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    La rueda azarosa de la vida

    Luis Felipe Noé en Fundación Unión

    Un ruido llega del fondo de la sala. Es suave, continuo, monótono. Parece el ruido de una máquina que vuelve una y otra vez sobre su movimiento, frío, machacoso. La amplitud del lugar lo expande casi apagado, apenas perceptible, pero el ruido logra desplazarse lo suficiente como para despertar la curiosidad. Hay que llegar hasta una salita más chica para enfrentarse al aparato. Una estructura colgada en la pared que da vueltas y vueltas. Es plana, circular, no muy grande, menos de un metro de diámetro. Es un cuadro. O algo parecido. Tiene color, mucho color, innumerables pinceladas de colores fuertes, cálidos amarillos, rojos, naranjas, verdes. Son pinceladas finas, por momentos lineales, que siguen la línea circular de la tela aunque no la respetan. Las líneas se escapan, se ablandan, se mueven. Como un remolino de pintura, como si uno revolviera el tacho con cientos de colores sin mezclarse del todo. Es una sensación aportada por el movimiento, pero también por el trazo fijo y ondulante, ya establecido por el autor. La obra se titula Las vueltas de la vida (2008) y es del artista argentino Luis Felipe Noé (1933, Buenos Aires), ya viejo pero en plena forma y actitud. Es uno de los grandes referentes del arte argentino contemporáneo, representante del mítico grupo Otra Figuración (1961 al 65), junto a Ricardo Deira, Rómulo Macció y Jorge de la Vega.

    Noé es un artista magistral, pero además un pensador, un analista, un visionario. Registró desde su inicio el acercamiento a la teoría del caos como principio creador, como fin del arte, como proceso. Pero caos entendido como un nuevo orden. Caos desde la práctica en su taller hasta la búsqueda de interminables secuencias pictóricas, imágenes plenas de movimiento y dinámica, caos que encierra la continua posibilidad de ser. Como la de este cuadro circular que da vueltas y vueltas, que hipnotiza con esa imagen cargada de líneas coloridas, como rutas o caminos vistos desde una distancia extrema. Hay mucho de caótico en esas líneas que pasan una y otra vez pero nunca pasan igual, como nunca es igual la mirada del espectador. El título habla del humor, de la mirada sensible e irónica a la vez, otra condición fundamental de la actitud creadora de Noé.

    No es el mundo que da vueltas; es la vida y sus infinitas posibilidades de ser otra cosa, de modificarse a cada segundo por un rasgo imprevisible. Es el caos que no es el desorden puro indomable. Es el caos que aporta otro orden, que empuja y abre otras posibilidades de vida, de decisiones, de contexto, de escenario. Allí está el artista con su mirada penetrante frente al espectador. En el centro del cuadro o de la rueda, aparecen dos ojos que taladran. Esos ojos, claramente definidos, ese pequeño dato de una presencia que fulmina o interroga determina aún más la sensación de infinito, de universos dinámicos que envuelve la percepción del espectador. Es como esas ruedas de la fortuna llenas de números y que el participante da vueltas. El movimiento transforma la imagen, la desdibuja, la convierte en otra cosa. Hasta que para y da un resultado.

    El azar manda. Acá no hay azar, hay ojos fijos, de presencia misteriosa, como la mirada de un dios que determina que ese azar es la vida, ese aparente caos es la propia y fascinante manera de estar en el mundo. Lo más interesante es que el supuesto cuadro es también creado por ese movimiento interminable, marcado por el compás de una maquinita que mueve la tela y los colores.

    Hay algo fundamental que se repite en la obra de este artista, por más datos, padre del notable cineasta franco-argentino Gaspar Noé (Irreversible, Solo contra todos, Enter The Void), revulsivo, explícito, polémico. El artista encuentra la forma de detener el movimiento. O mejor, de acercarse al punto en que la imagen estática y el movimiento se encuentran, si es que eso es posible. Basta mirar el resto de la exposición para percibir esa sensación, ese momento mágico en el que todo puede desatarse en un movimiento imparable, en un aparente caos desprendido de todo orden.

    En la gran sala hay varios cuadros de gran tamaño. Todos en movimiento, en líneas paralelas sinuosas, en fugas, arremolinadas. Hay tremendas ráfagas de pinturas que golpean y envuelven el ánimo del visitante. Ráfagas en rojo, azul, en planos más o menos potentes, amplios y lisos o en pinceladas continuas que atraviesan las telas. Hay muchísimas en líneas, paralelas y entreveradas, amontonadas, en dibujos o formas pequeñas pero cargadas, multiplicadas, en desplazamiento. En casi todas hay rostros apenas delineados o miradas incrustadas en mitad del movimiento perpetuo. Es la forma de parar un instante, para mirar al otro, para detener si es posible la avalancha de sensaciones y emociones. Desde lo racional, es relativamente fácil hablar del punto de encuentro entre el movimiento y lo estático. En cierta forma, toda obra de arte busca ese instante que está más allá de la percepción pura y simple.

    Toda obra contiene el desarrollo espacio-tiempo y se detiene en un momento de su fijación, que se vuelve novedosa, imagen de un nuevo orden, de un nuevo caos. Pero en Noé todo es al mismo tiempo, la tela se mueve, los trazos empujan y empujan, generan un ruido imposible de detener, salvo porque en ese momento de mayor dinámica inspiradora surge un rostro, o una mirada o el simple movimiento detenido en su propia fuerza. Es un logro privilegiado. ¿Qué hago yo aquí? se titula un cuadro magnífico, genialmente construido. Surge un rostro y la pregunta perturbada. El rostro es dulce, suave, femenino, entre la línea definida y la pincelada arrastrada que se funde en un agolpado de pequeñísimas figuras. Entre la figuración y la abstracción no hay fronteras. Es lo mismo, como entre el movimiento y su detención, como entre el humor y la metafísica. Es el caos que ordena. En la mano poderosa de un gran artista.

    Noé, siglo XXI. En Fundación Unión, Plaza Independencia 737. De lunes a viernes de 11 a 19 horas. Hasta el 16 de octubre.