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    La orquesta típica

    N° 1786 - 16 al 22 de Octubre de 2014

    Si bien las fechas no son precisas y se mezclan referencias de historiadores en variedad escandalosa, uno podría decir que esa música al inicio sencilla, saltarina, juguetona llamada tango se difundió, antes que por el tan aludido “trío fundacional” —guitarra, violín y flauta—, a través del organito.

    Poniendo en entredicho lo desparramado sin investigaciones de rigor, el organito —adaptación del órgano mediante un cilindro de púas que, al girar, impulsado por una manivela exterior, hacía sonar un conjunto de lengüetas de distintos tamaños— no fue autóctono: cayó en los puertos platenses, a fines del siglo XIX, de la mano de emigrantes españoles.

    Entre variadas descripciones se le llamó, en el diccionario de María Moliner, “piano de manubrio”. Según Horacio Salas: “Pese a que solo podía ofrecer un repertorio muy exiguo, fue muy popular como instrumento musical de entretenimiento callejero”. Los hubo de grandes dimensiones, que exigían ser tirados por caballos o burros, aunque la mayoría fueron portátiles, cargados por el propio organillero y colocados sobre una pata de madera para mover la manivela. Se ha dicho que muchos hombres aprendieron a bailar el tango entre ellos cuando el organito se detenía un rato en cada esquina, tocando a cambio de monedas. También se ha contado que algunos organilleros, para aumentar el interés del público, llevaban una cotorra que extraía tarjetas con predicciones sobre amor y dinero.

    Los tríos de guitarra, violín y flauta, en cambio, tuvieron su breve época de esplendor, en tiempos del viejo Gobbi, de Villoldo, de Saborido, sobre todo animando veladas en los prostíbulos, en “las casitas” —modesto preámbulo de lo que se llamaría cabaré— y en los cafetines de mala muerte.

    Las cosas comenzaron a cambiar radicalmente para la música del tango a partir de la inclusión del bandoneón, que entre 1865 y 1870 sustituyó a la flauta, y luego el piano que, aunque ya antes de 1900 lo tocaban creadores como Rosendo Mendizábal, modificó la combinación de instrumentos a partir de 1911 y, dos años más tarde, se convirtió en el elemento director de cada grupo.

    La primera orquesta típica formal nació en 1911 y fue la de Vicente “El garrote” Greco, a la que precedieron gran cantidad de cuartetos, quintetos y sextetos con la misma base instrumental: piano, bandoneón y violín. Las orquestas más numerosas surgieron durante el Carnaval, ya en la década de 1920. ¿La razón?: al no disponerse de amplificación los directores añadían instrumentos para obtener un sonido más poderoso. De esa etapa pionera nacen “la cuerda de bandoneones” —Pugliese solía usar cuatro y D’Arienzo llegó a colocar seis— y “la línea de violines”, también variable y respaldada por un contrabajo y, a veces, una viola. Ya en lo que podría calificarse de “período moderno” de la evolución musical del tango, el número de ejecutantes pasó a ser aleatorio pues dependía del gusto del director tanto como de las condiciones económicas que imponían los contratistas. Uno de los últimos agregados significativos fue el estribillista que, poco a poco, dejó un sitio de privilegio a “los cantores de la orquesta”. No es un dato chico recordar que tales estribillistas —algunos más tarde célebres, como Charlo— desaparecieron recién en 1938, hasta cuando siguieron trabajando con ciertas orquestas.

    Hay hechos en esta peripecia orquestal que vale recordar: hubo “orquestas típicas criollas”, denominación que abarcó, en la Guardia Vieja, al grupo de Greco; hubo orquestas típicas de tal o cual sello grabador —uno, el de la casa Víctor, formada en 1925 al solo efecto de grabaciones para esa compañía—, y hubo una orquesta típica, que en honor a la verdad histórica fue un sexteto, dirigida por una mujer, la primera, Paquita Bernardo. Esta muchacha —no cabe otro modo de añorarla, ya que nació en 1900 y murió en 1925, habiendo formado su agrupación en 1921— dirigió con autoridad y con su fuelle encima de las rodillas, bien cubiertas por unas polleras amplias y largas, a cinco muy prometedores jóvenes: Osvaldo Pugliese en piano, Elvino Vardaro y Andrés Palavecino en violines, Miguel Loduca en flauta y Aruro Bernardo en… batería (¡toda una transgresora!).

    Lamentablemente, esa orquesta nunca grabó y solo se sabe de su calidad sonora por tradición oral que va pasando de generación en generación. En 1923 se presentó en Montevideo con gran repercusión, incluyendo en el repertorio algunos de los pocos tangos que compuso Paquita: Floreal, Cerro divino y La enmascarada.