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En una pantalla, Michael Jordan vuelve a hundir la pelota en el aro. El público enloquece y algunos de sus compañeros, ya sea Scottie Pippen o Bugs Bunny, le celebran una nueva demostración de su inconmensurable talento. En otra, los comediantes Ricky Gervais y Sebastián Wainraich lidian con sus respectivos dilemas existenciales. Lo hacen de una forma melancólica pero entre desgracias e incomodidades esbozan una sonrisa. En otra pantalla, Pepe, Moni y el resto de los Argento siguen debatiendo, a los gritos, sus opiniones sobre la difícil vida de la clase media en Buenos Aires. Tampoco hay que olvidarse de los robots extrabajadores del controversial parque de atracciones Westworld, que hacen de las suyas en alguna ciudad del futuro. Al menos, eso lo indican quienes mantienen el compromiso de seguir sus desventuras distópicas.
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La oferta del entretenimiento audiovisual, on demand y a gusto del consumidor, se mantiene heterogénea. Bajo el panorama pandémico, además, las miradas se concentraron. Netflix domina y suma suscriptores de a millones. HBO sigue buscando el próximo éxito de audiencia que destierre a Game of Thrones. Instagram alimenta su algoritmo con transmisiones en vivo y YouTube se defiende al conservar un archivo de ficciones televisivas populares como la que protagonizó Guillermo Francella, que aún sigue entre las búsquedas recientes de los uruguayos en el servicio de video de Google.
El cine independiente también intenta, en menor medida, captar la atención de los ojos condenados al hogar. Para Catorce, lo último del estadounidense Daniel Sallitt, las posibilidades de la proyección virtual significan, además, la oportunidad de un reencuentro. La película, que tuvo su estreno local en las salas de Cinemateca en enero, estará disponible a partir de este viernes 15 de mayo en el sitio oficial de su distribuidora, Grasshopper Films. En el drama, dos amigas veinteañeras transitan hacia la adultez en Nueva York. Su recorrido hacia ella resulta en una bienvenida dosis de naturalismo para la cuarentena.
Dan Sallitt es un director de una formación atípica, más cercana a los realizadores de la nouvelle vague que a la de una industria compuesta por exestudiantes de cine. El estadounidense de 64 años profesionalizó su cinefilia primero mediante la crítica de cine y luego detrás de cámaras. Comenzó su carrera en la década de 1980 en la publicación Los Angeles Reader y fue gracias a su trabajo en prensa que financió su primera película, Polly Perverse Strikes Again, estrenada en 1986. Durante las tres décadas siguientes, la filmografía de Sallitt se expandió con tres largometrajes: Honeymoon, All the Ship at Sea y The Unspeakable Act, ninguna estrenada en Uruguay. Su obra, que no logró dar un salto comercial exitoso o desprenderse más allá del circuito de los festivales de cine, comenzó a ser clasificada como una respuesta norteamericana al cine sobrio de Éric Rohmer, debido a la fascinación de ambos directores por el comportamiento de las personas y el empleo de la palabra hablada.
Escrita, producida y dirigida por Sallitt, Catorce es su apuesta de mayor renombre hasta la fecha. En 2019 fue seleccionada por el festival de cine de Berlín y desde allí se trasladó directamente hacia el 37° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, donde obtuvo una mención de honor dentro de la competencia de largometrajes extranjeros. La ganadora fue Nuestro tiempo, lo último del mexicano Carlos Reygadas.
Catorce parece incapaz de eludir cierto efecto reiterado que las ficciones más cercanas al realismo están causando en los últimos meses. Y es que la simpleza de su premisa resulta, en contraposición con “la nueva normalidad”, un mundo extraño. Al frente del relato están dos amigas veinteañeras: Mara (Tallie Medel) y Jo (Norma Kuhling). Se conocen desde el liceo y mantienen una relación estrecha mientras viven en Nueva York. Tienen personalidades opuestas. Mara es más introvertida, centrada y en busca de una carrera literaria. Jo es extrovertida, sin filtros y consciente de su belleza natural. Comparten sí un interés por el servicio civil. Mara trabaja como asistente en clases de educación inicial y desea obtener un puesto estable en primaria. Jo trata de mantener su trabajo como asistente social. Las amigas suelen conversar una y otra vez por teléfono, o mientras caminan en la calle o beben en un bar; arman planes en conjunto con sus respectivos intereses amorosos del momento y discuten sobre sus futuros laborales. Comparten cigarrillos, cervezas y hasta un brownie de alguna panadería regia de Brooklyn.
