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    La medida del hombre

    Nueva propuesta en la ex cárcel de Miguelete

    El visitante llama la atención sobre una palabra. “Pensé que emboltorio se escribía con “ene” y “ve corta” dice a su acompañante, en voz baja, por las dudas, para no quedar en evidencia y parecer ignorante. Silencio. Todos dudan. La palabra forma parte del texto explicativo de un artista. Habla de los materiales que utilizó para mostrar algunos retratos. Son dibujos a tinta china en pañuelos descartables. Esos que vienen “embueltos” en “emboltorio” marca Elite. Es así de sencillo y complejo el tránsito por el arte contemporáneo. En ese lugar, ante la legitimidad que le aporta el contexto, el proceso de trabajo, el propio texto explicativo, la idea y la firma del artista, todo puede ser arte. Pero hay una obra y el espectador debe enfrentarla, con “emboltorio” y todo. Una “obra” que resulta cuestionada por todos lados, que a veces se ve, a veces se toca o se huele o se come, incluso puede ser sensación auditiva o emocional. Invisible, intangible, lo que quieran, aunque en algún punto supone un contacto con el otro. Un tema recurrente y de complejas aristas.

    Estos son dibujos, retratos en tinta china. Rostros bien dibujados que forman parte de la nueva propuesta expositiva del EAC (Espacio de Arte Contemporáneo) en la ex cárcel de Miguelete. Un lugar donde conviven muchas otras encrucijadas. El dolor de su historia, permanente, la presencia terrible de una visión angustiante, de un clima denso y poblado, a pesar de la belleza del reciclaje y la oportunidad de las iniciativas artísticas. Fue una cárcel y el espacio permanece intacto, se ve, se toca, se siente. En los primeros años, el patio fue además escenario de fusilamientos. Las paredes exteriores están cargadas de imágenes invisibles pero tremendamente presentes. El viento y el silencio que generalmente puebla ese espacio refuerzan la sensación de dolor, de ausencias dolorosas. Rodeado de ventanas de celdas, es imposible no pensar en esos cruces inherentes a la esencia humana, entre la muerte y el amor, entre la soledad y la creación, entre la fuerza de vivir y la de­sesperación más absoluta, casi existencial.

    Está bien que allí se despliegue el arte contemporáneo. Vive en parte en esos caminos cargados de incertidumbre, de desconcierto, de contradicciones, de conflictos, de historia. Los dibujos en pañuelos desechables (Retratos de bolsillo, de Ricardo Pizarro) están en el sótano y forman parte de A escala humana, trabajos de diferentes artistas desplegados de celda en celda. Hay algo en ellos, en los rostros, en la reproducción. En cada caso, se expone el dibujo y los trazos que permanecen en las tres capas superpuestas que forman el pañuelo de finísimo papel. Cualquiera puede hacer la prueba, es sencilla y ofrece el mismo resultado. El primer dibujo es reconocible, los otros se diluyen, quedan en rastros a medias, perdidos, desdibujados.

    Un proceso que demuestra fácilmente que de la “figura” original (humana en este caso) a las capas siguientes, cualquier figuración contiene en el mismo acto su abstracción. Lo que puede llevar a cuestionar innumerables absolutos, incluida la propia noción de realidad. Hay otros retratos en ese celdario donde antes hubo rostros sufrientes, donde es inevitable percibir el eco de otras imágenes. Está el trabajo de Pedro Tyler (Obra abrupta, 2008) sobre reglas de carpintero o su simulacro. Sobre la madera y su formulación matemática, rigurosa, exacta, el artista talla rostros de escritores suicidas. Están Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, Ernest Hemingway, entre otros. En el texto informativo se dice “Políptico, 9 piezas madera”. Y más adelante: “Este trabajo es el primer político de retratos…”. Alguien pone mal las teclas, no hay dudas. Pero en el juego de “significantes” y otras citas posmodernas, la realidad se confunde con la ficción, todo el tiempo. No hay trabajo más políptico que el político, valga la esencialidad y la ignorancia.

    Los retratos son buenos. Son honestos en el sentido más espiritual del término. Hay peso artístico, hay multiplicidad de sentidos, hay conflicto entre ese rigor espacio-temporal y la vida misma, creativa, caótica, imposible de acotar o medir. La vida que el propio ser humano hace explotar por el aire a pesar de que viva de reglas y rigor, de fórmulas y razonamiento lógico, de proyectos, de creación y a pesar de involucrarse permanentemente con un proyecto de felicidad. El misterio siempre latente y fuera del metro de carpintero.

    Hay otros trabajos interesantes. Una malla de papel triturado de guías telefónicas invade otra celda. Apenas se ve a través de esa trabajosa y densa cortina de nombres perdidos, de identidades conectadas por quién sabe qué mecanismo. Densidad de víncu­los entre presos, entre cuerpos unidos por otros misterios, entre batallas y sufrimientos personales. La obra es de Jorge Sarsale y forma parte de la serie Colonia, 2015. Es impactante, hermosa, oscura.

    Hay fotos, trabajo minucioso en cerámica, en papel, en video. Todo desde la perspectiva de ese cruce interminable de sentidos, entre la materialidad posible y lo que no se ve, ni se siente. Pero está. Entre la figura y la abstracción, incluso, entre la figura y la vida que parece no existir. Todo lo que está en medio es fuerza creadora, con recursos simples, materiales sencillos, cotidianos. Detrás están los ecos del silencio de la cárcel. Silencio que invade cualquier arte posible.

    Temporada 19, en el EAC. Arenal Grande 1930. De miércoles a sábados de 14 a 20 y domingos de 11 a 17 h. Hasta el 15 de noviembre.