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    La maldición del paisito

    Director Periodístico de Búsqueda

    Nº 2189 - 1 al 7 de Setiembre de 2022

    Hay conceptos que caen bien, por más que no lo merezcan. Suenan lindo, generan una empatía inmediata y se van instalando como si fueran verdades absolutas. Entonces, empiezan a actuar desde dentro mismo de esa especie de inconsciente colectivo que existe en las distintas culturas y se esparcen rápidamente, al igual que una enfermedad muy agresiva. Hacen daño y provocan una agonía lenta, como entumecida, que parece no terminar nunca pero que tampoco se revierte.

    Son varios pero uno de los ejemplos más claros y abarcativos es el de paisito. Resulta que Uruguay es, para la mayoría de los uruguayos, un paisito. Esa es la forma que eligen muchísimos para referirse a su lugar de origen de una manera afectuosa y hasta con cierto grado de admiración. Lo realizan convencidos, todas las veces que tienen que hacer una referencia al territorio que habitan o al que añoran desde el exterior. El paisito esto, el paisito lo otro, eso es bien del paisito, aquello no pasa en nuestro paisito, casi todo sirve para poner la palabra paisito.

    Ese sentimiento un tanto irracional se incrementa aún más cuando Uruguay logra algún reconocimiento internacional o un triunfo deportivo importante en el exterior o se posiciona como referente en alguna materia. Ahí entran a jugar otros giros literarios muy significativos como la grandeza del paisito o un paisito gigante o cuestiones por el estilo. A los protagonistas de esos logros, en la mayoría de los casos, les encanta hablar del paisito al justificar lo que hicieron. Es como si salir de fronteras fortaleciera aún más esa idea.

    Pues paisito es un concepto peligroso y contraproducente. No es que en algunos aspectos no seamos un paisito. Lo somos pero  deberíamos dedicar todas nuestras fuerzas a dejar de serlo. Tenemos con qué lograrlo. Hay materia prima de sobra para ser un verdadero país de referencia más que un paisito, aunque previamente habría que instrumentar cambios importantes. Quizá el más sustancial, porque abarca a todos los demás, sea el cultural. Lo que hay que cambiar es esa cultura del paisito tan arraigada. Aquí van algunos de los rasgos más característicos.

    Es de paisito hacer todo a medias. Anunciar acciones, medidas, emprendimientos, reformas y un largo etcétera, preparar toda la infraestructura, estudios y personal como para concretarlos, y que después todo se vaya diluyendo hasta desaparecer con el tiempo, como una mancha de agua en la arena. Basta con repasar la agenda informativa de los últimos años para darse cuenta de la cantidad impresionante de ejemplos que hay al respecto. Pero no solo pasa a nivel público. La incapacidad de concreción es un debe demasiado generalizado entre los uruguayos y preocupante. Falta cerrar, culminar con lo previsto y eso se nota en casi todos lados.

    Es de paisito no aspirar siempre a meterse en las grandes ligas y contentarse con campeonatos de segunda. Entre muchos uruguayos existe una exaltación de la humildad mal entendida. Es cierto que ser humilde es una característica imprescindible en las grandes personas pero una cosa es humilde y otra perezoso. Aquello de eso no es para mí o esas cuestiones hay que dejárselas solo a los que saben o en ese negocio mejor no me meto porque ahí ya están los pesos pesados está demasiado diseminado y genera una tranca a cualquier tipo de crecimiento, colectivo o personal.

    Es de paisito hablar en lugar de hacer. Aquí son demasiados los que hablan y hablan pero no hacen nada de lo que dicen. Es una característica muy uruguaya que cada asunto se discuta muchísimo, que todos se sientan especialistas en las disciplinas más disímiles y que sean muy pocos los que en lugar de perder horas discutiendo, opten por actuar como forma de presentarse a sí mismos. Desespera a veces ver cómo los debates se vuelven casi eternos y cuando pasan, no dejan nada concreto. También es preocupante el exceso de opiniones y recomendaciones y sugerencias para cada uno de los asuntos complicados, pero lo solitarios que quedan los que realmente predican con el ejemplo.

    Es de paisito estar siempre a la defensiva de la peor manera. De un tiempo a esta parte, se ha transformado en algo demasiado frecuente el intentar justificar un error propio, acusando a los demás de haber cometido uno igual o peor. Como si eso quitara trascendencia a la falta cometida. El ejemplo más claro al respecto es el político. Ha sido una constante de los últimos años tratar de recordar las fallas de los adversarios cada vez que un político es acusado de alguna irregularidad. El camino más elegido es no hacerse cargo y dejar esa idea de que podré ser malo pero los demás son peores. Y ese mecanismo de defensa es terrible.

    Es de paisito tratar de igualar siempre para abajo. Una anécdota que se repite en Uruguay es aquella del nuevo en un trabajo que empieza con mucha energía y productividad y sus propios compañeros le exigen que baje el ritmo. Casi todos tienen un cuento al respecto. Por otro lado, suele castigarse o generar sospechas sobre el que desarrolla una carrera exitosa en poco tiempo. El emprendedor, que tiene pasión por lo que hace y busca ser reconocido, generalmente debe sortear muchas trancas y eso también es muy contraproducente.

    Es de paisito no concentrar todas las fuerzas en tratar de construir un futuro mejor y en su lugar esperar a que llegue como por arte de magia, de algún lugar extraño. Que las condiciones externas, que el cambio climático, que las guerras en otros continentes, que el precio de los commodities, son muchas las circunstancias que afectan a la economía uruguaya y que no dependen de lo que se haga internamente. Todo eso es verdad. Influye muchísimo lo que ocurre fuera de fronteras por una cuestión lógica de escala, pero eso no quiere decir que no se puedan adoptar medidas para tratar de limitar lo máximo posible esa influencia. Lo que pasa es que siempre es más fácil buscar excusas afuera y eso también es de paisito.

    No todos viven en ese mismo paisito. Hay otros a los que solo escuchar esa palabra los angustia. Encaran, apuestan, emprenden, impulsan, contagian y todo con la idea de que Uruguay es lo suficientemente grande como para ir por todo. Esos son los que creen en el futuro y alientan a creer. Pero hace falta que muchos más crean en ellos. Cuando eso ocurra y los dejen hacer sin tantos peros, todo lo anterior será parte de la historia. O, mejor todavía, de la historita.

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