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Buenos Aires, enero de 2002. El caceroleo choca contra los edificios afrancesados de la elegante Santa Fe. Lo recuerdo bien pues yo estaba allí, marchando todas las tardecitas de un lado al otro, bajo una brisa agradable, exigiendo que se fueran todos.
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Veo aun en mi horizonte interno gente desesperada, golpeando rítmicamente las fachadas bancarias en Florida, en Sarmiento, en 25 de Mayo. Todavía hoy hay chapas abolladas en varios bancos de la City. Se decía, entre todas las cosas que se decían en aquellas semanas en que Argentina asombró al mundo con la mayor quiebra de la historia, que se habían llenado cinco aviones de billetes. Aviones que salieron de Aeroparque en dirección a Nueva York.
A veces los aviones eran cuatro, a veces seis. Imposible de comprobar. Lo que yo sí podía comprobar era algo mucho más banal y más insólito que cinco aviones con billetes. Sucedía siempre que entraba a un kiosko a comprar una caja de chocolates para llevar de regalo adonde estaba yendo. ¿Con qué los va a pagar?, me preguntaban. Y cada vez me resultaba igualmente extraño e irreal.
El chiste era de cajón: la UE son catorce países con una moneda, Argentina es un país con catorce monedas. Pero en aquella Argentina había más de catorce monedas. Viviendo en Recoleta, yo podía acceder a los recoletos, que se obtenían en el mercado montado en la Escuela de Ayacucho y Vicente López. También estaban los patacones y los Lecop y si uno se movilizaba al sur de la capital se entraba en el idílico mundo del trueque. Te arreglo la TV por cuatro panes caseros.
Un día aterrizó un grupo de jóvenes investigadores franceses, entusiasmadísimos con ese modelo popular que erosionaba la base misma del pervertido sistema capitalista. Hasta que una de las características inherentes al pervertido sistema capitalista, la inflación, erosionó a “la economía del futuro”: los vivos, tan comunes en Argentina, habían falsificados los bonos que funcionaban como moneda de cambio en dichos mercados, haciendo volar por los aires el castillo de ilusiones de los pobres franceses.
Asumió un presidente que duró unas horas. Vino otro que duró un fin de semana. A un tercero se lo llevaron sedado en helicóptero a su provincia natal, víctima de un ataque de nervios. Hasta que el aparato peronista del mayor distrito del país puso a su hombre fuerte en la Casa Rosada. Sin hacer nada, la copla Duhalde-Lavagna estabilizó la situación gracias a esa inmensa máquina de producir riquezas que es el agro argentino. Hasta que llegaron los pingüinos: los Mesías del sur. Despertaron ilusiones, pues nadie los conocía.
Argentina comenzó a crecer “a tasas chinas”, porque China había subido un cambio y todo el mundo pasó a andar más rápido. Pero la deuda que había originado la monumental quiebra no disminuyó, sino que siguió creciendo. Paradójica y constantemente. Los Kirchner parecían esos argentinos engominados que enloquecieron a París hace un siglo: regalaban plata a manos llenas.
No solo se enriqueció la pareja presidencial: el chofer de Kirchner compró casas de lujo y empresas electrónicas; su jardinero se dedicó a la alta finanza; un cajero bancario conocido de Néstor y Cristina, un tal Lázaro Báez, registró una empresa constructora que pronto monopolizó la ejecución de las mayores obras públicas en el país y todas las que emprendió la pareja presidencial, codiciosa como personajes de una fábula de Esopo.
Kirchner hacía lo que quería; pudo darse el lujo de limitar los cupos para la compra de dólares y, al mismo tiempo, llamar por teléfono a una financiera y comprar dos millones de dólares. Nadie se molestó porque a todos les iba muy bien.
Pero fijate lo que sostienen Fulano y Mengano sobre el estado de la infraestructura, decía yo. Y ahora hay que importar petróleo y el FMI… Nooooo, me respondían cancheros mis amigos, lo que pasa es que esos tipos no se colocaron y por eso chillan. Y agregaban: vos no entendés cómo funcionan las cosas en este país. Eso era verdad.
En las últimas elecciones, cuando Argentina tenía que importar el gas que antes exportaba y se seguía endeudando para subsidiar un calamitoso sistema de transportes y una desvencijada red eléctrica y más de 50 tipos de planes sociales; cuando la educación había naufragado y la inseguridad campeaba victoriosa, Cristina sacó el 54% de los votos. Era impensable. Ni ella se lo creía. Cuando por fin recobró la palabra dijo: vamos por todo.
En mi década argentina viví el bajón del corralito, el vértigo del crecimiento desenfrenado y el nuevo derrumbe. Compré un piso por 20, llegó a costar 90 y lo vendí a último momento por 53. Subí y bajé como en una montaña rusa. Y la única pregunta que me importa no tiene que ver con la política o la economía o el futuro judicial de una viuda agrietada, sino que con la cultura dominante de todo un pueblo: ¿cuáles son los mecanismos mentales que impulsan un comportamiento históricamente enfermo?
Tengo una teoría, conocida por mis lectores: lo peor está aún por venir.