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    La precaria estabilidad del arte

    ArteBA, la feria más grande de América Latina

    “Con el dólar no”. La frase, estampada en la tapa de la revista “Barcelona”, cuelga en todos los quioscos del centro de Buenos Aires. Tiene el humor y la eficacia justas para definir el momento que viven los argentinos. Los porteños ya están en clima de desconfianza. En el microcentro se escuchan discusiones de otra época, acaloradas, apasionadas. “Pasa que estos delincuentes están mandando los perros”, aclara el empleado de un cambio. Literalmente, los inspectores de la AFIP (DGI argentina) llegan con los famosos canes para olfatear billetes verdes. En la puerta de las Galerías Pacífico, en plena calle Florida, un cambista aprovecha para despotricar contra todo lo que se le cruce. “Estamos cada vez peor”, dice, y ofrece cambio a 5,50 cuando el oficial está a 4,80.

    De espaldas al edificio, el hombre no tiene idea de que ahí dentro cuelga una de las construcciones artísticas más importantes de los últimos tiempos. Se trata de un enorme móvil transparente realizado por el artista argentino Julio Le Parc (1928), mendocino que un día llegó a Buenos Aires con 14 años, se hizo artista y partió a París en los años sesenta para convertirse en uno de los creadores más importantes del mundo. La historia viene a cuento porque entre el 17 y el 22 de mayo, en la Rural de Buenos Aires, se realizó la edición número 21 de ArteBA, la feria de arte más grande de América Latina.

    Le Parc y D’Arienzo, dos de los grandes argentinos de esta edición

    En un galpón gigante de 18.000 metros cuadrados, ArteBa reunió 89 galerías de arte, coleccionistas, marchands, curadores y miles de artistas locales y de varias partes del mundo. Se calcula que la visitaron 200.000 personas. La estrella de ese lugar es, precisamente, Le Parc, un renovador, maestro del arte cinético, constructor de obras espaciales, lúdicas y desafiantes. Ser la estrella significa, por ejemplo que una obra suya de móviles rojos (“Sphere Rouge Nº. 1”), similar a la de Galerías Pacífico pero más chica, cueste 220.000 dólares.

    Efectivamente, es bellísima, de incalculable valor artístico. Pero el asunto de ArteBa no es solo el festín de los sentidos. Es, también, el curioso “cambalache” social y económico en el que se encuentra la Argentina. El límite difuso entre realidad y creación se hace evidente entre las obras. Se nota en las propuestas, tal vez más modestas que otros años, en el despliegue de invitados, en el público que llena sus instalaciones y “habla mucho y gasta poco”, como confirma a Búsqueda un tradicional galerista porteño. A pocos pasos de la obra de Le Parc, otro móvil del mismo autor se cotiza en euros. En un stand cercano, una galería ofrece obras en pesos argentinos, lindísimas litografías originales firmadas por sus autores. A dos mil cada una, es de lo más barato que puede conseguir un visitante que quiere gastar poco. La misma galería, la prestigiosa Praxis, tiene una obra de nuestro Ignacio Iturria (“Pequeña Lulú”) valuada en nada menos que 60.000 dólares.

    Furia, violencia, trauma.

    De un afiche setentoso que dice “Furia” o “Violencia”, con el que un artista empapelaba la ciudad para difundir su obra, hasta un carrito de supermercado apoyado sobre una montaña de tierra o un pequeño gorila (King Kong en persona) construido con plantas de marihuana : como siempre, lo nuevo se despliega en rarezas y en juegos (un artista permite conducir un autito de madera sobre una pista atormentada por líneas que no conducen a ningún lado), y en muñecos y videos descabellados. Como el que registra el molesto recorrido de una mosca o el partido de fútbol entre dos grupos de artistas que termina en trifulca.

    Aparte, hay performances, como el Splatter Morfogenético/Arlt Maschine, que ofrece su “Museo Postraumático” con retazos de dibujos, objetos desparramados, videos y un busto gigante del escritor Roberto Arlt. Sus responsables, Silvina Aguirre, Laura Bilbao, Roberto Conlazo y Lux Lindner, también ponen una camiseta de San Lorenzo, aluden al actor Viggo Mortensen y desparraman hojas donde se preguntan: “¿Cuánto fútbol es demasiado fútbol?”. Esa tarde, San Lorenzo perdía un partido imposible que lo dejaba en peligro de descenso. Un grande, en esas circunstancias, merecía una performance como esta, que ganó el premio ArteBa-Petrobras de Artes Visuales 2012.

