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    La patria chueca

    En junio de 1971 cayó bajo el fuego policial Julio Nelson Maciel Rodríguez, un delincuente de 20 años apodado “El Chueco”.

    Fue uno de los tantos criminales que murieron en su ley, como reza el adagio. Pero a diferencia de sus pares, el Chueco Maciel fue rescatado del olvido por ese atento e incansable defensor de causas perdidas llamado Daniel Viglietti.

    Viglietti le cantó a Maciel virtudes propias de un Robin Hood mezclado con San Francisco de Asís y la Madre Teresa de Calcuta.

    Eran los años felices e inocentes de la izquierda protestataria, cuando las guitarras no tenían pausa ni descanso y la pavada festejaba triunfos en cuanto tablado se armaba.

    El Chueco Maciel, decía Viglietti y repetía un alegre coro, no tenía ambiciones propias: todo lo que robaba (aunque la palabra de moda era “confiscaba”) lo repartía entre los suyos.

    En un país netamente carnavalero, la murga La Soberana le dedicó las bacanales de 1972 al Chueco, diciendo “El Chueco luchaba de noche y día / la vida expropiaba y la repartía / el Chueco vivía, el Chueco soñaba / y perdió su vida por lo que anhelaba”.

    ¡Tomá mate!

    Para ponerle más pimienta al menjunje, Pepe Alanís, el ideólogo de la murga en cuestión, completó la poco inspirada oda con este verso de colección: “Hay un adiós al Chueco / que hoy a todos nos hermana / compartiendo un quebranto / dice adiós La Soberana / Parte La Soberana por un camino consciente, / marcha La Soberana hacia un destino ferviente / vamos hacia una patria / defendida hasta la muerte”.

    La letra de la murga insistía en el tema de la ilimitada bondad del pobre muchacho vilmente asesinado por las balas del aparato represor del cruel sistema capitalista.

    Lo cito para que el ridículo no caiga en el olvido: “Chueco Maciel, tu amor por los hermanos / puso un arma en tus brazos decididos / y saliste a buscar por tus hermanos / el pan que se le niega al oprimido / Tu vida fue una lucha incomprendida / tu vida fue un caer y levantarse / tu silencio fue un llanto de la vida / tu paso fue un querer recuperarse / El carnaval hoy se hace un tanto amargo / el cantegril entiende tu mañana / Solidaria en tu paso a paso largo / hoy te canta un adiós La Soberana”.

    Pero el himno al Chueco, que fue un himno a la delincuencia en su peor versión infanto-juvenil, le pertenecía a Viglietti.

    Fue Viglietti quien compuso la historia “de un uruguayo de Tacuarembó” cuya familia había emigrado a los basurales del cantegril montevideano.

    Crecido en la mugre y la miseria, el chiquilín se había alimentado de odio social (“él sabe de rabia, de rabia que apunta y no quiere matar”).

    Por eso, acorralado, obligado por el sistema de opresión capitalista, el pobre pibe “asalta el banco y comparte con el cantegril, como antes el hambre, como antes el hambre, comparte el botín”.

    Sin embargo, como en las comidas, el postre quedó para el final. El que cocinó Viglietti decía así: “Los chuecos se junten bien juntos, bien juntos los pies, y luego caminen buscando la patria, la patria de todos, la patria Maciel, esta patria chueca que no han de torcer, con duras cadenas los pies todos juntos hemos de vencer”.

    Para los sufridos ciudadanos que habitan este violento Uruguay, estos ecos del pasado constituyen vestigios de una pesadilla.

    Para las víctimas de la violencia inaudita que se ha instalado entre nosotros, para los golpeados, para los robados, para los que sufren copamientos, para los heridos, para los asesinados, para todos los familiares, amigos, vecinos y conocidos de todas las muchas víctimas, el himno a un delincuente como el Chueco Maciel suena a cosa incomprensible.

    A cretinada.

    Uruguay está lleno de Chuecos Macieles.

    Uruguay está desbordante de delincuentes que todos los días y en cualquier momento golpean y abren fuego, cosechando víctimas inocentes.

    Esta es “la patria chueca” que tanto añoraba Viglietti.

    Los chuecos han finalmente vencido.

    Ahora, Viglietti y sus seguidores deberían hacerse cargo de su irresponsable apología del delito y dedicarle un retazo de su tiempo a limpiar un poco el basural que tan alegre y despreocupadamente contribuyeron a crear.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor