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¿Quiénes son los culpables? ¿Es culpa de la prensa teñir de rojo la crónica? No, claro que no. Ella cumple con su trabajo: informar. Y vaya si esa actividad —en un país democrático— se constituye en uno de los pilares que sostienen al sistema republicano. La libertad de prensa es un brazo que acerca al ciudadano la información necesaria para discernir y auscultar una realidad social. Realidad que no se tapa con un dedo, como se pretende hacer lo mismo con el sol.
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La violencia y el crimen han desbordado al vaso de la paciencia y, por eso, la gente se arma y se defiende. Extremo fáctico este, que jamás debería darse en un país llamado a la convivencia pacífica donde el uso de la fuerza (armada) está reservado al propio Estado.
No es justo regar los comercios y las veredas, los hogares y las calles, con la sangre de víctimas baleadas o apuñaladas por el crimen; claro que no lo es. Genera impotencia testimoniar la muerte de la honestidad y la vida del asesinato. Esa misma impotencia conduce, la mayor de las veces, a la sed de venganza; y eso es lo que vuelve aún más insana a una sociedad que vive el azote de la dictadura de la violencia. La muerte no se paga con muerte, al menos en nuestro derecho positivo es así, sabiamente es así. El delito se redime con cárcel, con la privación de libertad ambulatoria del criminal, de cuyo encierro se pretende —por parte del Estado y de la sociedad— su rehabilitación social.
Es claro que, hoy día, el sistema carcelario está en crisis. Hace décadas que son pocos los casos de delincuentes rehabilitados, diría —sin ánimo de ser pesimista— que es una “especie en vías de extinción”, donde la rehabilitación estatal ha sido desplazada por la profesionalización del crimen. En una cárcel entran reclusos y salen delincuentes. Esa es la realidad que vive Uruguay.
Si no fuera así, ¿por qué se detectan armas en manos de reclusos? La sola tenencia de estos “útiles del delito” engendra proyectos u hechos de violencia carcelaria, circunstancias nada más ajenas a los procesos de rehabilitación y de profilaxis del delito. Lo mismo que el consumo de drogas que estimule la ebullición o alboroto de los ánimos, promoviendo la enajenación de los seres, de sus mentes y sus cuerpos.
Así tenemos una ecuación perfecta para la violencia: drogadicción y armas. Elementos que deberían ser radical y duramente combatidos por el Estado. Ahí está el meollo de la cuestión. La acción estatal debe alojarse allí para extirpar el tumor de la violencia, de raíz. Hasta tanto no se hinque el bisturí en esa sensible zona, el Uruguay seguirá padeciendo esta enfermedad.