    Realidades atormentadas.

    La imagen del carrito es, quizás, la más cercana a la reiterada discusión sobre el arte contemporáneo. A fin de cuentas, uno se enfrenta todo el tiempo a carros de supermercado en situaciones insólitas. Solo falta la voluntad de un artista para convertirlos en arte, la construcción mental o física, el cruce imposible de contextos, la exacta posición de todo para que la imagen novedosa logre abrir las puertas de la sensibilidad, entre otras cuestiones más complejas. De todas formas, ese carrito con tierra (nada más que eso), esas puertas de autos retorcidas y colgadas en la pared de otro stand, como si de obras de arte se tratara, en algo resultan bellas, groseramente bellas.

    En cierta forma, el de­satino de un dólar inestable, de un mercado atropellado y que de un día para otro puede destruir la vida de millones de personas, está encerrado en la imagen devastadora del carrito atascado en la montañita de tierra. O en la acción del artista brasileño que pasa la tarde acomodando una campana sobre una barra de hielo, una campana antigua de bronce que encierra la imagen de la patria, lo inamovible, la fuerza de la historia, la indestructible fortaleza de una sociedad que se construye en el tiempo, que se forja en ideales y en valores eternos. Aunque después el hielo se derrite y la campana cae, golpea sobre el piso y suena. Un campanazo seco, duro, que no llama a nada, que da por tierra con toda la gloria, el honor y el orgullo de la nación. Sobre tan frágiles cimientos parece sostenerse la historia, la sociedad, el futuro. Pero claro: la pregunta sigue en pie, sepa o no el espectador la intención del artista.

    De todas maneras, son escenas cautivantes. La del carrito además, adquiere otro valor si uno sabe que en los supermercados argentinos venden solamente un quilo de yerba por persona. Es que hay conflicto con los yerbateros.

    Uruguayos campeones.

    Lejos del murmullo mediático pero en el centro del mejor arte moderno, están las galerías Sur y Del Paseo, representantes del alto nivel del arte uruguayo. Este año, en Sur figuran Eduardo Cardozo y Marcelo Legrand junto a los maestros de siempre: Pedro Figari, Joaquín Torres García, pinturas y esculturas de José Gurvich, entre otras marcas registradas. Una escultura de Pablo Atchugarry llama la atención. Se impone en mitad del amplio stand, uno de los más espaciosos de la feria. A pocos metros, Galería Del Paseo luce las obras de Ernesto Vila, Marco Maggi, Ana Tiscornia y Victor Lema Riqué. También allí, dos esculturas marcan la diferencia. Son obras del uruguayo Daniel Escardó. Brillan por sus líneas, por los detalles de su construcción, por la presencia sugerente de su elevación en forma de obeliscos articulados.

    Salvo los maestros o la obra de Atchugarry (cuesta más de cien mil dólares), la mayoría de los artistas nacionales oscila entre diez y cuarenta mil dólares. Conflictivo, delirante, cargado de pintura o en finísimas líneas negras, con grandes blancos o fuertes pinceladas coloridas que cubren toda la superficie, con luces o muchas sombras, con ternura o desgarradores conflictos, el artista parece darse cuenta de que no hay neones, libros recortados o colgajos “penetrables” que igualen la imagen poderosa de una pintura, un dibujo o una fotografía, los protagonistas centrales de esta feria.

    Que lo digan, si no, artistas como Rómulo Macció (1931), Antonio Seguí (1934), Luis F. Benedit (1937-2011) o Eduardo Stupía (1951), por nombrar a algunos de los argentinos más destacados y removedores de ArteBA 2012. O el eterno Clorindo Testa (1923), con un cuadro en el que apenas unas líneas de colores suaves permiten imaginar el inestable equilibrio de una ciudad. Como la campana sobre el hielo pero permanente, para que uno lo disfrute hasta derretirse.

    Por ahí va el arte.