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    La realidad reconstruida

    “El Bella Vista”

    Este es un caso raro de cine documental, y más raro aún por tratarse de un filme uruguayo. Va a una ciudad del interior (Durazno) y busca narrar la peripecia de un club de fútbol de la localidad, el Bella Vista, que un día dejó de funcionar y en el local abandonado se instaló un prostíbulo de travestis. Las quejas de los vecinos y la intermediación de un lugareño con pasta de caudillo, que se autoelige como presidente del club y hace firmar a otros vecinos una petición de desalojo, termina por expulsar a los travestis y convertir el local en una especie de santuario religioso donde los niños de la parroquia toman clases de catequesis.

    Esa historia le llegó a la salteña Alicia Cano (29 años, debutante en el largo) y durante un año estuvo dando vueltas por el lugar pensando cómo encarar la película. Se rodeó de varios nombres talentosos del cine nacional (el fotógrafo Arauco Hernández, el sonidista Daniel Yafalián, el montajista Fernando Epstein, el veterano Mario Jacob en la producción ejecutiva) y capitales alemanes para elaborar un proyecto que tratara de evadir las reglas habituales del documental (gente hablando frente a la cámara, una narración desde la banda sonora) y hacer algo original, verdaderamente creativo.

    El resultado no deja de ser llamativo, porque Cano logró que los mismos protagonistas de la historia reconstruyeran personalmente los hechos, “actuando” sus personajes con naturalidad y escaso artificio. Por supuesto que los años han pasado (no se especifica cuándo ocurrió todo lo que se narra, pero no fue recientemente) y la gente no tiene la edad que tenía entonces, pero eso se soluciona entrando en el juego, sabiendo que quienes actúan se representan a sí mismos y que la realidad está reconstruida con la fidelidad que ellos mismos exigen para contar sus propias historias.

    Hay entonces un toque auténtico, por momentos entrañable, en esos personajes que, salvo el “caudillo” Alcides Lerena, no son habituales en las películas de este ni de ningún país. Ellas son Agustina Agüero y Fabiana Dinardi, la primera una trabajadora del burdel y la segunda una madre que ha encaminado su vida adoptando un hijo, teniendo una pareja estable y viviendo una vida normal. Todo lo normal que la sociedad pueblerina permita a un travesti que como tal es segregado y estigmatizado por la comunidad. El caso de Agustina es peor, porque no ha podido zafar de la prostitución y ahora tiene que hacer la calle.

    El Bella Vista comienza con un partido de fútbol entre veteranos, antes de introducirse en la peculiar historia de ese local, regenteado por Eliza Di Pasqua y frecuentado por muchos hombres que no han tenido problema en salir ante cámaras como clientes del lugar salvo uno: Federico, un chico del cual Agustina se enamora, está interpretado por un actor. En medio de esas noches de bailongo y alcohol, como suele ocurrir en cualquier quilombo de pueblo, se ve la cruzada de “Patón” Lerena (que no es actor pero podría serlo, dada su soltura) para desalojar el lugar y devolverlo a sus dueños. Su historia, a pesar de su declarada homofobia, tiene también sus momentos de emotividad cuando narra ante la cámara, con voz quebrada, una tragedia familiar.

    En suma, la película vale como narración de un colorido trozo de vida del interior, con personajes marginados pero con sus ilusiones a cuestas, todos creíbles a pesar del artificio de estar representando una realidad pasada sin afeites ni concesiones. No deja de pertenecer al género documental a pesar de no registrar los hechos en tiempo real sino recurriendo a un esquema novedoso pero muy válido, debido a la calidad de la dirección y a la sensibilidad para enfocar un tema tan especial que puede incluso no recibir la comprensión de parte del público. La película no opina ni juzga, se limita a mostrar algo que ocurrió y que merece ser contado. Y lo hace muy bien.

    “El Bella Vista”. Uruguay/Alemania, 2013. Escrita y dirigida por Alicia Cano. Duración: 73 minutos.