N° 1824 - 16 al 22 de Julio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa demostración palmaria de que la política no tiene amistad con el amor es la suerte que la política eligió depararle a Ana de Austria, hija de Felipe III de España y de Margarita de Austria. Pocas veces los perversos juegos del poder operaron de manera tan ruin sobre la vida de personas inocentes como en el caso de esta niña que a la tempranísima edad de once años, en 1611, es oficialmente convertida en novia del hijo de Enrique IV de Francia.
Ese Luis XIII que se casa a los catorce años es obligado no solamente a llevar sobre sí la sacralidad del matrimonio, sino a consumarlo la misma noche de la ceremonia, so pena de enfrentarse a las crueles admoniciones de una madre ambiciosa, frívola y resentida, María de Médici, para quien el poder lo es todo y las personas y el amor no lo son nada. Insignificante le parecía a esta sensual tejedora de intrigas —cuyas caderas todavía desvelaban a algunos cortesanos— la vida y la felicidad de su hijo; para ella todo lo que contaba en su salvaje determinación era la posibilidad de establecer la imposible unión de las dos potencias de la época, Francia y España. Lo que no incluyó en sus cálculos la maliciosa regente es que esa noche fatal sería la última intimidad que el joven matrimonio mantendría durante unos cuantos años.
El fin justifica los medios, se piensa casi siempre en los peldaños superiores del poder. María de Médici entendía con buen criterio que en el marco de las tensiones religiosas planteadas en la Europa continental, sobre todo en Alemania, donde los protestantes desataron una campaña de saqueos y de persecuciones, era necesario consolidar una indisoluble alianza con España y conjurar de algún modo las amenazas interiores (el contagioso crecimiento de los elementos hugonotes en vastas zonas del país), y por otro lado desequilibrar posibles entendimientos de Inglaterra en los conflictos que estaban en ciernes. Si para ello debía violentar y frustrar a su hijo y a la infanta no dudaría en extremar esfuerzos e inquinas y en aplicar celadas de distinto tipo para que de ese lecho desierto naciera un hijo capaz de calmar sus desvelos geopolíticos.
Los astros, sin embargo, le fueron esquivos. Al imberbe Luis XIII le producía molestia la compañía de la coqueta española y no así la cercanía insinuante y peligrosa de amistades masculinas que fueron medrando en torno suyo y de a poco colonizaron no solo de tanto en tanto su dormitorio, sino también algunas parcelas de poder en un esquema donde la conspiración, la deslealtad y las oscuras pasiones se articularon para producir intranquilidad y desquicio en la administración de la regencia. La corte miraba con rechazo a la inocente Ana, cuyo único defecto, pese a su belleza, había sido hasta entonces no despertar los deseos del Rey. Añádase a esto la lucidez de Richelieu —cercano y lejano de la regente, según cuadrara—, para quien España, lejos de ser una aliada interesante, constituía un peligro: creía el cardenal que los Absburgo eran, aun siendo católicos, los verdaderos enemigos de Francia; no los protestantes de Alemania.
Ana sintió sobre su graciosa persona todos estos desdenes. Es una ley que cuando las personas se ven impedidas en seguir el recto camino trazado por sus ilusiones o sus planes, se desvían a las antípodas con el solo propósito de afirmar por contraste una identidad que ven cuestionada. Por eso la despreciada reina salió a buscar refugios con cierta desesperación; por ejemplo, se fijó en el enérgico embajador inglés, Buckingham, de alevosa gestión en los asuntos franceses, al que le entregó algunas caricias, se dejó robar unos cuantos besos y hasta parece que tuvo la imprudencia de ceder a sus apasionados ruegos. No conforme con ello, encontró aliados en la corte capaces de asociarse en conspiraciones contra la legitimidad del Rey, es decir, parte del grupo de nobles de inspiración feudal que se estaban armando como forma de resistir el establecimiento y la consolidación del carácter absoluto y nacional de la monarquía.
Aun así, hay que decir que a la joven señora la estaba esperando una noche memorable; noche de tormenta en la que el Rey milagrosamente entró en su lecho y dio cuenta de ella como el caballero que nunca supo ser; de ese encuentro quedó embarazada y al poco tiempo, como para demostrar que ninguna batalla se pierde del todo o se gana del todo, volvió a tener un hijo. Nunca, sin embargo, recuperaría la confianza del esposo, según queda establecido en ese excelente Dictionnaire du Grand Siècle, que dirigió François Bluche (Fayard, 2009) y que tanta informada luz pone sobre el período y sus principales protagonistas.
Luis XIII murió en mayo de 1643. El cardenal Mazzarino, quien heredó a Richelieu en el cargo, muerto poco antes, se haría cargo de la formación del joven Luis XIV, y se dice que también llevaría sobre sus hombros dar tranquilidad, consuelo y hasta compañía nocturna a la buena Ana de Austria.