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    La industria dejó atrás la “época de oro”, se reconvirtió y dio un salto “en escalón”; ¿el eje de la innovación como futuro?

    Para los vecinos de Malvín Norte, la sirena de la fábrica de ladrillos de Andrés Deus formaba parte de la identidad barrial, y su chimenea —que se elevaba sobre el fondo descampado— caracterizaba el paisaje de aquella comunidad industrial cuatro décadas atrás. Empresas textiles como Sadil, Ildu e Inlasa, talleres metalúrgicos y una planta de productos químicos también daban trabajo a los habitantes de la zona. La mayoría de aquellas plantas quedaron como vestigios de una etapa industrial próspera y de un modelo agotado.

    Sin embargo, en el predio de la ex ladrillera una industria distinta parece asomar. Allí un laboratorio nacional proyecta obras edilicias y otras empresas vinculadas al rubro se aproximan al barrio buscando generar sinergias con instituciones académicas (Facultad de Ciencias) y tecnológicas (Instituto Pasteur) instaladas hace pocos años. Hasta se evalúa la factibilidad de que en Malvín Norte funcione un “Parque científico y tecnológico”.

    Es que en los planes industriales, el gobierno, empresarios y trabajadores miran con expectativas hacia lo que denominan el “eje de la innovación” —que pasa por el ex barrio industrial— como una oportunidad para que el país diversifique más la producción y avance en el camino hacia el desarrollo.

    De los setenta a hoy la industria nacional sobrevivió acompañando los ciclos económicos, cambiarios y la apertura comercial del país. De acuerdo a las fuentes oficiales, empresariales y académicas consultadas por Búsqueda, la matriz de bienes producidos por el sector no es muy distinta y sigue teniendo una fuerte base primaria (carne, soja, lácteos, cueros, lana, arroz, etc.) y en manufacturas con más o menos valor agregado, como calzado, vestimenta, productos automotores, papel, plásticos, químicos, entre otros.

    La internacionalización de las fábricas uruguayas aumentó y también los destinos hacia donde se venden sus productos.

    Es, además, un sector mucho más moderno en procesos y gestión. Eso fue porque en la última década hizo una fuerte inversión en maquinaria y se produjo un recambio generacional y también de accionistas (familiares por extranjeros).

    En un balance, académicos, gobierno y empresarios señalan que la industria hizo progresos, aunque advierten que resta la “mitad del camino”. Y tienen dudas sobre si podrá superar algunas restricciones que limitan su crecimiento hacia el futuro.

    Después del oro

    Con mirada retrospectiva, a principios de los años setenta el sector fabril en Uruguay ya había vivido su “época de oro”. En aquel proceso de industrialización (1930-1954) dio un salto en su participación en el Producto Bruto Interno (PBI) y en la ocupación (pasó de 50.000 a 160.000 trabajadores), de la mano de las políticas proteccionistas que cimentaron un modelo de sustitución de importaciones.

    Pero desde 1960 hasta fines de los años ochenta la contribución de la industria en el total de la economía se mantuvo en niveles cercanos al 25%. Al final de ese período el sector enfrentó problemas de demanda interna y externa, atraso cambiario y fuerte endeudamiento de las empresas, factores que explicaron su declive, señalaba Búsqueda en su edición del 27 de junio de 1985 (Nº 286).

    Carlos Pirán, ministro de Industria del primer gobierno de Julio María Sanguinetti, anunciaba entonces alivios tributarios para las inversiones, la devolución de impuestos a las exportaciones y aumento de aranceles a las importaciones como paliativos. Al mismo tiempo señalaba la importancia de una “integración regional” (Nº 291).

    A partir de los noventa el país se orientó hacia la integración regional que prometía el Mercosur, pero la apertura económica sin haber desarrollado una industria con ventajas competitivas desencadenó un proceso de desindustrialización. Por entonces Uruguay importaba mucho más de lo que lograba vender al mundo, y su comercio se concentró en la región.

    La industria recorrió un camino recesivo: entre 1987 y 1993 la actividad cayó 10%, resumía un artículo de Búsqueda publicado en octubre de 1995 y en ese lapso pasó de representar 26,4% del PBI a 20,9% (Nº 812). Aquella apertura “instalada plenamente con el advenimiento del Mercosur”, significó una “dura prueba para la industria local”, analizaba.

    “La competencia interna y externa a los productos uruguayos obligó a un proceso de reestructura —con cierre de fábricas y reducción de personal— para intentar alcanzar niveles de precios competitivos”, agregaba.

