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    La estupidez humana

    N° 1808 - 19 al 25 de Marzo de 2015

    Una confesión: día a día pierdo esperanzas de que esta sociedad crezca de un modo constructivo, intelectual y culturalmente. Es demasiada la estupidez que sobrevuela.

    Hay un espacio en la plaza Fabini que la Intendencia de Montevideo concedió a un movimiento social, Yunta brava, que organiza allí, los fines de semana, bailes de tango llamados Milongas del Entrevero. Inesperadamente para su cabeza visible, Daniel Prates, la semana pasada se mezcló una pareja de mujeres jóvenes. ¡Para qué! Fueron rodeadas, increpadas y zarandeadas, razón por la cual optaron por retirarse, ya que el enardecimiento crecía.

    Mil voces se han alzado de un lado y otro. Una enorme mayoría sin considerar la información histórica dentro de un contexto racional.

    El baile de tango, a impulso de los negros traídos al Río de la Plata como esclavos y luego por las primeras olas de inmigrantes que le fueron dando la forma tradicional, al principio prostibularia y marginal, comenzó entre hombres. Estas eran entonces y lo siguieron siendo por largo tiempo, sociedades machistas, patriarcales, discriminatorias. Sin embargo, no lo bailaban los hombres por rechazo a las mujeres; fue un acto espontáneo que se hizo masivo al son de la música y el hábito de los africanos con sus propios sones. Este proceso, dentro de la historia del tango, duró poco. Muy pronto el hombre advirtió que surgía de esa forma de bailar que se iba construyendo a los trompicones, un cierto erotismo, casi como una sugerencia de seducción. Entonces, y del modo más natural imaginable —aunque nadie pueda decir hoy qué año, dónde y entre cuántas personas— se incorporaron las prostitutas, que estaban ahí nomás, y luego, a paso de ataque y con la evolución del tango, otras mujeres de todos los sectores sociales.

    Ahora bien, atacar a Prates y a su “regimiento” tradicionalista por el lado de que “el tango siempre fue machista”, como dijo la senadora Constanza Moreira, es una simplificación tan tonta como la tontería que critica. Está claro: a fines del siglo XVIII el tango, todavía un híbrido que iba recibiendo variadas influencias, nació entre hombres que vivían en un Buenos Aires o en un Montevideo patriarcales, donde se desconocían derechos a las mujeres; pero desde comienzos de la década de 1920, aún con el machismo dando pelea, hubo mujeres ejemplo de coraje que batallaron por lo que se les negaba: Paquita Bernardo fue directora (¡) de un sexteto integrado por hombres; María Luisa Carnelli, poeta de libros, hizo las letras de tangos clásicos como El malevo de Julio De Caro, Pa’l cambalache de Rafael Rossi y Cuando llora la milonga de Filiberto, aunque los haya registrado con seudónimos masculinos por imposición paterna; la rubia Mireya —para ciertos historiadores un mito; para los más una realidad uruguaya llamada Margarita Verdier— sentó reales en un lugar bailable mítico, lo de Hansen; y aparecieron vedettes, actrices y cantantes que corrieron de las marquesinas a los hombres, abriendo una brecha inmensa en el “noble patriarcado”, como Sofía Bozán, Tita Merello, Iris Marga, Mercedes Simone y tantísimas otras; y desde fines de la década de 1960 hasta su muerte, Eladia Blázquez, que además era lesbiana y a nadie le importó jamás, se convirtió no solo en la mejor letrista mujer de la historia del tango, sino en una de las más grandes sin distinción de género.

    Decir que “las letras de tango” menosprecian a la mujer es desconocer que, junto con viejas poesías machistas, también desde lejanos años sobrevive la lírica romántica y respetuosa de Homero Manzi, Homero Expósito, José María Contursi y decenas más, e ignorar a los nuevos letristas.

    Lo que hizo Milongas del entrevero va por otro lado: ahí habitan dinosaurios que hablan de “defensa de las buenas costumbres”, de que los niños preguntan “¿qué hacen esas señoras, mamá?” o de que “el tango se debe bailar entre un hombre y una mujer”. Ignorancia catedralicia y discriminación pura. El tango, como cualquier música que lo permita, lo bailan quienes quieran: ocurre con frecuencia en fiestas de todo tipo y hasta el mejor teatro ha hecho puestas maravillosas, que son cultura pura, haciendo bailar tango a mujeres juntas o a hombres juntos.

    Lo que importa es el comportamiento. Que el baile no lleve a obscenidades es otra cosa.

    Finalmente, la autoridad municipal no puede permitir que se instale en un espacio público un “coto de caza” de las “malas costumbres” inspirado, insisto, en la ignorancia —de la historia y del presente— y la estupidez.