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    La ley de salud mental

    Sr. Director:

    Hoy en día se encuentra en debate la promulgación de la denominada ley de salud mental, actualmente en el ámbito parlamentario. Esta ley con su redacción actual, virtudes y defectos es el producto de un largo proceso de discusión, negociación, acuerdo y síntesis. Su discusión en el ámbito público ha sido el escenario en que, una vez más, la Psiquiatría y los psiquiatras han sido puestos en cuestionamiento. Y es que, lejos de ser una novedad, quizás por su lugar disciplinar complejo y mal entendido, quizás por identificarse con su objeto, la enfermedad mental, y con el carácter misterioso y también temido de esta, y quizás por la existencia sostenida en el imaginario popular de un conjunto de mitos y preconceptos, la Psiquiatría es una disciplina médica expuesta permanentemente a la crítica. Crítica fundamentada principalmente en el prejuicio y el desconocimiento.

    El tema no ha ocupado un lugar demasiado importante en los medios de comunicación, pero resulta preocupante que en algunas de las oportunidades en que ha sido abordado, se haya adoptado por parte de los medios en cuestión una posición parcial, prejuiciosa, tendenciosa y arbitraria. En distintos medios de prensa y TV (La Diaria, Brecha, Santo y Seña) se ha construido un relato que, más o menos explícitamente, denomina al sistema de atención actual con todos sus defectos e insuficiencias como biomédico, coloca a los psiquiatras como responsables y defensores de dicho sistema, y en general establece un manto con un halo negativo alrededor de las prácticas de la disciplina.

    En estas ocasiones la palabra de los psiquiatras ha sido poco o inconvenientemente recogida (parcialmente, con recortes y tergiversaciones). Creemos que tenemos la responsabilidad de denunciar este hecho y hacer las aclaraciones correspondientes, pues los principales damnificados de la popularización de estas visiones serían quienes requieren la atención de la misma.

    1) Es notorio que los servicios de salud tienen carencias. Desde hace tiempo los psiquiatras junto con otras profesiones, familiares y usuarios las hemos venido denunciando, así como trabajando dentro de nuestras posibilidades para que la situación mejore. Los resultados no han sido, desde luego, los que hubiéramos deseado. Considerar a los psiquiatras como defensores y sostenedores del sistema es una falsedad sostenida a propósito para generar la oposición de supuestos bandos de buenos y malos.

    Sabemos también que no todo es negativo y que en todos los centros de atención hay personas dando lo mejor de sí en su labor cotidiana. Esos aspectos suelen dejarse de lado en cierta modalidad de periodismo.

    2) En relación con el punto anterior, en estas visiones periodísticas se ha utilizado la estrategia de tomar como ejemplo anécdotas puntuales y generalizarlas adjudicando su origen a la disciplina entera, o bien, se critica una institución como caso y se adjudica a la “lógica disciplinar” los problemas que en verdad son de funcionamiento institucional.

    3) Ha habido cuestionamientos más o menos explícitos de algunas técnicas específicas que forman parte del arsenal terapéutico. Esto no constituye ninguna novedad, y, una vez más, psicofármacos, electroconvulsoterapia y otras han caído en un cuestionamiento antojadizo, irracional y prejuicioso. No significa que las medidas terapéuticas no puedan ser cuestionadas, de hecho lo son habitualmente en nuestra práctica cotidiana, cuando sopesamos la conveniencia de su uso en los casos concretos, o como cuando su uso es sometido al escrutinio académico correspondiente de la disciplina. En el caso de los abordajes periodísticos mencionados se abunda en técnicas falaces de desprestigio de las mismas. Se recogen testimonios aislados y se realizan narraciones melodramáticas en referencia a sucesos que tienen que ver o no con dichas terapias, de forma que, sin nunca formular una hipótesis específica, pintan un panorama de terror alrededor de la técnica. Se utiliza el argumento de tomar ejemplos de posibles y supuestas malas acciones para luego dejar la duda de la generalización. Se repite ad nauseam viejos prejuicios y mitos abundantemente desmentidos. Se construye una situación de cuestionamiento fáctico, a modo de profecía autorrealizada, de manera que si se cuestiona una y otra vez algo sin importar más nada, esto queda automáticamente en cuestionamiento de hecho.