Las postales de la cotidianeidad en la que Mara y Joe habitan rechinan al comienzo. Esa realidad luego se asienta y se establece como un recordatorio de una existencia no tan lejana. Puede que a primera vista el mundo creado por Sallitt se desmorone si se lo contrapone con sus coterráneos más populares del barrio. Mientras que el peso de Woody Allen aún se siente dentro de las historias de amores y amistades en Manhattan y ciudades vecinas, tanto Noah Baumbach como Lena Dunham parecen haber dejado sus marcas más recientes a la hora de retratar las crisis emocionales de los millennials y sus generaciones adherentes. Sin embargo, Sallitt se distingue rápido de ellos cuando introduce su mejor truco: un gran manejo de la elipsis. Si el tiempo es uno de los verdaderos enemigos de las relaciones, en el caso de Catorce también funciona como uno de sus principales motivos. El guion de Sallitt recorre una larga porción en la vida de las dos amigas, de forma llamativa y alternante. Los saltos temporales se introducen de dos maneras: con cambios notorios —un nuevo novio que aparece en escena— o completamente imperceptibles —un corte de pelo en una de las protagonistas—. Mientras tanto, entre las pausas invisibles, Mara y Jo crecen y son dirigidas hacia un inevitable distanciamiento.
Catorce
se apoya también en otros dos elementos esenciales trabajados por Sallitt. El primero, recordando a Rohmer, es la importancia de los diálogos, casi que los encargados de orientar la trama. El segundo es una dirección de actores exitosa. No hay rostros célebres en este elenco, pero sí memorables. Medel, quien sobresale en el drama, se mantiene activa dentro del cine independiente. Kuhling, en tanto, tiene una presencia de estrella más convencional y ya se la puede ver en la serie Chicago Med. La creación de una relación de años entre ambos personajes, un requisito para que la película funcione, se logra con creces. En Jo y Mara hay plena confianza. Hay lugar para cometer errores, hablar con honestidad, explorar recuerdos y crear nuevos.
Con el desarrollo de ambas como adultas, los cambios también empiezan a despuntar en sus entornos. Los cafés y bares con de sillas Tolix de hierro quedan atrás y aparecen hogares con grandes cocinas, espacios que se acomodan a los nuevos retos, que vienen con una pareja estable o incluso un bebé. Sallitt fija la cámara y deja que los movimientos de sus personajes guíen al espectador. Documenta esa evolución en el tiempo como un testigo ausente, alguien que filma desde la penumbra de otro cuarto para plasmar la habitación iluminada. Así puede darse el lujo de ir dejando pequeños guiños visuales que adelantarán el destino de la relación entre Mara y Jo.
Como acompañante de Catorce, Sallitt también difundió un cortometraje que lo acerca al cine latino, de alguna forma. En el sitio Grasshopper se puede ver Caterina, un corto protagonizado por la actriz argentina Agustina Muñoz, más conocida por su papel en Hermia y Helena, de Matías Piñeiro. Muñoz interpreta a una joven de América del Sur que vive en Nueva York y a través de una serie de encuentros empieza a cuestionar su capacidad para originar vínculos emocionales que perduren. Mientras que la conexión entre Mara y Jo parece una cuenta regresiva, Caterina está a merced de una ciudad que le es tan amable como indiferente. Tanto en Caterina como en Catorce, Sallitt manifiesta un gran dominio a la hora de captar lo mejor y lo peor de las relaciones humanas, una necesidad que hoy se ve intervenida por una o múltiples pantallas en donde pululan amigos, colegas y hasta basquetbolistas de los 90.