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    La situación cubana

    Sr. Director:

    Desde luego: de Cuba, mejor ni hablar. Aunque fue muy bueno describir en 157 páginas la horrorosa dimensión de esa tragedia humana. Pero… ¿solo de Cuba con su insignificancia demográfica? Seguramente no. Algo similar pero dedicado a la URSS, con la misma erudición y grado de detalle, te llevaría una colección de 10 o 12 tomos y si quisieras redireccionar tu idea y tu investigación hacia el comunismo chino, se llenaría una biblioteca. Porque las UMAP (pág. 39) fueron la versión caribeña del GULAG, cuya mano de obra (también esclava y en promedio de unos 2,5 millones de trabajadores) cimentó el desarrollo industrial de la era estalinista. Porque la “libreta de abastecimientos” y el hambre consiguiente (pág. 15) cubana no admite comparación con las dimensiones del Holodomor soviético, ni con las hambrunas de la colectivización maoísta del Gran Salto Adelante, en donde perecieron por inanición masas de seres humanos equivalentes a varias Cubas. Porque el autismo moral (expresión impagable de C.A. Montaner) de Fidel, si bien es el mismo que el de Stalin, el de Mao, el de Kim Il-Sung y su dinastía, o el de Pol Pot y el de tantos otros, su aplicación a más de mil millones de personas hace de la tragedia humana del socialismo real algo cuantitativamente inconmensurable. Porque alcanzo a inferir que la sala de torturas cubana (págs. 96 y siguientes) es un parque de diversiones si se la compara con la “Checa” del Himmler soviético, como le decía Stalin a Beria y a los sádicos procedimientos de los Guardias Rojos chinos durante al Revolución Cultural de Mao, aplicados a cientos de miles. Porque en realidad lo de “mejor ni hablar”, la izquierda no debería aplicarlo a Cuba, sino en general a todo experimento socialista desde el Falansterio de 1820 hasta nuestros días. Algo de esto también se alude en tu libro, pero como la temática central es Cuba, pasa un poco desapercibido. Pero igualmente queda claro tu rechazo a la URSS (pág. 6), a la Rumania de los Ceausescu (pág. 7), a la Alemania Occidental de la Stasi (pág. 18), a la represión soviética en Hungría y en Checoslovaquia (pág. 11) y la persistencia del comunismo impuesto a la fuerza en ambos países y a toda Europa del Este (pág. 17). Va de suyo que igual condena te merecen otros procesos socialistas como el chino, el coreano, el camboyano, etc.

    En ese orden de ideas, no se entiende eso de que “no hubo, no hay, ni habrá socialismo en la isla” (pág. 121). Todo tu libro es una minuciosa descripción de la aplicación del socialismo real en Cuba y de sus nefastas consecuencias. Por otro lado: “El socialismo real era una patraña inventada por la propaganda comunista…”. (pág. 18) Da la impresión de que hay dos Liscano: uno que tomó conciencia de lo que ha sido la aplicación práctica del socialismo en Cuba y en todo lugar donde se llevó a cabo el intento y otro que sigue creyendo en una deidad mitológica, teórica, imaginativa, hermoso y alocado delirio que anidó en mentes afiebradas. El “experimento socialista” fue una tragedia humana que al haber afectado una demografía propia del siglo XX (varias veces mayor que la de cualquier otra época histórica anterior) resultó de dimensiones desconocidas hasta entonces por las civilizaciones. Tampoco queda claro eso de que la lucha “siendo optimistas haya servido para mejorar un poco el capitalismo haciéndolo menos… explotador”. (pág. 120) En algún lugar del libro advertís que no sabés de economía y se nota. Tu concepto de explotación no es económico, es romántico. Ves que el obrero en los países del capitalismo desarrollado superó ampliamente la mera subsistencia que según preveía Marx sería para siempre el nivel de su mísera retribución y pensás que eso es “menos explotación”. Lo que el desarrollo capitalista pone de manifiesto es que el adelanto tecnológico y la tasa de capitalización de las empresas mejoran progresivamente la productividad del obrero y su salario real. Poco y nada tiene que ver la izquierda en este proceso. Si fuera por sindicatos e izquierdas, Uruguay tendría el mejor salario medio del mundo. Para aceptar el concepto económico de explotación hay que asumir como cierta la teoría objetiva del valor (hoy absolutamente desacreditada en el mundo académico) y la apropiación del excedente económico (plusvalía) por parte de la burguesía, algo que se verificaría tanto con la máquina a vapor como con los robots de la era digital. Si el socialismo pretendió eliminar la plusvalía (aceptemos como hipótesis que existiera) y al hacerlo colapsó, entonces la plusvalía (aunque no lleve ese nombre en la realidad) no es una “apropiación” sino la necesaria retribución al factor capital, sin la cual no hay proceso productivo posible. No hay tal “explotación”.

