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    La eutanasia (II)

    Sr. Director:

    En relación con el tema que se está discutiendo en estos días, la eutanasia y el suicidio asistido, a propósito de una ley que legaliza estas prácticas siempre que estén aprobadas y sean realizadas por profesionales médicos, quisiera intervenir con algunas reflexiones.

    La posmodernidad es el fin de los “grandes relatos” o de los “imperativos fuertes” como lo define el francés Jean-Francois Lyotard, mentor de esta corriente contemporánea. Sin duda que esta cosmovisión, al igual que el existencialismo o el estructuralismo en su momento, tiñe todos los aspectos de nuestra sociedad: desde el feminismo radical hasta el movimiento del cambio climático liderado por la niña Greta Thunberg. Y sin duda que esa transmigración de los imperativos fuertes (ideologías) hacia la ausencia de relatos (relativismo) están en la base de la militancia contra la vida en ambos extremos de la existencia.

    El “no matarás” es un imperativo fuerte de nuestra cosmovisión judeocristiana. Ha sido durante decenas de siglos el faro de Occidente que alumbró el camino de incontables hombres que, en el devenir de la historia, han defendido la dignidad de la vida humana. Esta premisa prevaleció en un tiempo en que no existían herramientas terapéuticas para aliviar el dolor y calmar a los pacientes, por lo cual estos agonizaban con sufrimientos indescriptibles. ¡Qué paradoja!, ahora que tenemos el arsenal terapéutico para asegurar una muerte digna, aparecen los defensores de la eutanasia.

    Aquí nos enfrentamos a la disyuntiva ética entre la libertad individual y la defensa de un valor absoluto como la vida. El primer derecho humano es la vida y el segundo, porque tiene que haber vida para consumarse, es la libertad individual. Vale recordar que hace unos meses un paciente que sufre una enfermedad neurodegenerativa inspiró al legislador que presentó esta ley. En ese momento esta persona quería terminar con su vida, pero poco tiempo después leímos en los periódicos que, no bien comenzó con los cuidados paliativos, se arrepentió. La postura proeutanasia manifiesta una posición individualista de tal radicalidad que abre la puerta a la autodestrucción de la persona, cerrando las infinitas posibilidades que se le abren en cada momento al ser, incluyendo el arrepentimiento. Pregunto: ¿no deberíamos pensarlo un poco más?

    Pero en este drama hay un actor que es obligado a jugar un rol decisorio: el médico. El médico no debe prestarse a decidir quién es candidato a la eutanasia y menos aún a ejecutar esta acción que nos retrotrae poco menos que a la pena de muerte. El médico no solamente debe curar o, si no puede, aliviar al paciente, sino que no debe hacerle daño. Mis maestros me enseñaron la máxima de Hipócrates: “Primum nil nocere”. Es un canon que atesoramos y que no podemos tirarlo por la borda porque el paciente, en un momento turbulento de su existencia y sometido a una situación límite, decide terminar con su vida. Porque no hay peor daño que la muerte.

    Hoy día, cuidados paliativos mediante, nadie debería querer morir por el sufrimiento físico o moral de una enfermedad terminal o invalidante. De manera que lo primero que debemos hacer es fortalecer y universalizar esta disciplina que manifiesta la nobleza de la profesión médica. Se debería redactar una ley que asigne recursos económicos específicos para que más profesionales de la salud se integren a los equipos de cuidados paliativos.

    Una idea que los médicos no debemos dejar pasar es la que se quiere imponer sobre el “cóctel”. Esta ley no se promueve para legalizarlo, porque esa modalidad de sedación no persigue la muerte del paciente. Los pacientes mueren porque están cursando los momentos finales de una enfermedad terminal. Hay mucha confusión con este tema y su origen es la falta de información a los familiares y, en eso sí, el sistema de salud tiene su cuota de responsabilidad.

    Pero hay otra inconveniencia ética de esta ley. Casi de manera continua, desde 2013 hasta 2019 los suicidios en Uruguay fueron en aumento. Según los datos del Observatorio sobre Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior, en 2013 hubo 505 suicidios, mientras que en 2019 los casos se elevaron a 705. Es un problema grave porque se lleva cientos de vidas, gran parte de ellas adolescentes y adultos jóvenes, por año. Recién estamos empezando a discutir el tema y la ley de eutanasia y suicidio asistido no ayuda en nada a resolver el problema porque instala la confusión y el desánimo en personas psíquicamente vulnerables. Es sabido que esto lleva a la falta de resiliencia a los golpes que recibimos en la vida con desenlaces impredecibles. ¿Vuelvo a preguntar: no deberíamos pensarlo un poco más?

    Hay actores políticos que argumentan que la ley de eutanasia es garantista porque asegura el derecho del enfermo a decidir por sí y ante sí, en forma autónoma. Como ya ha quedado claro, no comparto que una persona tenga “derecho” a decidir terminar con su vida. Pero aún menos comparto que a los médicos se los ponga en la encrucijada de tener que decidir terminar con la vida de un paciente, cualesquiera sean las circunstancias: esto es homicidio especialmente agravado. Por otra parte, en nuestro país un juez no puede dictaminar la pena de muerte, sin embargo, esta ley permitiría que los médicos sí lo hicieran. Yo no quiero esa responsabilidad sobre mis hombros.

    Dice Nietzsche: “Der Mensch ist ein Seil, geknüpft zwischen Thier und Übermensch, - ein Seil über einem Abgrunde”. El hombre es una soga, que enlaza a la bestia con el “sobrehumano”. Y esa soga está tendida sobre un abismo. Estamos enfrentando una cosmovisión en nuestro pequeño país con vocación de “Übermensch”. Si los uruguayos seguimos por este camino, lo más probable es que, en lugar alcanzar superioridad humana, nos desplomemos al precipicio.

    Dr. Francisco E. Estevez Carrizo

    CI 1.291.111-8