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    La toalla mojada

    Nº 2147 - 4 al 10 de Noviembre de 2021

    Hay ciertos personajes en la historia del tango que parecen haber estado siempre detrás del telón —ni cantantes, ni músicos, ni poetas—, pero que al recordarlos, a veces por pura casualidad, como quien tropieza con una inadvertida baldosa floja, revelan haber influido para que un artista mayor creara alguna de sus obras más difundidas y exitosas.

    Jorge Aldo Saravia fue maestro de ceremonias del Chantecler de Córdoba. Se lo conoció por el apodo de Gallito e’ lata y fue único, irrepetible. Soltero, vivía con su madre, de día trabajaba en el ferrocarril como oficinista y al llegar las primeras sombras le daba por inventar historias para crearse una falsa imagen de hombre de cuidado.

    Era un mitómano, un fabulador.

    Contaba entonces, ya en el cabaré, de impecable smoking, moñito y engominado, que a todas las chichí del ambiente —otra forma de llamar a las siempre presentes coperas— las manejaba él, les distribuía la cocaína para la noche y, si alguna le fallaba le daba una biaba con una toalla mojada y retorcida, de tal modo de no dejar marcas comprometedoras en su cuerpo.

    Los habitués le seguían el tren, sabedores de que su novelón era una retahíla de mentiras. Les parecía un tipo divertido, en realidad inofensivo.

    Hasta que una noche de 1969 pasó por el lugar nada menos que Edmundo Rivero. Gran observador de personalidades, el cantor percibió que dejando hablar a Gallito e’ lata surgiría una de esas peripecias extravagantes que le gustaba trasladar a su voz y a su guitarra, usando el lunfardo que amaba y en tiempo de milonga. Y de ese encuentro nació uno de los temas más populares de Rivero y que más discos vendió en los años siguientes: La toalla mojada.

    —Era un ambiente turbio de nocheras / cerca de La Cañada. / Había una milonga, El Chantecler / alias “toalla mojada”… / Era un ambiente espeso de varones, / sacadores de minas y malandras, / había un tallador y lo llamaban / por nombre... Aldo Saravia. / No había escruche, ni “peca” ni copera / que no diera mancada, / y a la Chichí Toyufa la fajaba / con su toalla mojada (…) Por eso me gustaba la milonga / de la toalla mojada, / porque estaba el ambiente que yo quiero / y el Macho Aldo Saravia... / Que le fajó hasta el nombre al Chantecler / con su toalla mojada…

    En el último reportaje que concedió, privilegio del historiador Roberto Selles, Rivero hizo un autorretrato de su vida artística:

    —Me considero un cantor nacional, aunque también incursioné mucho en el tango. Es que yo he conocido las viejas milongas, con coplas en cuartetas, aquellas de los viejos guitarreros que no tenían la influencia de la habanera. Y todavía hago la milonga clásica, que nació en el arrabal, o sea el límite entre el campo y la ciudad. Y también la milonga uruguaya, que es diferente a la nuestra, más morosa. Con un repertorio así —más Sur, El último organito, La viajera perdida, Bonjour, mamá, de Alberto Mastra, Nieblas del Riachuelo, Viejo baldío y todo eso— logré mucha repercusión cuando abrimos El Viejo Almacén, en Independencia y Balcarce, en una vieja casona que había sido sede del Hospital de Hombres, luego llamado Británico, donde se hizo la primera cirugía con anestesia en Sudamérica.

    También confesó ese día que haber conocido a Aldo Saravia le había reservado sorpresas.

    Primero fueron unos amigos de Gallito e’ lata que, en tono de broma, le comentaron que, dado el éxito de la milonga que lo tenía como protagonista, debía pedirle un porcentaje de las ganancias a Rivero. Y, dirían los piolas, “se la creyó”. Edmundo reconoció el reclamo, hecho una noche que Saravia fue a escucharlo a El Viejo Almacén, poco antes de morir, corriendo mediados de la década de 1970; nunca aclaró cómo fue el arreglo, pero al cantor siempre se le reconoció por su generosidad.

    Pero faltaba el postre. Entusiasmado, esa misma noche, Saravia contó una historia que había inventado ese día para que Rivero hiciera otra milonga:

    —¿Sabe, Edmundo? Me metieron preso por el tema de la cocaína. Cuando estaba en el calabozo de la comisaría, empezaron a congregarse gran cantidad de mujeres afuera, en la calle, al grito pelado de “¡Que lo larguen al Macho, que lo larguen al Macho…!”. El comisario me preguntó quiénes eran. Y le dije: Son todas parteras, jefe, y están sin trabajo mientras me tiene acá… Y me largó a la media hora…

    Sin embargo, esta vez Edmundo dejó pasar la propuesta.

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