    El presidente de la Cámara de Industrias (CIU) de entonces, Jacinto Muxí, advertía una “invasión” del mercado uruguayo por algunos productos de origen brasileño y dificultades para competir, al tiempo que reclamaba medidas.

    El ministro de Economía de la época, Luis Mosca, anunciaba la extensión a más sectores fabriles de la rebaja de los aportes patronales a la seguridad social y la prórroga de la devolución de impuestos indirectos a la exportación.

    En palabras del investigador del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Sociales, Gustavo Bittencourt, durante los noventa la industria se “ajustó fuertemente” y “prácticamente no creció”.

    Tal ajuste se reflejó en las cifras del personal ocupado: al inicio de los noventa el sector empleaba a 340.000 trabajadores y al final de esa década eran 200.000, según datos oficiales.

    El salto “en escalón”.

    En la década de los 2000 la industria cambió de signo.

    En un análisis reciente titulado “¿Hacia dónde va el ‘modelo de desarrollo económico’ del Uruguay?”, Bittencourt resume que desde 2003 la producción fabril aumentó más que el PBI total y actuó como uno de los “impulsores” del crecimiento económico. El rebote de la economía uruguaya tras la crisis de 2002, el aumento de la demanda externa y la mejora sostenida de los ingresos de las familias que favoreció el crecimiento del mercado interno explicaron buena parte de ese despegue reciente de la industria.

    Entre 2002 y 2011 el sector “consolidó su mayor etapa de crecimiento de los últimos 40 años”, señaló a Búsqueda el director Nacional de Industrias, Sebastián Torres. Indicó que el promedio anual de crecimiento de la actividad fue del 6% y creó “más de 70.000” nuevos puestos de trabajo.

    Agregó que desde 2005 a hoy surgieron “70 nuevas empresas” exportadoras, entre ellas de los rubros “Maquinaria eléctrica”, “Automotriz”, “Grasas y aceites”, “Madera y sus productos”, artículos de caucho y químicos.

    Se dio un “fuerte crecimiento de la agroindustria, el sector de alimentos y bebidas se consolidó como el núcleo de mayor participación en el valor bruto de producción industrial, se desarrollaron sectores nuevos como los de sustancias y productos químicos, celulosa, madera y papel, automotriz, productos metálicos, maquinaria y equipos, metálicas básicas e instrumentos ópticos y de precisión”, resumió Torres al analizar la estructura productiva actual.

    Resaltó que el “arribo de las primeras megainversiones” —como fue en 2007 la instalación en Fray Bentos de la primera planta de pasta de celulosa, hoy de UPM— y la que construye Montes del Plata en la localidad coloniense de Conchillas significaron “un antes y un después en la conformación del mapa productivo del país en los últimos 40 años”.

    Sobre ese punto, Bittencourt señala en su análisis que hubo en años recientes una “aceleración de la primarización” por la “creciente importancia de los recursos naturales como factor de competitividad en la producción uruguaya.

    Pone como ejemplo a la cadena celulósica y afirma que UPM “implicó un salto en la producción”. Agrega que “buena parte” de la ampliación de la capacidad productiva mediante el “aumento significativo en la tasa de inversión” ubica al sector fabril uruguayo “en otro escalón”, pero alerta que “a medida que pasa el tiempo cada vez afecta menos a la tasa de crecimiento” de la economía en general.

    Por su parte, el asesor económico de la CIU, Sebastián Pérez, afirmó que a pesar de una serie de transformaciones la industria no logró mayor diversificación en los productos que elabora, algo que sí se observó en cuanto a los destinos exportables.

    Buscando las diferencias entre el pasado y el presente industrial, dijo que hoy el sector está “más acorde a los estándares mundiales. Podemos decir que se está en una condición competitiva en muchos sectores, captamos inversiones como no lo hacíamos antes, hay una industria mucho más profesional, más internacionalizada, más cerca del mundo y más consciente de las dificultades y oportunidades”.

    Afirmó que ello se constata con el crecimiento que actualmente registra la industria aun en condiciones muy volátiles a nivel de la economía mundial y los problemas para colocar la producción en la región.

    Estimó que este año la actividad fabril crecerá entre 2,5% y 3% en promedio, respecto a 2011.

    “En una mirada de largo plazo hemos avanzado, en los últimos años hicimos un desarrollo en escalón”, reflexionó.

    Igualmente señaló que a las dificultades externas, el país le ha sumado “complejidades y errores propios” que le son “muy caros” a la industria. Se refirió al “desalineamiento del tipo de cambio” respecto de Brasil y al aumento de costos salariales, entre otros aspectos.