    Sí queda clara tu toma de conciencia. Salvando las distancias (yo no soy ni historiador ni dramaturgo), mi evolución fue análoga. La aprehensión sobre ciertos métodos comunistas (1985 pág. 19); el bienio 1986-1987, donde empezamos a percibir que el socialismo se derrumbaba (estancamiento económico de más de una década) y lo que fue peor: la transparencia de Gorbachov, que dejaba a la intemperie llagas de imposible justificación. Como corolario de ese proceso, no pudimos menos que ver con alegría hacia fines de 1989, al muro del oprobio en escombros. A los más porfiados, la historia les reservó los sucesos de 1991 que marcaron el final del experimento leninista. En paralelo, el PC chino tomaba distancia de la colectivización y combatía la pobreza extrema con capitalismo. Aprovechando eso que la economía clásica definió como “acumulación originaria de capital” y que Marx describe como la separación del trabajador de sus medios de producción (una tarea que en China no fue protagonizada por la nobleza ni por la burguesía ascendente sino por el propio Mao), Deng Xiaoping comenzó a abandonar el delirio comunista. Y evitando extenderme en esto, dejemos constancia al menos de que Deng también emuló al capitalismo manchesteriano de las últimas décadas del XVIII y primeras del XIX, con ausencia de sindicatos, “cama caliente” y salarios de 35 dólares. En China, la acumulación originaria de capital previa al desarrollo capitalista la lideró el Partido Comunista.

    Algo difusa es esa expresión de “mis amigos de la izquierda democrática”. Esa izquierda que reverencia a la otra, un día sí y otro también, y que para usar tus propias palabras: “no se atrevían a criticar…” porque siempre terminan teniendo terror de ser “acusada (os) de estar al servicio de la derecha”. El Boca Andrade sigue intentando aplicar esta martingala con Pablo Mieres. Pero ya no tiene la misma suerte, porque no se puede engañar a todos durante tanto tiempo. A propósito, el Boca ¿es de la izquierda democrática o de la otra? No me queda claro. De todas maneras, en tu análisis no descartaría a los amigos de la izquierda no democrática, que, me atrevo a presumir, seguís teniendo. Habiendo terminado tu toma de conciencia hacia 1989, luego de tu estancia en Suecia, cogobernaste veinte años después con todos ellos al Uruguay como subsecretario de Cultura y Mujica (a propósito del Pepe, me pregunto otro tanto, como amigo y como extupamaro, ¿cómo lo encuadrarías?; ¿en el bando de la izquierda democrática, con su prevalencia de lo político por encima de lo jurídico?) te nombró director de la Biblioteca Nacional por el período 2010-2015. Y termino con mis dudas (aunque tendría para llenar con ellas un capítulo de tu libro): los que celebran año a año la toma de Pando como si se tratara de otra Batalla de Las Piedras, ¿son de la izquierda democrática?

