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    La última frontera

    NeuroCienciaFicción, de Rodrigo Quian Quiroga

    “Cuando yo inventaba de principio a fin una ‘anticipación’ científica, me esforzaba por hacerla todo lo sencilla y verosímil que era posible. En cuanto a la exactitud de mis descripciones, se debe a un hecho: desde hace mucho tiempo, mucho antes de escribir novelas, tenía la costumbre de recoger numerosas notas de los libros, los periódicos y las revistas científicas de todo tipo. Esas notas, clasificadas por orden de materia, me han proporcionado un arsenal de un valor incalculable para mí”. Son palabras de Jules Verne, uno de los mayores autores de aventuras y ciencia ficción de todos los tiempos. “Después, me suscribí a una veintena de periódicos. Soy un lector muy asiduo de publicaciones científicas, y, naturalmente, estoy al corriente de todos los descubrimientos o invenciones que se producen en todos los campos de la ciencia, astronomía, fisiología, meteorología, física o química”. Así lo testimonia uno de los textos de Viaje al centro de la mente-Escritos literarios y científicos, que recoge diversos textos de no ficción del autor de 20.000 leguas de viaje submarino y Viaje al centro de la Tierra. Las palabras de Verne son lo suficientemente ilustrativas acerca de la movilidad y la permeabilidad de las fronteras entre la ciencia y la ciencia ficción. A veces la ciencia ficción dispara la imaginación de los científicos. Otras, el trabajo de los científicos estimula la imaginación de los autores.

    Rodrigo Quian Quiroga se graduó en Física en la Universidad de Buenos Aires, Argentina, y obtuvo su doctorado en Matemáticas Aplicadas en la Universidad de Luebeck, Alemania. Antes de ingresar a la Universidad de Leicester en 2004, recibió una beca posdoctoral en el Centro de Investigación de Jülich y en el Instituto de Tecnología de California, el Caltech. También participó de estancias cortas en el centro Riken, en Japón y en la Universidad de Nijmegen, en Países Bajos. Ha obtenido varios reconocimientos por sus investigaciones sobre la epilepsia y sus trabajos sobre percepción y memoria humana han sido publicados en prestigiosas revistas científicas. Es autor, además, de los libros ¿Qué es la memoria? y Borges y la memoria.

    En su último trabajo, NeuroCienciaFicción (Sudamericana, 2018, 335 págs.), toma algunas películas representativas del género como punto de partida para explorar varios asuntos, algunos de ellos vecinos a sus áreas de investigación. Por ejemplo, la afinidad biológica de los humanos con el resto de los animales, la empatía y la interdependencia, la teoría de la mente, los alcances de la inteligencia artificial y la búsqueda científica del alma, el materialismo, los mecanismos naturales detrás de la percepción, la cibernética, la crionización, la teletransportación, la plasticidad neuronal y las posibilidades ciertas que ofrece la ciencia de trascender. El autor sobrevuela y se introduce en los temas con un lenguaje ameno y accesible. Y, en algún momento, aparece la filosofía, materia que a veces es punto de partida y otros, destino inevitable. Es que este no es un trabajo únicamente sobre la relación entre la ciencia y el cine (que es una combinación de arte y ciencia). También es un libro sobre filosofía. Por sus páginas se pasean Sócrates, Platón, Aristóteles, Descartes, Gottfried Leibniz, David Hume, Gilbert Tyle, Ludwig Wittgenstein, David Chalmers o Daniel Dennett, entre varios más.

    En total son diez películas. Que confluyen y se enlazan y se cruzan y se complementan. 2001: Odisea del espacio y Blade Runner le sirven a Quian Quiroga para hablar de los progresos en materia de robótica e inteligencia artificial (y las implicaciones éticas y filosóficas que despierta la idea de que las máquinas puedan sentir). El planeta de los simios abre un capítulo destinado a la conciencia de los animales y su capacidad para aprender y aprender un lenguaje. Matrix, obviamente, explora la construcción de la realidad. Hasta el fin del mundo es la plataforma para una puesta a punto acerca de la posibilidad de proyectar pensamientos. Uno de los mejores capítulos es el de Minority Report, dedicado a la ilusión de libre albedrío y el autoconvencimiento de que la mente consciente es la que manda. El tramo dedicado a Robocop expone las posibilidades reales de aumentar las capacidades sensoriales (avance muy bien documentado en El cerebro-Nuestra historia, de David Eagleman). Con Inception indaga en lo que hasta ahora se sabe sobre los sueños y su capacidad para procesar, contextualizar y asimilar información. Con Vengador del futuro ofrece otro tramo notable, esta vez sobre la implantación de falsas asociaciones que puedan generar falsos recuerdos. Para el final, con Abre los ojos, indaga en la ilusión de prolongar la vida, presentando mitos y verdades de la crionización.

    La identidad y la memoria, la diferencia entre tener conocimiento sobre los procesos materiales y experimentar una sensación subjetiva son grandes temas presentes en NeuroCienciaFicción. A su vez, el libro establece un diálogo entre las obras de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Jorge Luis Borges, Franz Kafka o Philip K. Dick con los trabajos de Ridley Scott, Steven Spielberg, las hermanas Wachowski, Wim Wenders, Julio Amenábar o Paul Verhoeven y con las investigaciones de científicos como Francis Crick (uno de los descubridores de la estructura molecular del ADN) o Marvin Minsky, considerado uno de los padres de la inteligencia artificial. Para lectores con interés en la neurociencia, aunque no lo suficientemente actualizados o familiarizados con los alcances y avances de ese campo, la obra de Quian Quiroga destapa y presenta de manera clara y ordenada una generosa cantidad de ideas fascinantes, además de datos e información bien documentada. En cierta medida, NeuroCienciaFicción es una vía para entrar en contacto con planteos como el de “zombie filosófico”, concepto y experimento mental sobre la experiencia subjetiva y la imposibilidad de explicar la conciencia en términos de un determinismo biológico, o adentrarse en los estudios de John-Dylan Haynes, que demostraron cómo predecir los movimientos de las personas segundos antes de realizarlos, una acción que ya era posible, claro, en la ciencia ficción.