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    La visita de Pepé Noel

    —“Vo, vieja, por una vé vamo a dijfrasharno pa la Navidá y lejyevamo uno regalito a loshamigo de la política, ¿ta?” —le dijo el Pepe a Lucía, mientras revolvía un antiguo baúl lleno de trapos viejos en el galpón de la chacra.

    —“Si vos querés no hay problema” —replicó la primera dama y futura intendenta de la capital —“eso sí, no sé de dónde vas a sacar el disfraz, si lo que estás pensando es vestirte de Papá Noel” —agregó.

    —“Voshabé que shi hay algo que no me falta, shon lojrecursho, ¡yo shiempre te shaco un conejo de cualquier galera, mamá!” —contestó Mujica, mientras sacudía una enorme sotana marrón, llena del polvo de los años —“mirá, ¿teacordá? Ejta sotana la ushé cuando nojdijfrashamo de monje pashaltar el banco aquel, que dijimo que veníamo a manguear palo gurishe pobre y nojyevamo una tortaeguita…qué tiemposhaqueyo…¿no da pa pashá por Papá Noel con ejta shotana?” —le preguntó a su doña, demostrando no estar muy seguro de que el hábito de franciscano pasara por el traje rojo de Santa Claus.

    —“Mirá, Pepe, vos vestite como quieras, que yo te acompaño aunque no te parezcas en nada a Papá Noel” —dijo la señora, como cortando la conversación.

    El Pepe siguió hurgando en su viejo baúl, y fue consiguiendo una barba blanca, que usó en el carnaval pasado cuando se disfrazó de Fernández Huidobro en un baile que se organizó en el Quincho de Varela, un gorro frigio, que le regaló un embajador francés hace años, unas botas de goma negras medio rotas, que él mismo había descartado para trabajar la chacra, porque les entraba agua por la suela, y se armó terrible disfraz de Papá Noel.

    Cargó el Fusca con una bolsa de regalos, a Lucía de copilota, y partió con rumbo desconocido.

    Llegando al Prado dio vuelta por Buschental, y Lucía se la vio venir.

    —“Si vas a lo de Tabaré y te ven vestido así, te dispara un guardia antes de preguntarte quién sos. Tené cuidado” —le advirtió.

    Efectivamente, cuando paró el Fusca en la puerta de la residencia del presidente electo, vio cómo tres rifles recortados apuntaban directo a su gorro frigio.

    —“¡Tranquilo, muchacho, shoy el Pepe, no dijparen!” —les dijo, y de inmediato lo reconocieron, y lo dejaron pasar.

    No tocó timbre, porque no quería molestar. En el umbral de la entrada dejó un paquetito que tenía así como la forma de una botella.

    —“No me vas a decir que le trajiste una bebida alcohólica a Tabaré, que lo único que toma es la presión a sus pacientes” —inquirió doña Lucía, cuando Pepe volvió al auto.

    —“¡No, mamá!” —replicó Pepé Noel “lo que le traje eshun reló de arena, desho que pasha la arenita finiiita, dejpashito, dejpashiiito, pa que aprenda a no apurarshe tanto y andá nombrando a cualquié fantajma en el gabinete, sin preguntá primero, ¿mentendé? ¡todo un shímbolo!” —concluyó, contento, mientras enfocaba al Fusca camino a Canelones, paraje Margat, donde vive en canciller Almagro.

    —“A ejte le traigo un premio conshuelo, porque she vadar de trompa contra la OEA cuando she tire pa shecretario general, y le nombren a un grone caribeño o algún fantajma venezolano, vashavé” —le comentó a Lucía.

    Bajó en lo de Almagro, y un guardia que estaba en la puerta le preguntó si era el muftí de Baghdad, que el canciller estaba esperando en una visita secreta.

    —“¿El qué mejtá dishiendo? ¡Soy el Pepe Mujica!” —replicó enfurruñado el supuesto Papá Noel, despertando una sonrisa en el guardia, quien lo reconoció de inmediato.

    —“¡Le queda lo más bien el disfraz, presidente!” —le comentó el guardia, para quedar bien, y le aclaró que el religioso musulmán que esperaba el canciller en visita secreta era un viejo amigo de la juventud del ministro.

    —“¡A mí qué me importa a quién reshibe, shi ejte hisho lo que quisho lo shinco anio!” —contestó Pepé Noel, mientras depositaba un sobre en el vano de la ventana del dormitorio de Almagro, cosa que, cuando levantara la persiana a la mañana siguiente, se encontrara con él.

    —“Decime qué le metiste adentro de ese sobre, qué disparate se te ocurrió con este pobre hombre” —preguntó la señora.

    —“¿Shabé lo que le consheguí?” —respondió Mujica con una sonrisa llena de picardía y de sorna —“le consheguí un cargo de resheshionijta en la nueva mejquita Abdul al Karaj, de iminente apertura, pa podé alojá pa la orashión a todojejto mushulmane que noj fuimos trayendo, y lojque vendrán el anio que viene, palegría del Tabaré y todo lo cajetilla de corbata que metió en el gabinete, ¿ta?” —concluyó, mientras rumbeaba el Fusca en la noche veraniega para la chacra del Toto Rossi.

    —“A ejte le traigo una foto de Campiani, Ajtori y Tabaré la noche que firmaron con Ligueit, pa que no she olvide de dónde noj metió en el berenjenal má grande de mi mandato, deshí que Artiga deshía que shu gente no shabía ler, y la mía she ve que tampoco, ¡porque donde ejtuvieran un poco majavijpao no she podían tragá esha pajtilla, mamá! Ahora que cuelgue la foto en la paré del dejpacho nuevo que le deja Pintao, quej la única obra pública que hisho, y que el letrijta no she olvide…” —reflexionó el personaje, ya enfilando para la chacra.

    —“¿Terminás acá la gira?” —preguntó doña Lucía, con infinita paciencia.

    —“Shí, poroy ta bien. Dijpué le vamo a yevar unajpila e litio a Shendí, que siempre pareshe que she le gajtaron lajdel, uno guante de bos a la María Julia, que va tener que lidiá con lo shindicato e laensheniansha, y un bajtón al Niato, pero no papoyarshe, que ya tiene, sino un bajtón de mando, ¡lojtiene montao a lo milico, lojtiene!” —concluyó Pepé Noel.

    Y volvieron a la chacra, tomaron una “shopita” y se fueron a dormir, con la satisfacción del deber navideño cumplido.