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    La posmodernidad al palo

    Columnista de Búsqueda

    N° 2018 - 02 al 08 de Mayo de 2019

    Por razones personales (haber vivido casi 20 años en España es la más evidente), vengo siguiendo el juicio a los independentistas catalanes acusados de rebelión, sedición y malversación. En su momento el asunto catalán convocó a un montón de justicieros del teclado, que reaccionaron como hoy reaccionan con Venezuela: como si la última jugada de su revolución universal y personal se estuviera jugando precisamente en ese tablero. Pero como ahora están ocupados justamente con Venezuela, calculo que se puede analizar con cierta calma lo que está ocurriendo en ese juicio.

    Al mismo tiempo, con ese material intentaré describir una tendencia, digamos, epistemológica que me parece cada vez más frecuente. A no asustarse con el palabro, después de todo epistemología es, nos recuerda Wikipedia, “la rama de la filosofía que estudia el conocimiento” y que “se ocupa de problemas tales como las circunstancias históricas, psicológicas y sociológicas que llevan a la obtención del conocimiento, y los criterios por los cuales se lo justifica o invalida, así como la definición clara y precisa de los conceptos epistémicos más usuales, tales como verdad, objetividad, realidad o justificación”. Vamos a los bifes entonces.

    Vengo siguiendo ese juicio sobre todo a través de la excelente cobertura que el periodista inglés Matthew Bennett hace en Twitter. Bennett ha asistido a todas las sesiones del tribunal y vive en España desde hace 20 años. En sus larguísimos y superbien escritos hilos de tuits (que a veces alcanzan los 70 u 80) el periodista inglés hace una relatoría fáctica precisa, dejando al lector la tarea de decidir qué piensa sobre esto o lo otro. Es decir, no editorializa. Lo que sí hace Bennett, cada vez que lo cree necesario, es aportar contexto enlazando algún otro tuit suyo previo en donde se aportan elementos que ayudan a comprender mejor la respuesta de tal o cual testigo. En ocasiones, en esos enlaces Bennett muestra videos o documentos que, de manera flagrante, contradicen la declaración de ese testigo.

    Y es así que, leyendo su trabajo, he podido constatar que el relativismo cultural se ha metido tan profundo en la cabeza de algunos, que creen que su opinión política (la independencia de Cataluña es un asunto político) tiene el mismo valor que los hechos y que la ley. Es decir, que si ellos creían que tal cosa era A, no importa que los hechos sean B y que la ley prohíba A, ya que todo es opinión y los hechos objetivos no existen o no resultan accesibles. Por ejemplo, que al ser preguntado un testigo de la defensa sobre si sabía que el referéndum de octubre de 2017 era ilegal, el testigo diga no estar seguro. Dada la absoluta cobertura mediática que tuvo ese evento a lo largo del tiempo, en todos los medios masivos existentes, la única posibilidad de que el testigo no supiera nada al respecto es que hubiera estado encerrado en una cueva sin comunicación con el exterior durante varios años. Es decir, o bien el testigo miente o bien cree que los hechos objetivos no existen o no importan.

    O que un testigo declare que él no vio violencia de parte de los ciudadanos, solo de parte de la policía. Y que luego en un video se pueda ver a ese testigo arrojando vallas metálicas a la policía justo antes de ser detenido. Es decir, los hechos ya no existen y por eso esa gente miente en un tribunal, en la convicción de que todo es un intercambio llano de puntos de vista subjetivos. Y que su ideología se encuentra en el mismo plano que los hechos, que pueden ser contradichos y anulados por cualquier opinión. En resumen, que lo que arrancó allá a finales de los sesenta como una buena idea epistemológica (dudar de la omnipotencia del positivismo) a nivel de la academia, se ha convertido en una mermelada peligrosa cuando llega a la calle. La versión for dummies del relativismo científico ha servido para que los dummies sean más dummies. Y para complicarnos la vida al resto.

    En su famoso libro (famoso en mi facultad por lo menos) Contra el método, el filósofo de la ciencia Paul Feyerabend atacaba los fundamentos epistemológicos de la ciencia como saber “superior” frente a otras formas de saber. Como buen provocador, Feyerabend planteaba que en las escuelas se debería estudiar magia negra como se estudia ciencia, ya que en ambos casos se trata de formas del saber empapadas de una ideología que las justifica y que en ningún caso han demostrado ser mejores que otras. De allí su famoso “todo vale” como herramienta metodológica. Muchos años más tarde, en una autobiografía escrita ya con un pie del otro lado, Feyerabend reconocía que había escrito su libro en clave de polémica irónica con su amigo, el también filósofo de la ciencia Imre Lakatos. Y que el temprano fallecimiento de Lakatos había dejado desbalanceado el asunto, al quedar sin respuesta su diatriba.

    No es alocado conectar este gesto irónico, que tenía sentido en ámbitos académicos, un gesto de sana precaución metodológica ante los excesos del positivismo científico que entonces dominaba las universidades, con ese relativismo low cost del presente que dice que “todo vale” y que los hechos tienen el mismo valor que las opiniones porque, en esencia, se niega que los hechos tengan valor alguno. No es alocado que unos señores acusados y los testigos que llama su defensa, crean que los hechos pueden ser leídos en cualquier dirección ideológica porque opinión y hecho son asuntos construidos con la misma clase de material. Suena loco, sobre todo en la perspectiva de que decir que un autobús nos puede pisar y matar no equivale a que el autobús nos pise y nos mate. Pero la posmodernidad es bastante así y bastante posmoderna fue la intentona de golpe de Estado por la que esos señores están siendo juzgados.

    El relativismo no es, en principio, una mala herramienta contra los autoritarismos. Incluidos los autoritarismos tecnocráticos a los que cierta versión de la ciencia es bastante proclive. El problema es que cuando el “todo vale” zumbón de Feyerabend se instala como una convicción dogmática en la cabeza de cualquier vecino, pierde su carácter irónico y cultivado y se erige como un nuevo autoritarismo, peor incluso que aquellos que intentaba matizar en la academia. El “todo vale” dogmático en que estamos instalados es uno que en vez de intentar matizar los excesos, se construye él mismo como uno. Como el máximo exceso, digamos.

    Ese “todo vale” low cost, que empapa todo el caso catalán, implica renunciar a la posibilidad de construir consensos sociales basados en los hechos, en la evidencia. El espacio común desaparece y todo lo que queda en su lugar es un campo de juego hecho pedazos en donde cada uno juega de acuerdo a sus propias reglas ideológicas, sin que le importe un pito el juego y las reglas con que juegan los otros. En la academia, para los filósofos europeos aburridos y con ganas de sacarles los colores a sus compinches de joda universitaria, era una gran idea. Como tantas otras veces, cuando la gran idea sale de la cápsula y baja a la calle, sus consecuencias para la vida en común pueden ser desastrosas.

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