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El protagonista se llama Emi (por Emiliano) y padece de un retardo mental. Tiene 33 años, vive con su madre y limpia parabrisas de los autos en los cruces, lo que le lleva exactamente 23 segundos. Como tiene encontronazos con otros limpiavidrios de cruces importantes, termina por asentarse en un lugar muy poco transitado, pero ya se sabe que no es el dinero lo que hace que esté allí sino la sensación de sentirse útil. Porque Emi (Hugo Piccinini) tiene algunas habilidades (sabe armar autos de juguete y tiene una colección importante) y también tiene corazón. Cuando una muchacha (Stefanie Neukirch) es asaltada en el cruce y herida de un balazo, él se desespera por ayudarla pero no sabe muy bien cómo. Resuelve llevarla a su casa y guardársela para él. Es como un niño: me gusta y me la quedo.
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La historia transita también por lugares más complejos. El barrio de Emi, alguna vecina entrometida pero solidaria, los amigos del taller mecánico que se nota que lo quieren, su propia madre (Susana Groisman) que está enferma y debe cargar con la responsabilidad de ese hijo que nunca crecerá. Pero las cosas no suceden como Emi quisiera que fueran. De acuerdo a la muy buena composición de Piccinini, su obsesión con la muchacha parece peligrosa (llega incluso a actitudes reprobables), pero no pasa de un capricho infantil que de alguna manera encontrará una solución inesperada. Lo que importa es el proceso de esas horas, no más de un par de días, en que Emi se enamora y cree en la posibilidad de ser correspondido, absurda idea que su mente es incapaz de descartar.
La película está bien llevada por el director ucraniano (aunque estudió cine en Uruguay) Dimitry Rudakov. Tiene un libreto bien trabajado y personajes sólidos, no únicamente en Piccinini sino en la dolorida máscara de Susana Groisman y en la naturalidad con que el resto del elenco dice sus diálogos, lo que ayuda a que las situaciones fluyan sin que la acción decaiga ni el asunto pierda interés. Todo ello contribuye a la solidez de un filme que parece muy uruguayo, aunque sin los habituales tonos grises y depresivos. Bien por él, aunque podría haber prescindido del relato en off que obliga a que todo obedezca a la personal visión del protagonista pero se muestran en cambio escenas donde él no está presente (una charla entre la madre y el padre, por ejemplo). Son descuentos que no desmerecen el resultado final, que es estimulante y valioso.