, protagonista de La escritura de Dios, no es menos patético que el del personaje Borges del otro cuento, pues cada uno padece en una cárcel a su medida y tal vez de su elección: el sacerdote azteca ha decidido no besar la cruz del conquistador y no revelar qué ha sido del ídolo de oro que codicia el infame español; el joven escritor, todavía modesto, busca en la memoria de Beatriz un camino de redención hacia un centro que le resulta esquivo y se entrega al recuerdo como el vicioso se entrega al vicio, como la mirada se entrega irresistiblemente al vacío y al vértigo en lo alto de una torre y todo para advertir que su devoción no ha servido nunca de nada, que esa mujer nunca fue suya, nunca lo habría sido, nunca lo será ni siquiera en sueños. La diferencia entre uno y otro caso, con excepción del tiempo y del ambiente, es el medio de comunicación que Dios ha elegido para hacerse patente a la comprensión excepcional de estas criaturas: en el primer caso, es una acumulación infinita de imágenes que muestran lo que es ver como Dios ve; en el otro, las manchas imantadas del jaguar que el prisionero atisba todos los mediodías cuando su carcelero le baja al pozo una cuerda con carne y agua de lluvia. Dice Tzinacán que el paso del tiempo lo fue midiendo por los pasos del jaguar que estaba detrás de los muros de su celda.

    En esas entrevistas imágenes del animal enjaulado en su vecindad, el sacerdote, que ha pasado toda su existencia creyendo trabajar con los signos de Dios, comprendió que Dios estaba hablando al mundo con una gramática concentrada y suficiente, donde sobran los predicados, los verbos, todos los complementos, y queda lo sustantivo de la creación, la pura existencia: “Hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre”.

    Como aquel enamorado de El Aleph, este personaje sentirá alivio cuando reconozca que el privilegio de ver o de escuchar o de conjeturar a Dios lo desnaturaliza, lo excede; que su destino y la pared contra la que se da todos los días, es imperiosamente humana y a ella y solo a ella debe remitirse.