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    La tentación totalitaria

    Columnista de Búsqueda

    N° 1792 - 27 de Noviembre al 03 de Diciembre de 2014

    El cuento más divertido y más inteligente de Woody Allen es El experimento del profesor Kugelmass. Allí se presenta la extraordinaria peripecia de un profesor de humanidades que está harto de su matrimonio y de su vida insípida y sin grandeza. Quiere tener una aventura, libertarse de los estrechos límites a los que se ve condenado; disfrutar de la osadía de una relación distinta. Su psicoanalista le recomienda ir a cierto científico o mago (es indiferente) de nombre Persky, que tiene una milagrosa máquina parecida a la de H.G. Wells para viajar por el tiempo.

    El gran Persky le promete llevarlo a vivir lo que quiera a cambio de unos pocos dólares; su máquina es realmente prodigiosa: permite entrar en la intimidad de un libro y vivir la aventura que en él se narra, convertirse en un personaje más de la historia. Para el mortificado profesor Kugelmass esto es una bendición que le aviva todas las fantasías más antiguas y queridas. Le propone a Persky que lo lleve a la campiña de Rouan, a mediados del siglo XIX, a la cercanía sensual y deliciosa de Emma Bovary. La cosa funciona a la perfección: Persky arroja a una boca de la ruidosa máquina que ha instalado en su living un ejemplar de la novela de Flaubert y al instante el profesor de Brooklyn le está haciendo la corte a la esposa de Charles, el opaco médico rural que no merece mayores referencias, y esa noche se encuentra furtivamente con ella y la celebra, y la interroga. Y como delicioso premio de un viaje memorable la ama hasta quedar exhausto.

    La historia deriva en una peripecia disparatada que no viene a cuento; baste decir que Emma, por efecto del insólito artilugio, llega a Nueva York en la época actual, vive en el Hotel Plaza, mira televisión todo el día, come bombones y se juramenta no abandonar jamás a su amante moderno. Lo que en verdad mortifica al protagonista, quien ya no tiene excusas con las que enmascarar ante su intolerante esposa la felicidad que lo embarga y también las altas deudas que los hábitos caros de la señora Bovary le imponen a alguien que solamente quería probar un trozo de lo que siempre la prudencia le aconsejó como prohibido.

    Algo similar a lo de ese personaje de Allen les ocurre a muchas sociedades que desde siempre estuvieron asentadas en los pilares del orden jurídico, del cuidado de los derechos personales, de la defensa de la propiedad y la privacidad, del decoro y del respeto, y un buen día quisieron probar suerte con la utopía socialista. Esas sociedades creyeron, como el desventurado Kugelmass, que podían entrar en la máquina del tiempo, viajar al pasado e impunemente estar a salvo de cualquier contaminación, que nada del atraso y de la ordinariez se les iba a pegar. Error; esos males infectan siempre y cuesta mucho sacárselos de encima. Es como aquella puerta del infierno de la que nos habla Virgilio: es fácil entrar porque la puerta es ancha, pero la salida es estrecha o casi inexistente.

    El texto de Allen nos advierte que debemos guarecernos de ciertas tentaciones; no sea cosa que buscando una felicidad de fantasía caigamos en la tragedia del libro equivocado, y acabemos por ingresar en un camino sin retorno; no en los brazos de Emma, sino en el vientre de la bestia, es decir, en la cavernosa región de la política que desmonta el orden liberal y educado para poner en su lugar el orden del resentimiento y de la lucha de clases. Hay que leer, pues, los libros adecuados.

    Recomiendo con entusiasmo el libro de Jean François Revel La tentación totalitaria, publicado hace cerca de 40 años, cuando el socialismo representaba una opción para ciertas democracias modernas. Las advertencias de esa obra fueron escuchadas debidamente por las sociedades evolucionadas de Occidente, y a la larga la experiencia de probar con el mal colapsó. En los arrabales del mundo civilizado no es tan sencillo; así como las condiciones sanitarias son peores, y peor es la educación general, y peor el recato de los dirigentes, y nulas las exigencias y descomunales los índices de autocomplacencia, el riesgo está a la vista y siempre es inminente. Por eso propongo hoy su lectura urgente. En un pasaje que aquí se ha vuelto lamentablemente actual, escribía Revel: “...el comunismo, con miras a su propaganda y expansión, utiliza los temas progresistas del socialismo. Por tanto, puede aprovecharse de las muy reales ‘contradicciones del capitalismo’ y explotar el descontento que provocan para destruir, en nombre del socialismo, la democracia política, e instalar después sistemas que no son ni democráticos ni socialistas y que tanto en lo económico como en lo humano son muy inferiores al capitalismo. La confusión se mantiene con el empleo metódico de la palabra ‘socialista’ como sinónimo de comunista: los ‘países socialistas’ son los países comunistas en los que reina la burocracia totalitaria, y las ‘revoluciones socialistas’ son aquellas en las que una minoría se hace con el poder absoluto, sin intención de restituirlo. Está bien claro que los comunistas procuran mantener la confusión”.

    Repito: hay circunstancias en las que es un deber la lectura del libro adecuado.