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    La gratitud de Racine

    Columnista de Búsqueda

    N° 1826 - 30 de Julio al 05 de Agosto de 2015

    Jean Racine, cuando adolescente, fue discípulo de las escuelas de Port Royal y cuando se retiró volvió al lugar y se convirtió en un fervoroso defensor de su causa contra los poderes de la época, a los que el dramaturgo había servido con señalados reconocimientos. Testimonio de esa gratitud es el ensayo que escribió Abrégé de l’histoire de Port-Royal (La Table Ronde, París, 1994), obra destinada a descargar de acusaciones injustas a esa comunidad tan fuertemente desprestigiada por ciertos elementos que tomaban la religión como escenario de sus luchas sórdidas por el poder.

    Había algo en el aire de Port Royal —en sus oficios, en sus serenas meditaciones, en los rezos, en las austeridades y privaciones— que llamaba al encuentro de cada alma con su propio centro, con el eje de su identidad. En el esquema de la apropiación barroca de la realidad, Port Royal representa para Racine la antítesis de la vida mundana, corrompida, elegante, dada a la vistosidad, al lujo, a los excesos y a la ostentación. Esa variedad de frugalidades que solo conducen al anonadamiento del alma encuentran no siempre un escollo y una callada acusación a las miserias del siglo; en algunos corazones también es posible que en su desesperación o en su toma de conciencia vean en la pobreza de las afamadas religiosas un consuelo y tal vez una esperanza, sino ya para este al menos para el otro mundo.

    Sin querer disimular la emoción que le produce la imagen que ha ido componiendo de la historia de ese lugar que siente tan propio, Racine explica: “¡Cuántas personas que conocieron el interior del monasterio encontraron en ello razones de construcción personal. ¡Qué paz! Qué silencio! ¡Qué caridad! ¡Qué amor por la pobreza y la mortificación. Un trabajo sin respiro; una plegaria continua; ninguna ambición salvo para los empleos más difíciles y humillantes; ninguna impaciencia en las hermanas, ninguna extravagancia en las Madres; la obediencia siempre pronta y la orden siempre razonable”.

    Es por ello que ciertas familias dieron su entusiasta apoyo material a la límpida obra que llevaban estas monjas. Así tenemos el caso ejemplar de la duquesa de Luynes, que convenció a su esposo (hijo de un favorito de la corte de Louis XIII) de construir un pequeño chateau y albergues especiales para las religiosas que colmaban las humildes habitaciones en la vecindad inmediata de Port-Royal des Champs. Su propósito era imitar, contagiarse de la vida de aquellas puras mujeres y terminar sus días, como ocurrió, acorde a la fe que tanto la embargaba. No pudo realizar su sueño, murió antes de ver ambas obras culminadas. Pero su legado quedó como patrimonio de la institución, que luego acogería con gratitud y orgullo, en calidad de religiosas, a dos hijas.

    Dice Racine que “muchas personas de calidad venían a retirarse a Port Royal para buscar a Dios en el sosiego de la soledad y también para participar de las plegarias de estas santas hijas”. Pero no todas tenían la suficiente entereza como para hacer frente a la realidad sincera de la fe; como es el caso de la marquesa de Crèvecoeur, quien con toda largueza hizo una donación de 80 mil libras (la diócesis de un obispado relativamente mediano como el de Verdum recibía por concepto de diezmo anualmente cerca de 76 mil libras al año, en contraste con París, que estaba en torno a las 200 mil libras).

    Esta mujer quiso confundir donación con compra, vocación con impostura social. Esas 80 mil libras de la marquesa se emplearon parte en caridad, parte en afrontar deudas y el resto a construir edificios que la dama entendía necesarios para la misión. Conforme a lo que dice Racine, la dama “no tenía otra pretensión que vivir el resto de sus días en Port Royal sin hacer los votos; pero al poco tiempo se le ocurrió ser religiosa. Se la asignó, pues, al noviciado y fue sometida a las mismas exactas pruebas que las otras novicias”. Al parecer, cuando expiró ese lapso reclamó que fuera debidamente investida. Pero las autoridades y las maestras asignadas que siguieron su trayectoria en el lugar coincidieron en que ella carecía de vocación, que no podía acceder a una dignidad de servicio para la que realmente no había sido llamada.

    Su reacción confirmó las reservas de Port-Royal: apenas se enteró del impedimento, reclamó las 80 mil libras una sobre otra, sin consideración ni piedad. Y aun cuando las religiosas tenían razones abundantes como para haberse cobrado bastante sino todo de aquello que la marquesa había dado a la causa, se las ingeniaron —endeudándose, vendiendo propiedades— para entregarle la totalidad de la vil suma en presencia de un notario, tomando como testigo a un consejero del Parlamento, de modo que se aventara cualquier suspicacia al respecto.

    Hasta ese extremo fueron delicadas aquellas religiosas que más tarde fueron maltratadas por el poder y a las que Racine, en su inmensa gratitud, rinde tributo con su buen libro.