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    La laicidad

    Sr. Director:

    En los últimos tiempos, la laicidad uruguaya establecida constitucionalmente en el país desde hace casi un siglo, ha sido consistentemente atacada desde el seno de la Iglesia Católica y desde sectores de la sociedad que le son afines, pretendiéndose hacerla responsable de muchos males sociales, como por ejemplo el descaecimiento de la institución familiar o el aumento de la tasa de suicidios en los jóvenes.

    Quienes defendemos la vigencia de la doctrina del laicismo y del principio de la laicidad, recogido en nuestra Carta Magna, lo hacemos en el convencimiento de que la mejor garantía para una convivencia social radica en el respeto a la libertad de conciencia y a la no intromisión del Estado en las creencias personales de cada ciudadano, garantizando a todos la libertad de creer o de no hacerlo en cualquiera de las religiones existentes.

    La libertad de conciencia se concatena armónicamente con el amor al prójimo puesto que no hay expresión de amor más completa que aquella que se traduce en garantirle al otro su libertad de conciencia, como lo habría hecho por ejemplo François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, en una frase que se le atribuye: “Estoy en absoluto desacuerdo con lo que dices pero estoy dispuesto a defender con mi vida tu derecho a expresarlo”.

    En este sentido, consideramos necesario que la ciudadanía reflexione de tanto en tanto sobre algunas cuestiones inherentes a la libertad de conciencia.

    En lo personal, entendemos que la idea de Dios que cada ser humano tiene derecho a tener, o a no tener, no debería ser nunca un motivo de confrontación. Al reconocer y respetar el derecho del prójimo a su propia e individual creencia en libertad de conciencia, le estamos demostrando el sentimiento de amor fraternal que nace en el propio Principio Creador que admite a todas las formas y expresiones que los seres humanos puedan concebir como su idea de Dios.

    A propósito de estos criterios, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aprobada en 1948 por las Naciones Unidas, establece que “todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente, los unos con los otros”. Y más adelante sigue diciendo: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

    Pero, lamentablemente, la historia de la Humanidad está saturada de episodios de confrontación, muerte y devastación convocados en el nombre de Dios o de otros dogmas que ocupan el lugar de las religiones. Recordemos que, durante el auge del cristianismo, el flagelo de la inquisición dejó su huella de sangre y destrucción so pretexto de consolidar su visión particular de la religión. Y en la propia Biblia encontramos ejemplos de hasta donde pudo llegar el hombre contra el hombre, en el nombre de Dios.

    Más cerca en el tiempo, desde finales del siglo XIX cobró fuerza la expresión “fundamentalismo”, que fue aplicada inicialmente a un movimiento conservador surgido entre protestantes de los Estados Unidos. Este movimiento que tuvo su apogeo en el primer cuarto del siglo XX, floreció en 1909 con la publicación de 12 libros llamados “Los fundamentos”, todo un éxito editorial, que subrayaba como indiscutibles a los dogmas del cristianismo, entre otros, la infalibilidad de la Biblia, el nacimiento virginal y la divinidad de Jesús de Nazareth, su sacrificio en la cruz como expiación de los pecados de la humanidad y la resurrección física. El movimiento fue perdiendo adeptos en aquel país a partir de los años 30s del siglo XX.

    Pero casualmente, en esos mismos años 30s del siglo pasado, muy lejos de los Estados Unidos, en los países del Islam, comenzaban a cobrar fuerza las posiciones de los sectores más radicales de esa religión, que fueron generando un movimiento dogmático que, por asimilación, recibió con el paso del tiempo la designación de fundamentalismo y cuyo desarrollo se ha manifestado en la aplicación, quizás desnaturalizada, de la ley Coránica (sharia) en aspectos donde debían ser competentes los tribunales civiles.

    No escapa a nadie hoy en día la trascendencia que han cobrado en las últimas décadas esas posiciones del fundamentalismo islámico y su repercusión en sus relaciones con el mundo occidental, en lo que parece ser un retroceso cultural, dicho esto desde nuestra perspectiva occidental, con el riesgo de no saber ponderar adecuada y totalmente las razones que motivan a un sector tan importante, cuantitativa y cualitativamente, de la población universal. Por otra parte, lo afirmado no va en detrimento de la religión islámica en su verdadera expresión, que ha servido de base junto al cristianismo y al judaísmo de lo que hoy se conoce como la civilización greco-judeo-cristiana. Desde nuestro humilde punto de vista, el auténtico islamismo está muy lejos de respaldar las actitudes de muchos que actúan invocándolo y que a nuestro modesto juicio lo desnaturalizan.

    La noción de fundamentalismo no se agota en el mundo actual con las expresiones de origen religioso a tal punto que esa denominación se ha extendido, por asimilación, a corrientes de pensamiento o regímenes políticos, a veces opuestos entre sí, que tienen como denominador común al dogmatismo, el fanatismo y una suerte de totalitarismo intelectual, que no admite segundas opiniones y que termina por denostar a todo aquel que confronte la “verdad oficial”, con su visión independiente. Albert Jacquard, en “Pequeña filosofía para no filósofos”, sostiene que “es fanático quien se siente seguro de poseer la verdad. Un individuo así se encuentra definitivamente encerrado en esa certeza; no puede, por tanto, participar ya en ningún intercambio; pierde lo esencial de su persona. Ya no es más que un objeto susceptible de manipulación”.

    El sentido dogmático de ciertas terminologías ha invadido el campo económico y hoy se habla del “fundamentalismo del mercado” cuando este actúa en detrimento de la función social del Estado. El mundo también tuvo en el siglo XX ejemplos muy claros de otros “fundamentalismos” que han utilizado al individuo como el engranaje de una gran maquinaria que pretextaba servir los intereses del “Estado”, del “Pueblo” o del “Proletariado”, convertidos estos términos en entelequias vacías de contenido. Entre los exponentes más notorios de esos dogmatismos todos recordamos al fascismo de Mussolini, al nacional socialismo de Hitler y al estalinismo de la Unión Soviética.

    Para culminar este modesto aporte, deseamos señalar que esos antivalores, en la medida que intenten propagarse por el mundo, deben ser combatidos por los hombres libres con el auxilio del mejor antídoto que se ha podido encontrar para enfrentar a esas patologías sociales que envenenan la mente de los ciudadanos. Ese enemigo acérrimo de los fundamentalismos y dogmatismos no es otro que la libertad de conciencia. Y en nuestro país la laicidad es la mejor garantía para la defensa de esta libertad fundamental.

    Gastón Pioli