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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¡A consensuar! En el lejano enero de 1852 Charles Louis, el sobrino de Napoleón Bonaparte —más conocido como Napoleón III, luego de haber restablecido en su persona la dignidad imperial hereditaria— concibió un novedoso sistema de doble vuelta electoral al que llamó ballotage.
Básicamente, el controvertido príncipe-presidente buscó dos cosas: que quien aspirara a gobernar accediera por la voluntad de la mayoría absoluta de los franceses, y apelar directamente al pueblo, eliminando la intermediación de los partidos.
Así entonces, desde su génesis, el balotaje (como lo conocemos luego de castellanizado) tiene algo en lo que parecería semejarse a las armas blancas y a las de fuego, en el sentido de que es de doble filo y lo carga el diablo.
Atenta contra los partidos y favorece la construcción de coaliciones.
Tampoco entre nosotros —a 22 años de aprobada la reforma constitucional que lo instauró— el cuestionado instrumento ha sido la excepción.
Tal vez, se pueda llegar a enunciar que el balotaje es un sistema perverso, dueño de una sutileza envenenada para los partidos independientes y elixir de la vida para los partidos coaligados.
A esta altura de su vigencia, presenta evidencias empíricas que no deberían seguir ignorándose. Está en su naturaleza, en su lógica operativa, en su propio mecanismo, el haber sido ideado, para que en él solo funcionen adecuadamente coaliciones y no partidos.
El viejo acogedor Partido Colorado, despojado de algunos de sus rasgos más característicos —por razones que deberían seguirse analizando, pero que no son el objeto de estas líneas— ha dejado de ser el comodín que encarta en todos los juegos, o el catch-all party, el partido atrapalotodo, que supo ser durante más de un siglo. La toma de conciencia que hoy se aprecia entre filas, difícilmente alcance —por lo menos en el corto plazo— para dar vuelta la pisada y retomar el gobierno como lo señala su arraigada tradición.
El otro partido fundador, el Partido Nacional, que se presenta como más cohesionado, aferrado a su matriz ideológica —que apenas oscila, en los sondeos de opinión en un eje del 30%, ratificado en las últimas cuatro elecciones— poca cosa hace por remontar y perforar el techo que no lo deja crecer más allá.
Habituado que está, el longevo partido de los blancos, a coleccionar segundos puestos, se mantiene impasible, como si el penoso trance por el que cursa la República no fuera suficiente aguijoneo para sacudir su parsimonia.
Y así, en ese escenario pautado por la realidad, se hizo propicia la hegemonía del Frente Amplio. Una coalición —de más de 30 partidos y partiditos, grupetes y facciones, bandos y bandas de otrora terroristas— en donde, como en cajón de sastre, cabe de todo. En donde prevalece sobre las ideas, la razón primera de la fuerza política, el alfa y omega de su proyecto de gobierno: detentar el poder, para abusarse y pavonearse de ello.
Exhausto de ideas, como con la musculatura cerebral un tanto atrofiada —el oficialismo— ocupa por entero su tiempo en buscar relevos para sus ancianos jefes políticos. Sin dejar de soñar con un mundo en donde nada cambia, todo perdura, y en el que el Frente vuelve a ser gobierno.
Está visto que tampoco la ciudadanía ha tenido la destreza que requería el balotaje como sistema, para conducirse, o no ha comprendido aún su funcionamiento. Es que el procedimiento de doble vuelta conlleva por lo menos un supuesto básico que, ignorado, alcanza a distorsionar la propia naturaleza de la elección racional.
Lo que para nosotros debería ser —dicho en términos prácticos— votar en octubre con el corazón, y en noviembre con la razón, lo que en 1957, Maurice Duverger se adelantó a formular en teoría, y que se conoce como elección racional, y Antonhy Downs describió como función del votante —decidir primero el partido que guarda armonía con sus ideas y luego tratar de estimar la chance que tiene de ganar—, no ha sido advertido explícitamente, en el marco del balotaje, al menos por un sector cuantitativamente importante de la ciudadanía uruguaya.
Y en este desconcierto una y otra vez, el elector termina siendo rehén de la polarización, inducido ciertamente por los sondeos de opinión que —sin necesariamente proponérselo— contribuyen a bastardear la propia elección.
Sin embargo, no es ese el único factor de distorsión a la hora de manifestarse la voluntad general, en clave de balotaje.
