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Cuando en 1923, un sobrino de don Félix Ortiz de Taranco fue a visitar en Madrid el estudio de Mariano Benlliure, el célebre escultor valenciano, por encargo de su tío le llevó una fotografía de su magnífica “bailaora” en mármol de Carrara, para que el relevantísimo artista viera el marco, el entorno y la compañía de otras obras de arte en que había quedado instalada su magnífica escultura en el palacio Taranco.
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Entregó la foto a quien lo recibió y mientras aguardaba en la salita de espera, se abrió la puerta del despacho. Sorpresiva e inesperadamente salió del mismo, junto al escultor, el rey Alfonso XIII con la fotografía en la mano. “No sabe usted lo oportuno que ha sido”, le dijo el rey. “En estos momentos le estaba preguntando a Mariano, casualmente, qué había sido de su ‘bailaora’”. “Lo felicito por el magnífico entorno artístico y arquitectónico en que su tío ubicó esa estupenda maravilla…”.
Los ignorantes no saben de estética. Por consiguiente, no tienen ni idea de que también el espacio público debe guardar relación armónica con lo que lo rodea. Y para saberlo deberían estudiar historia, arte, arquitectura y urbanismo. Asignaturas que desconocen. Peor aún, las desprecian, creyendo que no merecen respetarse, imponiendo su liviana superficialidad por sobre la cultura y el arte.
De ese modo quedan relegados los recuerdos del histórico Fuerte, donde se fraguaron nuestros primeros pasos como comunidad; la memoria de la Casa de las Comedias —después Teatro San Felipe— en que tuvieron lugar los esparcimientos de aquella sociedad colonial; el prestigioso paisajista francés Édouard André, quien diseñó la plaza y hoy se revuelve en su tumba; el célebre escultor español Coulant Valera autor del monumento a Zabala, fundador de la ciudad; Charles Girault, autor del Petit Palais de París, quien junto a Leon Chifflot diseñó el palacio Taranco; y se avasalla a todo el contenido de sus obras de arte, avergonzando a Ghirlandajo, Ribera, David Théniers, Goya, Sotomayor, Sorolla, Zuloaga, Benlliure, y tantos más que miran incrédulos desde su interior, unos bancos insólitos y otros artefactos que un ignorante colocó en la plaza donde no debieran ir, gastando cincuenta veces más de lo que hubiera costado la restauración de la réplica en tapicería de la Rendición de Breda de Veláquez...