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    La opinión de los ciudadanos en las actuales sociedades heterogéneas

    Sr. Director:

    El resultado de las elecciones de Estados Unidos fue una sorpresa, la salida del Reino Unido de la Comunidad Europea también. Se dieron resultados opuestos a todos los pronósticos. Con el diario del lunes muchos se volcaron con fervor a ofrecer explicaciones. No me interesa continuar con ese análisis pero sí examinar algunos aspectos tanto de los pronósticos fallidos como de las causales del error. Me parece de singular interés proyectar ese análisis sobre la situación actual de nuestro país que, por razones obvias, se encuentra hoy en un clima de especulación electoral, prematuro si se quiere pero no forzado, ya que es resultado lógico de una realidad: la fuerza política hegemónica de las últimas décadas ha entrado en su fase de cuarto menguante.

    En el caso de Estados Unidos, como antes con el Brexit, hubo unanimidad en los pronósticos equivocados y muchísimas explicaciones posteriores, también equivocadas o, por lo menos, incompletas. Hay que ir al análisis de dos cosas: quiénes son los que se equivocaron y quiénes son los que dieron pie al error y por qué.

    1) Los que se equivocaron fueron los encuestadores, los periodistas, los politólogos, los analistas de los think tanks y los expertos de las agendas de publicidad: en una palabra, fueron los llamados formadores de opinión. Ahora bien: ¿qué es lo que normalmente se llama opinión pública? Es ni más ni menos que aquello que adquiere condensación en la sociedad a partir de lo que dicen, escriben, discuten (anticipan) los formadores de opinión. Con un agregado: quienes consumen aquellos escritos, discursos, debates y pronósticos de los generadores de opinión pública son básicamente los mismos que los producen. No quiero minimizar ni la preparación profesional ni la intensidad del trabajo de análisis de ese sector de la sociedad (del cual, mal que mal, formo parte) sino subrayar un proceso circulatorio cerrado.

    Hay otra parte de la sociedad que vive, se mueve y piensa por fuera de ese circuito: no le interesa participar y sobre todo no tiene “lenguaje” apto para hacerlo. Al quedar por fuera es como si no existiesen para (muchos) de los que están adentro de ese mundo y de ese idioma. Sería erróneo que nos imaginásemos esa situación como si la política fuese un escenario donde interactúan una serie de actores cada vez más sofisticados intercambiando análisis y pronósticos cada vez más sofisticados y, por otro lado, una platea que asiste, contempla el escenario y sigue la actuación y los parlamentos pasivamente, sin participar. No es así; la realidad es que la platea está vacía.

    No es que la política haya dejado de interesar (aunque hay bastante de eso). Lo que parece seguro y ampliamente demostrado por los acontecimientos que estoy comentando es que lo que ha dejado de interesar (o nunca interesó) a buena parte de la ciudadanía es lo que se dice, se escribe y se actúa en ese mundo de los formadores de opinión. Y si por azar esos que no asisten, que dejan la platea vacía, se enteran de algo que sobre el escenario ha sido discutido, analizado, pronosticado, descartado, etc., directamente no lo creen.

    Finalmente quiero agregar un elemento más a este capítulo: dado que hoy la comunicación social se establece a través de los aparatos que sustentan el funcionamiento de las llamadas redes sociales y no más a través de los medios masivos, la comunicación circula en la sociedad de un modo mucho menos visible (hasta que estalla, en la calle o en las urnas).

    2) El otro punto del análisis es ¿quiénes son esos mal evaluados que provocaron el error de los formadores de opinión? O, mejor dicho, ¿qué fue lo que en ellos no vieron los formadores de opinión? Esta cuestión es más difícil de contestar. Pienso que lo pertinente no es tanto averiguar quiénes son los votantes que desconcertaron a los formadores de opinión sino cuáles fueron los móviles de su comportamiento electoral que pasaron desapercibidos.

    En este punto también se tejieron explicaciones ex post factum adobadas con toda clase de hipótesis. Esas explicaciones posteriores fueron elaboradas, naturalmente, por los formadores de opinión (ese es su oficio), es decir, las elaboraron quienes acababan de demostrar que no sabían mucho de esa otra parte de la sociedad cuyo comportamiento electoral habían evaluado tan mal. Hubo explicaciones de lógica territorial: los votantes rurales tan diferentes del votante urbano. Otros señalaron niveles diferentes de educación, otros enfatizaron el aspecto patrimonial (propietarios versus asalariados), otros el tipo de trabajo (técnico o manual) y así sucesivamente.

    Este tipo de enfoques —que todos hemos leído en algún lugar— es parcial y muy pobre como explicación. Solo sirve para que advirtamos cuán poco homogéneas son hoy en día las sociedades, aún las más desarrolladas, como es el caso de Estados Unidos o Inglaterra. (Del Uruguay ni hablemos: aquello de que somos un país de clase media y sin extremos hace tiempo que se ahogó en la sopa). En definitiva, creo que el rasgo o la característica que no advirtieron los formadores de opinión y nunca tomaron en cuenta es el tipo de relación que tenían esos votantes con el Estado.

    Leí hace mucho tiempo una entrevista a Fernando Henrique Cardoso, ya cumplido su segundo mandato, en la cual daba esa explicación ante resultados aparentemente inexplicables en unas elecciones estaduales que habían tenido lugar en Brasil. La relación con el Estado, decía, no es solo la “bolsa familia” (aquí diríamos la tarjeta del Mides). La cosa es más compleja. La relación con el Estado va desde lo que el sujeto recibe del Estado, lo que espera pero no recibe, lo que teme del Estado (sea la Impositiva o el sobresalto del subsidio discrecional) y, finalmente, lo que se considera adecuado u obligatorio de parte del Estado aunque a él no le afecte. Si uno incorpora este punto de vista a los resultados electorales de USA y al Brexit hubiese habido menos errores.

    Termino con una aplicación a nuestra realidad uruguaya (donde el Estado tiene una estrecha relación con casi todo). En nuestro país ya está consolidado un relato respecto a que el Frente Amplio va a perder las próximas elecciones porque él mismo está empeñado en labrar su derrota. ¿Dónde y entre quiénes está instalado este pronóstico? ¿En aquel escenario donde se mueven y actúan los formadores de opinión o en ese otro ámbito donde estos no analizan correctamente la relación con el Estado?

    Juan Martín Posadas

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