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    La laicidad y el laicismo

    Sr. Director:

    En los últimos años hemos escrito varias veces en esta prestigiosa sección de “Cartas al Director” sobre el tema del principio de la laicidad y la doctrina del laicismo que tanto prestigio le han aportado internacionalmente a nuestra identidad nacional y tanto beneficio le han causado al modo de ser de los uruguayos.

    Esto fue claramente reconocido por aquel gran ciudadano, Wilson Ferreira Aldunate, último caudillo del viejo Partido Nacional, a quien no tuvimos el honor de votar, pero aprendimos a respetar como una de las principales figuras públicas nacionales.

    Wilson dijo, hasta el cansancio, que el Uruguay era por sobre todo una comunidad espiritual y que no se lo podía catalogar de otra cosa. Wilson no era ni batllista ni anticatólico o anticlerical. Era blanco como “hueso ’e bagual” y católico practicante. Pero tuvo esa feliz definición de los uruguayos, quizás de origen kantiana, como resultado de nuestro comportamiento en la época en que le tocó vivir, en pleno siglo XX.

    Esa comunidad espiritual, y no hace falta analizar demasiado para definir de lo que se trata cuando hablamos de una comunidad en el espíritu, solo puede funcionar como lo hizo al amparo de un ámbito de respeto irrestricto a la libertad de conciencia, a la libertad de pensamiento, donde la opinión de un devoto de cualquier religión, o de un agnóstico y aun de un ateo tiene el mismo valor y goza de la misma libertad, el mismo respeto y la misma tolerancia por parte de sus socios en esa comunidad del espíritu. Porque la vida espiritual se cultiva no solamente desde una religión, como pretenden quienes exacerban su práctica religiosa, sino desde el interior de cada ser humano, en contacto con su conciencia, libre de dogmatismos y presiones catequizantes o fanatizantes.

    Con el paso del tiempo los uruguayos fuimos extendiendo la protección del laicismo a toda otra área que pudiera ser susceptible de fanatismos o fundamentalismos dogmáticos, manejados como si provinieran de verdades reveladas por alguna entidad superior, en el espacio público, para proteger a cada ciudadano en su libertad de conciencia. A cada uno en particular y, por ende, a todos en general. Sea en lo político, lo sindical, lo económico y aun en la práctica democrática para evitar caer en esos fundamentalismos democráticos como los describe el español Juan Luis Cebrian en su ensayo con ese título, que llevan inexorablemente a los detestables populismos, algunos de cuyos ejemplos hemos visto y todavía vemos en nuestra sufrida América Latina.

    Decimos esto porque hemos observado en los últimos días cómo algún propagandista o activista político, enmascarado como supuesto docente o autor de libros destinados a la docencia, pretende adoctrinar, con la complicidad de alguna editorial y de algunos institutos privados de enseñanza a los niños uruguayos. Afortunadamente la autoridad oficial no ha homologado el texto en cuestión, pero todos los uruguayos debemos permanecer alertas y parafraseando el eslogan que tan oportunamente hemos utilizado para defender a la mujer frente a la violencia doméstica, digamos fuerte y a coro con militancia laicista en relación con estos intentos de adoctrinamiento de espaldas a la laicidad y al laicismo: Ni uno más.

    Gastón Pioli

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