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    La otra mitad

    Yo, Daniel Blake, Palma de Oro en Cannes

    Fue Paul Laverty, cineasta escocés, quien convenció a Ken Loach de hacer esta película. Laverty es un colaborador habitual del realizador británico. Suyo es el guion de, entre otras, El viento que acaricia el prado, Palma de Oro en Cannes. Y suyo también es el guion de Yo, Daniel Blake, que Loach filmó poco antes de cumplir 80 años y con el que volvió a ganar en Cannes.

    El hombre que le da título al filme es un carpintero viudo de Newcastle que se encuentra en esa etapa de la vida en la que empiezan a manifestarse las fallas técnicas que conducen al ser humano hacia la muerte. Tuvo un infarto. No se murió. Y así empezaron los problemas.

    Porque el médico le dice que va a tener que parar un rato. No puede trabajar por un tiempo considerable. Tiene casi 60, su cabeza y sus manos están bien pero su corazón no está en el mejor estado. Los resultados de una evaluación médica realizada por el Estado no lo habilitan a recibir subsidio por enfermedad. Busca una solución provisoria en el seguro de paro. Y vuelve a rebotar: el sistema exige que los postulantes certifiquen haber pasado al menos más 30 horas semanales buscando trabajo. La paradoja está servida. Dan peregrina por esa zona gris en la que no está lo suficientemente bien para retomar sus actividades laborales ni lo suficientemente mal para recibir los beneficios sociales. Mientras apela los resultados de la evaluación y exige una revisión, sale a repartir su currículum por las calles sabiendo que, debido a su precario estado de salud, no puede ponerse a trabajar. No ahora.

    En los callejones de la burocracia se topa con obstáculos diversos, inesperados, con administrativos monstruosamente insensibles y carentes de cualquier capacidad cercana a la empatía, con respuestas robóticas y cuestionamientos que eluden lo importante. Aunque también con algún ser amable y con buena disposición para con este veterano con cara de niño y pronunciado acento del noreste que dice ser capaz de arreglar cualquier cosa excepto una computadora. Entre la humillación, la impotencia y el temor a no pagar las cuentas, se encuentra con Katie, madre soltera, con dos niños, después de haber vivido en un albergue de Londres. Katie se siente marginada, perdida. Juntos, seres invisibles para la otra mitad, parecen habitar una versión paralela y gris de Newcastle, en la que siempre se ve a alguna persona mayor (apoyada en un bastón o circulando en una silla de ruedas), de casas sin calefacción y niños con zapatos que no soportan un remiendo más.

    Dave Johns es el encargado de dar alma y vida a Dan, haciéndolo cercano y entrañable, un personaje luminoso y complejo. Dan es un vecino generoso, aunque no se deja pasar por arriba, conoce y comparte métodos alternativos y económicos para optimizar la calefacción y no tiene reparos en proferir insultos y amenazas a ese cretino que deja los desechos del perro esparcidos por el patio. Hayley Squires compone una frágil y fuerte y otra vez frágil Katie, que aguanta el hambre y el frío y la vergüenza hasta que ya no aguanta más. Hay una escena con el carpintero levantando el mouse y pasándolo por el monitor de la computadora que dialoga con otro momento, que se presentará luego, en el que Daisy, la hija de Katie, intenta colocar un casete, todavía en su caja, dentro de un minicomponente. Bueno, está bien: la niña quizás no tiene la edad suficiente para conocer la forma como funciona un artefacto del siglo pasado, es bastante lógico y genera una buena oportunidad para ilustrar las diferencias entre generaciones. De todos modos: difícilmente un hombre como Dan, que no estuvo recluido en un refugio nuclear durante las últimas décadas, no haya visto antes —al menos en la televisión— un dispositivo como el mouse, creado pocos años después del casete (aunque su popularidad llegó bastante más tarde). El asunto va más allá del golpe a la verosimilitud de una escena aislada, incluso medio boba. Se nota que es un truco barato, sensiblero, que anula la emoción. No es el único.

    Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake). Reino Unido, 2016. dirección: Ken Loach. Guion: Paul Laverty. Con Dave Johns, Hayley Squires, Briana Shann, Dylan McKiernan. Duración: 100 minutos.

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