    Una revista de izquierda de la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay (tomá pa vos, págs. 24 y 25) descarta tu colaboración al enterarse de tu “enfoque”. Gente de izquierda censura de esa manera tu denuncia (un término al que la izquierda resulta ser muy afecta; la democrática y la de los escritores también) de violación a los derechos humanos en Cuba. Obvio: tus líneas atentarían contra el tiraje de la revista. Los puntos sobre las íes: esos amigos tuyos están renunciando a denunciar una tragedia humana (no solo eso, llegan a justificarla con el bloqueo y un sinfín de falsedades en las que tú también dejaste de creer) por intereses. En este caso, se trata de intereses económicos. Con tus colegas escritores, algunos verdaderos próceres de las letras sudamericanas (como Cortázar y García Márquez, de cuya catadura ética se ocupa tu libro en términos inéditos, para mí y para muchos) pasa lo mismo: si denuncian a Cuba no venden. Por intereses económicos se hicieron cómplices del inventario de horrores que se detalla en tu libro. También están en similar situación tus amigos de la izquierda (en ambas subespecies) que gobernaron el país durante 15 años. Acá los intereses no son estrictamente económicos sino políticos. Porque Cuba, con todo el bochorno que explicita tu libro, es también un enorme capital político de la izquierda. Y como los cargos remunerados que surgen del capital político bien explotado suelen no ser despreciables, los intereses son a la postre también económicos. ¿Cómo describirías estos extremos? Yo encuentro una sola descripción: se trata de una obsecuencia intelectual, ya no fundada en principios, sino en intereses materiales, lo que nos conduce inequívocamente a la abyección moral. Una calificación que no te comprende, dada la honestidad intelectual que tu libro derrocha. Pero te vendría bien alejarte de las malas juntas.

    Y finalmente quiero tomarme el atrevimiento de ayudarte a precisar el concepto de “izquierda democrática”. Tu mayor aproximación al mismo está en la página 20: la izquierda democrática en Suecia respeta las instituciones. Desde luego, pero ese no es el paso más doloroso de aceptar para los que fuimos de izquierda. Hay que terminar de entender que además de respetar a las instituciones, hay que respetar al individuo, a los individuos y a ese ámbito insustituible que hemos forjado a lo largo de la historia para dirimir en paz nuestras diferencias económicas que es el mercado, a la iniciativa privada que es el mayor enemigo de las hambrunas y de la escasez y a los derechos irrestrictos de libertad y de propiedad; a la economía abierta en donde tiene lugar el empresario y el asalariado, el profesional y el cuentapropista, el artista y el jugador de fútbol, la peluquería de la esquina, el almacén de Teresa y también los shoppings; en suma: un orden social que al respetar cada proyecto individual abarca toda la diversidad del espíritu humano. Algo tan contrario a esa padronización social que siempre han intentado imponer los líderes socialistas y que los ha conducido en el ejercicio del poder a idéntico autismo moral (no encuentro mejor expresión). Lo que hay que aceptar es “el capitalismo”; sí, sí; y sacarnos de la cabeza con peine fino esa “patraña socialista”. Y no caigamos en esos tontos eufemismos de tratar de sustituir un enemigo por otro de manera de poder seguir aplicando la estrategia confrontativa, idéntica metralla de raíz leninista y a veces neogramsciana, en contra de esa entelequia que trataron de inventar y que le llaman “neoliberalismo”. Dentro del capitalismo podremos discutir: un poco más Estado o un poco más mercado, un poco más de políticas sociales no demagógicas o un poco más de libre contratación, pero estaremos siempre dentro del capitalismo y las instituciones democráticas serán el ámbito adecuado para dirimir esas diferencias. Las instituciones que respeta la izquierda sueca y que aquí impusieron lo que tú llamás “partidos de derecha” (pág. 21; para mí, partidos fundadores de la patria), comenzaron siendo en Europa hacia finales del XVIII, una exigencia de limitación al poder político. Si alguna raíz económica podemos encontrar en ese proceso, la misma es de índole capitalista ya que fue el capitalismo el que comenzó por disociar el poder político del económico y a exigirle garantías al primero. El socialismo real los volvió a unir y de manera omnímoda. En buena medida ese es el germen del gran retroceso. Daría para mucho más, no te conozco, pero te mando un abrazo.

    Juan Pedro Arocena

    CI 1.246.439 - 7

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