N° 1831 - 03 al 09 de Setiembre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa orden de Bonaparte del 29 de Ventoso del año XII (20 de marzo de 1804) estableció una comisión militar de siete miembros nombrada por el general gobernador de París destinada a juzgar en el castillo de Vincennes al prisionero duque D’Enghien, príncipe de sangre que podría haber dado herederos aspirantes legítimos al trono de Francia. Esa misma noche, pero ya en su gabinete de asesores, Napoleón indicó que si al prisionero lo encontraban culpable de atentar contra la República, lo que daba como un hecho, la ejecución debía ocurrir en la hora siguiente. A las dos de la mañana un pelotón de fusilamiento puso fin al último de los Condé. Pocos días más tarde René de Chateaubriand asume la tarea de demostrar y denunciar la infamia.
En las Memorias de ultratumba recoge el producto de varias investigaciones. En primer lugar recoge el testimonio de M. Dupin quien reconstruyó la farsa judicial que se armó para matar al príncipe. Lo que Chateaubriand destaca como argumento principal es la ausencia total de referencias legales en esa macabra ceremonia nocturna. “Ni un solo testigo fue oído, ni declaró contra el acusado. ‘¡El acusado es declarado culpable!’. ¿Culpable de qué? El juicio no lo dice. Cualquier juicio que lleve aparejada una pena debe incluir la mención de la ley en virtud del cual se aplica la pena. Pues bien, aquí no se cumplió ninguna de esas formalidades; ninguna mención acredita en el acta que los comisarios tuvieran ante sus ojos un ejemplar de la ley; nada prueba que el presidente hubiera leído el texto antes de aplicarlo. Lejos de ello, el juicio, en su forma material, ofrece la prueba de que los comisarios condenaron sin saber ni la fecha ni el tenor; pues dejaron en blanco, en la minuta de la sentencia, la fecha de la ley, así como el número del artículo y el lugar destinado a incluir su texto. ¡Y si embargo, fue a partir de la minuta de una sentencia muy imperfectamente argumentada como fue derramada la más noble sangre por unos verdugos”.
La investigación de Chateaubriand llevará unos cuantos años y adelantará mucho, claro está, con la caída del régimen, a partir de 1815. Es entonces que consigue nuestra autor un material valioso; por ejemplo el de algunos de los miembros de la comisión militar que simuló el juicio; “la disculpa” del jefe de los servicios de Inteligencia, el temido duque Rovigo, encargado personalmente de conducir el operativo, que alega inocencia y llega a afirmar que el duque fue ejecutado al amanecer y no en la fría y cerrada noche; la del ubicuo ministro Tayllerand. A propósito de este inveterado enemigo escribe nuestro autor: “El señor Tayllerand, sacerdote y noble, inspiró y preparó el asesinato inquietando a Bonaparte con insistencia: temía el retorno de la legitimidad (…) En vano se objetará que la ligereza, el carácter y la educación del ministro tenían que mantenerlo alejado de la violencia, que la corrupción tenía que restarle la energía necesaria para ello; no por eso dejaría de ser un hecho cierto que fue él quien determinó al Primer Cónsul al fatal arresto. Este arresto del duque D’Enghien, el 15 de marzo, no era ignorado por el señor Tayllerand, que estaba en contacto diario con Bonaparte y despachaba con él; durante el intervalo transcurrido entre el arresto y la ejecución, el señor Tayllerand, ministro instigador, ¿se arrepintió de ello, dijo una sola palabra al Primer Cónsul en favor del desventurado príncipe? Es natural creer que aplaudió la ejecución de la sentencia”.
Las páginas de análisis sobre el crimen político más importante del gobierno de Napoleón son ilustrativas del alto grado de represión y de violencia contenida, de recelos y de divisiones que había en la sociedad francesa. Los que vieron a Bonaparte como el gran pacificador por la fuerza para ponerle fin a la anarquía del Directorio no pensaron que estaban abriendo un escenario más ancho a los problemas. Chateaubriand, que notoriamente no abrazó la revolución sino la causa realista, fue de los que creyó que la síntesis hegeliana era posible, que la historia no regresa sobre sus pasos, sino que los incluye en su andar futuro. Pero pronto comprendió que el orden bonapartista no fue tal, sino que se trató del Terror desprovisto de furor y de pasión, pero cargado de enemistad, de ambición personal y de cálculo.
La próxima columna cierro esta serie con la semblanza de Chateaubriand sobre la responsabilidad de Bonaparte en el asesinato del duque.