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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEste episodio tan novedoso de la interpelación casera, gatillada por un diputado de —también novedoso— Cabildo Abierto (digresión: cabildos abiertos se llamaban los actos políticos de Nardone-Chicotazo: ¿no notan algún parecido?)
Empecemos por los hechos:
— un diputado de uno de los partidos que integran el gobierno resuelve interpelar a cuatro (¡4!) ministros de ese mismo gobierno.
— ¿Motivo? La firma de un contrato por el gobierno anterior, que el actual presidente criticó cuando era candidato y luego, al ganar, manifestó que trataría de mejorar la condiciones, pero que lo firmado hay que respetarlo. Después, efectivamente, renegoció lo que pudo, lo hizo público y reiteró que, como en todo país serio, respetuoso del Estado de derecho, se cumplirá lo pactado.
Eso no le entró al interpelante. Que es profesor de Derecho Constitucional. Planteada la pretensión, el novel outsider de nuestra política, leader del partido del pretenso interpelante, lo respaldó.
Ante lo cual el presidente de la República y los partidos de la coalición resuelven acompañar la iniciativa, pero achicándole los tiempos, presumiblemente para que no se juntara mucha pólvora preparatoria.
A todo esto, el Frente, causante del tema, pero ya no objeto formal de la interpelación, rasga sus vestiduras porque no se le da suficiente tiempo de preparación (para un show que, si yo no estoy volviéndome senil, tenía a los ojos de todos, salvo quizás de los del interpelante, el único atractivo de pegarle al Frente).
Llega el día y por primera vez en la historia de nuestra República el presidente se hace presente en las barras.
Siguen 14-15 horas de debate, por momentos encendido, otras veces esotérico (como la intervención del interpelante) y, mayoritariamente, monocorde (como suelen ser las interpelaciones).
¿Después? Nada. Absolutamente nada.
Así que no entendí.
No entendí al Sr. Lutz: ¿realmente creía que el Uruguay puede renegar alegremente los compromisos asumidos? Le escuché unos ensayos cuasicabalísticos sobre el potencial del coronavirus como remedio anulatorio del contrato: surrealista. Quizás simplemente creyó que era una buena oportunidad de perfilarse, preocupación siempre presente en política, sobretodo de quienes tratan de vivirla en cuerpos colegiados de bajo protagonismo.
El olvido en que prestamente se sumergió el tema, al día siguiente del esfuerzo por llamar la atención, quizás le demostró cómo es la realidad.
No entendí por qué el senador Manini, hombre formado en el ejercicio de la autoridad y, si cabe, mucho más comandante en jefe de su grupo político de lo que era del ejército, creyó mejor seguirle la corriente a Lutz, en vez de apagarle la ídem.
Tiene que haber percibido que su actitud colocaba en mala posición al presidente y contribuiría a minar la credibilidad de la coalición (ya debilitada por otras iniciativas del senador Manini). ¿Qué buscó? ¿Ganar popularidad marcando perfil otra vez? ¿Ganar poder jugando al matrero?
Si es lo primero, está engañado como piojo en peluca. Cuando hayan pasado los casi cinco años que faltan para que Manini pueda cosechar algo de popularidad de este episodio, el único que quizás lo recuerde será Lutz.
No entiendo qué razonamiento hizo el FA para armar escandalete en vez de dejar que la coalición montara el tinglado sin posiciones contestarias, lo cual aseguraba —todavía más— su naturaleza efímera.
No entendí la decisión del presidente de concurrir a la sesión. No despacho el hecho calificándolo livianamente de una equivocación. Luis Lacalle ha demostrado que no es impulsivo, ni irreflexivo ni livianito. ¿Qué quiso hacer rompiendo un precedente secular que no es meramente una cuestión de protocolo?
El acto (más que un gesto) dio importancia a un evento que ni la tenía per se ni era bueno que la tuviera. Pero, más preocupante aún, dejó sentado un precedente que no será intrascendente. Lo lógico es que, andado el tiempo, este gobierno tenga un número grande de interpelaciones: el presidente, ¿irá a todas?
Por último, si a Lutz lo consintieron, ¿cómo hará la coalición para atajar a todos los que, andado el tiempo, se sientan olvidados o poco apreciados?
En suma: el episodio en sí fue intrascendente, como todo ser sensato lo suponía. Entonces, ¿porqué dejar sentado algunos precedentes totalmente desproporcionados a la envergadura del suceso?
No entendí.
Ignacio De Posadas