    En materia de política industrial, el asesor de la gremial de industriales consideró que el mecanismo incipiente de planes sectoriales —a través de consejos tripartitos— que puso en práctica la administración actual, aun “no está consolidado”. Alegó que ello es “responsabilidad compartida”, porque del lado del gobierno “no hay un involucramiento” del conjunto de los actores y desde el empresariado “tampoco existe una apropiación” del sistema.

    Como resumen general, Pérez concluyó: “Estamos como a mitad de camino”.

    La industria del futuro

    Con la idea de que no todo tiempo pasado fue mejor, el sector industrial proyectado por las personas consultadas por Búsqueda es optimista y al mismo tiempo realista.

    La investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República Lucía Pittaluga se imagina una estructura productiva más diversificada y con una mayor incidencia de disciplinas como la biotecnología. “Así como las tecnologías de la información y comunicación (TIC) han transversalizado nuestra estructura, estas otras lo van a tener que hacer”, reflexionó.

    Sostuvo que ese tipo de tecnologías impactan sobre el resto de los sectores y aumentan la productividad de los mismos.

    Con inquietud, Pittaluga aludió a la diversificación de la matriz uruguaya como una conquista posible y asociada al “eje de la innovación”. Ese concepto, recogido en el plan sectorial de biotecnología 2011-2020, refiere a una línea imaginaria a lo largo de Avenida Italia y sus cercanías que tiene varios “nodos”: el Centro Uruguayo de Imagenología Molecular, el Hospital universitario Clínicas, el Instituto Clemente Estable, la Facultad de Ciencias, el Instituto Pasteur, el Centro Quirúrgico Banco de Prótesis y el Laboratorio Tecnológico del Uruguay. Este eje sigue hasta conformar lo que entre sus impulsores se denomina el “Triángulo de la innovación” y en cuyos vértices se encuentran la zona franca Zonamérica, el Parque de las Ciencias y el Polo Tecnológico de Pando. Promueve la especialización, pero “no cualquier diversificación”, acotó la investigadora.

    Con optimismo evaluó que “hay posibilidades” de concretar ese proyecto porque “se están abriendo oportunidades” que si bien no se han planificado —como la sinergia y atracción que está generando el “eje de la innovación”— ahora se puede avanzar y aprovechar.

    Pittaluga piensa que la estructura productiva de Uruguay “va a ir evolucionando por pasos sucesivos” y no como lo han hecho los países asiáticos “por saltos”, porque a su juicio no existe la capacidad organizativa en el Estado, ni los recursos necesarios, para generar una transformación como la de Singapur, por ejemplo.

    Sin embargo reconoció algunos temores relativos a si el país tendrá la capacidad para aprovechar el momento actual. Duda, por ejemplo, si existen los profesionales, técnicos, empresarios y trabajadores suficientemente formados para el rol que deberán desempeñar: “Mucha gente dice que la restricción es la educación, pero también necesitamos los empresarios y no los tenemos, tampoco tenemos una masa de jóvenes que salgan de las universidades preparados”.

    Por su parte, Pérez desde la CIU coincide en visualizar como un problema la escasez de personal idóneo y opinó que eso va a “limitar el crecimiento” industrial en los próximos años. “Hay una oferta (de trabajadores) limitada y la perspectiva es que vamos en declive, no (se avizora) una mejora”, resumió.

    Igualmente, para ese asesor la industria uruguaya que proyecta tendrá más o menos la misma participación en el Producto que en la actualidad, aunque con más inversiones “vinculadas a mejorar la productividad” del sector.

    Indicó que para lograr un “desarrollo sostenible y además acelerado” se necesitará incorporar innovación y una mayor internacionalización comercial.

    Apuntó que en algunos sectores como el lácteo, el arrocero y el cárnico, donde Uruguay tiene “músculo robusto” y experiencia, es posible imaginar “núcleos de innovación más cercanos en el tiempo”.

    Desde el gobierno, Torres auguró que “se consolidarán” los sectores de alimentos elaborados, naval, farmacéutico, forestal-madera y automotriz. También los vinculados a la economía del conocimiento (Tic y software), y avisoró que “se sumarán” como “motores del desarrollo la minería, las energías renovables y la industria de base asociada a la infraestructura”. Explicó que con la “aceleración del progreso tecnológico, el auge de la sociedad del conocimiento y la fuerte demanda de recursos estratégicos” —como alimentos, metales y la energía—, Uruguay deberá cada vez más “formar parte de cadenas de valor”, para insertarse en el mundo.