Las infalibles heridas que se provocan los rivales políticos durante la dilatada campaña, ya desde las internas, no alcanzan a sanar en el corto plazo de un mes, generando enconos y resentimientos entre la gente.
Y estos sentimientos negativos redundan en perjuicio de los partidos, que por su independencia no están subordinados a un contrato electoral y de gobierno.
En cambio, las coaliciones (en nuestro caso, en exclusividad, el gobierno) disfrutan del beneficio de haber acordado previamente la combinación de todas sus partes.
Tal es así que —en las tres instancias electorales en las que se disparó el balotaje desde que está vigente— en todas las segundas vueltas la cantidad de votos opositores fue menor a la suma de votos de la oposición en la primera de octubre. (Incluida la elección en la que ganó el difunto presidente Batlle).
Más aún, esa propensión verificable del electorado tiende a enfatizarse de elección en elección, sin solución de continuidad. Es decir, la reducción de los votos contrarios al gobierno, de octubre a noviembre —en todas las instancias— ha venido acentuándose de forma exponencial.
Hoy, a medida que se acerca un nuevo periplo electoral, la dirigencia política de la oposición o, mejor, de las oposiciones, tiene —como pocas veces— por delante un reto de extrema relevancia: evitar que la campaña electoral toda se convierta en una nueva escenificación.
En una puesta en escena los blancos simulan que ganan en una sola vuelta intentando confundir y seducir a los votantes colorados, independientes y de la gente para atrapar la mayor cantidad de votos posibles, que les facilite conformar una buena bancada (como lo han venido haciendo en los tres últimos comicios).
A su tiempo, los otros tres actores de la oposición se disponen a interpretar el papel más tortuoso. Tratar de convencer a sus prosélitos de que esta vez sí, van a entrar en el balotaje para contrarrestar la polarización y evitar una votación de partido testimonial.
Pero si nada trascendental sucede y las encuestas no se equivocan de medio a medio, habrán de ser los nacionalistas los opositores que pasen al balotaje; y de ser así, alcanzará entonces con reproducir el replay de pasadas elecciones: ¡El Frente sigue de largo!
¿Así mansamente, como cabestros, los políticos de la oposición piensan guiar a las grandes mayorías ciudadanas que hoy desaprueban al gobierno?
¿Será que aún hay quienes creen que con el balotaje alcanza para sumar y ganar? ¿Cuáles son las razones nuevas para pensar que esta vez, sin cambiar nada, no se va a producir el habitual trasiego de votos en segunda vuelta?
Algunos blancos podrán decir (quiero creer que son solo algunos): “Para nosotros, todo bien, estamos acostumbrados a tutearnos con la gloria, por algo tenemos los anaqueles colmados de preseas de plata”. Pero me resisto a pensar que la gran mayoría de los uruguayos —incluso los votantes del nacionalismo— que hoy claman por el cambio, se conformen dulcemente a seguir dando continuidad a la peripecia que vivimos.
Todavía se está a tiempo de escuchar el bramar de la gente. ¿No se aprecia la sabiduría popular, que en su vocabulario llano insiste en repicar una orden, ¡júntense!?
¿Cuál es la poderosa razón que inhibe a los dirigentes políticos, principalmente a los de los partidos fundadores, a formar una alianza estratégica para afrontar con éxito el desafío electoral?
Se dice que a los políticos se les puede llegar a tolerar casi todo, menos hacer el ridículo. ¿Será entonces que los uruguayos hemos perdido del todo el sentido de lo grotesco y tanto nos da una cosa como otra?
No se me oculta que la formación de un lema común —que albergue a todos los partidos de palmaria raigambre republicana— es tarea solo reservada a quienes están dotados de una gran paciencia.
Porque, es preciso en tamaña negociación, guardar las distancias en el plano de las ideas, preservar la independencia de cada partido, su ideario, su historia, su tradición, su liturgia, para culminar a la postre celebrando un contrato de gobernabilidad, que deberá poner énfasis en una media docena de temas cruciales para el país.
Esta colosal tarea de búsqueda de consensos —que quieran o no, tarde o temprano, deberán abordar los partidos, hoy en la oposición— cuando cristalice, será vista como un logro civilizatorio que los uruguayos nos merecimos.
Jorge E. Leiranes