    4) Se insiste en la caricatura de que los psiquiatras pensamos que las enfermedades de la mente son de origen únicamente “biológico, orgánico” y mejoran “solo con psicofármacos”. La psiquiatría es una disciplina compleja cuyo análisis se nutre tanto de disciplinas científico-naturales como humanísticas. Nuestra formación integra al conocimiento biológico los aspectos psicológicos, sociales y culturales.

    Seguir discutiendo la dicotomía de lo biológico-orgánico por un lado y lo psicológico-social por otro es inútil, no se condice con la práctica clínica cotidiana y no aporta a mejorar la calidad de atención. Dichos aspectos que se describen por separado están siempre integrados y los psiquiatras así lo consideramos cuando atendemos pacientes, que son los que llevan la mayor carga de sufrimiento si se descuida tal perspectiva.

    Por último, nos gustaría hacer referencia a algunas de las críticas y propuestas que han sido realizadas a la ley por parte de un grupo de organizaciones. Consideramos que de ponerse en práctica determinarían que la ley, lejos de ser un avance y una oportunidad, se convertiría en un retroceso y una dificultad para la mejora del sistema de atención.

    1) Se ha sugerido que debería eliminarse la utilización del término trastorno mental, y usar en vez algún término más amable y “menos discriminatorio”. Distinguir entre los conceptos de salud mental y enfermedad mental hace referencia a personas en situaciones diferentes, con necesidades particulares, que requieren cada una medidas, acciones y atención definidas. Nombrar cada situación permite identificar la especificidad de cada población, objetivar sus necesidades y garantizar su derecho a la atención. Negar la existencia de la enfermedad mental —como si el aparato psíquico no pudiera tener vulnerabilidad para enfermar— es el mayor prejuicio que se puede tener hacia la persona que la padece. Eliminar del diccionario la palabra enfermedad no hace que esta desaparezca, y es obvio que lo que estigmatiza no son las palabras sino las actitudes hacia las personas.

    2) Se ha propuesto que los psicólogos debieran participar en la decisión sobre las hospitalizaciones psiquiátricas. La pérdida de la salud y la génesis de la enfermedad mental refieren siempre la interacción de aspectos psicológicos, sociales y orgánicos con predominio de unos sobre otros según el caso. Todos deben ser tomados en cuenta en la promoción, prevención, tratamiento y rehabilitación. Los integrantes de las profesiones y disciplinas ligadas al tema lo tenemos en cuenta, y reafirmamos que la interdisciplina genera los mejores abordajes. No obstante ello, consideramos elemental la idea de que la interdisciplinariedad debe respetar los saberes y las especificidades disciplinares. La hospitalización psiquiátrica es un acto médico-psiquiátrico, estudiado por los psiquiatras, que queda contemplado bajo los aspectos éticos y legales del acto médico (principios éticos del acto médico, responsabilidad, lex artis ad hoc). Lejos de mejorar la calidad de un acto tan delicado como la hospitalización, la designación por ley de la participación de profesionales que no tienen en su horizonte de análisis el acto mencionado constituye un sinsentido difícil de sostener. La interdisciplinariedad no debe implicar que vayamos todos los técnicos a los pies del paciente haciendo todo y todos juntos a cada momento.

    3) Se ha propuesto la ubicación del organismo de contralor por fuera del ámbito del Ministerio de Salud. Consideramos natural, por el contrario, la presencia de dicho organismo en el Ministerio. Si bien no todas las acciones sobre la salud mental corresponden al ámbito sanitario, las principales acciones que requieren contralor y regulación sí le competen a este. La presencia en el Ministerio, además de fundamentarse en razones conceptuales también lo hace en razones prácticas, coincidiendo con la natural función regulatoria de este organismo. Colocar al organismo regulador por fuera del ámbito ministerial constituiría, esto sí, un ejercicio de discriminación peyorativa hacia esta población.

    Pensamos que la ley de salud mental puede constituirse en una plataforma para que se lleven adelante los cambios y las incorporaciones que constituyan un plan de atención en salud mental, y se logre un sistema de atención que atienda debidamente las necesidades. Constituiría una paradoja que justamente en nombre de supuestos derechos la ley tuviera modificaciones que terminen yendo justamente en contra de los verdaderos derechos de pacientes a recibir la atención que necesitan en forma adecuada.

    Ramiro Almada

    CI 3.264.470-5