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    La situación en Ucrania I

    Sr. Director:

    “La Rusia del año 2000 deberá centrarse en tres pueblos: Rusia, Bielorrusia y Ucrania, más una parte del Kazajstán; el resto que se vaya, si quiere, por su propia senda”. Palabras de Alejandro Solchenitsyn cuando en su obra analítica sobre la disolución de la URSS (publicada por la editora española Tusquets en 1995) plasmaba en el papel su impresión sobre cómo deberían sobrevivir políticamente, luego de la implosión de la URSS, los antiquísimos pueblos de la gran comunidad de tribus eslavas que fueron conformando los países que hoy conocemos, dos de ellos enfrentados armas mediante, aunque separados pero unidos por un nexo histórico común. Esta interrelación entre Ucrania y Rusia se fue dibujando en las cartas geográficas a lo largo de centurias, donde los acontecimientos llevaron siempre el sello de innumerables hechos donde Kiev y Moscovia fueron el centro de conformación de lo que significo la Gran Rusia. Pero el deseo de independencia de los ucranianos frente a sus vecinos rusos, contemporáneamente, se sustanció concretamente recién en 1917, cuando aprovechando la caída del zarismo y del fuerte debilitamiento del poder central en manos de Lenin los nacionalistas locales lograron crear un Estado independiente políticamente, el que iba a durar hasta 1920, cuando el Ejército Rojo finalmente lo aniquiló. Aquella Ucrania reunió a las dos parcelas de un pueblo que se hallaba dividido. Los ucranianos del Oeste, viejos súbditos del imperio austrohúngaro, eran en su mayoría católicos y la tolerancia de la monarquía dual de los Habsburgo les había permitido que cursasen estudios y demás en su lengua nativa y que estuviesen al tanto de su misma idiosincrasia cultural. Muy por el contrario, sus compatriotas del Este, situados durante siglos bajo la férula centralista de San Petersburgo, fueron obligados a sentirse rusos y a encauzarse por ese único canal so pena de ser perseguidos como enemigos del imperio de los Romanoff. Pero al paso del tiempo a unos u otros les llegaría la oportunidad de unirse bajo una sola bandera. Los cruciales años del estalinismo, al igual que todas las nacionalidades de la URSS, fueron especialmente terribles en Ucrania: una demencial política que llevó escenas de dolor y desesperación y que empujó al hambre y la muerte a miles y miles de personas en aquel denominado Holodomor, provocado directamente por Stalin, un hecho que se hizo célebre por su inhumana brutalidad. La aplicación de esta política fue instalada por una Policía que tuvo en las siglas GPU, primero, y NKVD, luego, la instauración de un sistema monolítico que resultó devastador para el pueblo ucraniano y muy en especial y gravoso para los del Oeste, que fueron los más agredidos en todos los aspectos posibles. Esto sin duda explica la particular sevicia del burocratismo estalinista sobre esa Ucrania Occidental, que fue espectadora de innumerables hechos de sangre, entre ellos, la matanza de Katyn, donde se ultimaron a más de 20.000 militares polacos con un tiro en la nuca, o los constantes progroms antes y durante la dominación nazi, etc., todo junto con otras complejas circunstancias similares y de proporciones desoladoras. Por ello no es de extrañar que cuando en junio de 1941 las fuerzas alemanas irrumpen en Ucrania en forma imparable muchos fueron quienes las recibieron como liberadoras, quedando esos momentos fielmente retratados en los filmes de la propaganda nazi. Y ciertamente hubo miles de ucranianos que colaboraron con la ocupación, en las fuerzas policiales, incluso con las armas en la mano, en la producción de la organización Todt, y hasta en las formaciones militares de las SS, situación que se haya muy bien explicitada en la bibliografía especializada y que está a mano por los medios electrónicos que hoy se disponen. La figura del líder ucraniano Stépan Bandera, que tuvo una activa participación colaboracionista con el Tercer Reich, se abre paso en este capítulo, pues en los últimos meses previos a esta misma crisis actual se desarrollaron en ciudades como Kiev y Lvov tumultuosas marchas nocturnas ultranacionalistas crudamente antirrusas y, por ende, muy agraviantes hacia la reciente historia de sacrificio que provocó cerca de 25 millones de muertos en aquellas horas de la “gran guerra patria”. En esta última ciudad, centro urbano donde entre 1941 y 1944 se vivieron horas de horror similares o peores que en otros puntos de la Europa del Este, entre otras cosas a tener en muy en cuenta, existe un monumento público a la División de Granaderos Galizien de las Waffen SS, una formación conformada con voluntarios ucranianos que accionaron en aquel terrible conflicto dentro de las filas del ejército invasor. Cuando en 1944, tras la megabatalla de Stalingrado y Kursk el victorioso Ejército Rojo retomó toda Ucrania, Stalin tomó buena nota de lo acaecido y así favoreció ampliamente a la parte oriental, que había sido inmune a los cantos de sirena del nazismo y donde también los movimientos de partisanos habían combatido eficazmente a los alemanes. De tal manera, el líder soviético inició de esta forma draconianos procesos de rusificación en forma por demás penetrante y ciertamente lanzando sobre el oeste ucraniano toda la brutalidad del régimen soviético. Todo implica que no sea nada fácil encarar la historia y la geopolítica de esa zona tan vasta y totalmente especial de la Europa Oriental y asimismo entender los procesos de división social y política ocurridos a causa de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, como vemos todavía muy vigentes y que son causa intrínseca y muy justificativa de lo que hoy da cierta luz a los mayores requerimientos de Rusia. Históricamente subsiste entre los directores de estas tierras una mentalidad irreflexiva, donde nadie puede darse el lujo “de tirar la primera piedra”, situación donde la recurrencia hacia soluciones violentas se hace constante. Prueba de ello es la continuidad de violaciones a sucesivos tratados diplomáticos habidos por todas y cada una de las partes. Buena parte de esto está ocurriendo y, para arrimarse aunque sea un poco a la profundidad necesaria como para devenir en algo que sea potable para dar paz a ese rincón del planeta y cerrar el foso divisorio existente dentro de la comunidad rusoucraniana, debería desarrollarse un gigantesco proceso de contrición muy dificultoso dadas las actuales circunstancias como para lograr el milagro de obturar la irracionalidad de tantos viejos odios y tanta sangre derramada. Ojalá así sea y prime de una buena vez el mínimo sentido común, que es necesario para la especie humana.

    Alejandro Nelson Bertocchi

    CI 1.213.521-1