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    Lacalle Pou cree que su candidatura está “fuera del statu quo” y eso es una ventaja para enfrentar a Vázquez, el representante de la “restauración”

    El líder de Por la Positiva dice que si gana las internas mantendrá su estilo de no confrontación y considera que representa a un grupo de uruguayos “indignados silenciosos positivos”

    “La gripe solo se cura con cama”, dice Luis Lacalle Pou con la voz aún tomada por un resfrío que lo acompaña desde hace varios días y al que la intensa agenda electoral no le ha dado tregua. El precandidato blanco admite que está cansado de tanto trajín pero satisfecho con el recorrido de un camino que desembocará en un final parejo, casi cabeza a cabeza, con Jorge Larrañaga. También destaca haber construido una candidatura por “fuera del statu quo” y asegura que si el domingo 1º de junio resulta elegido como candidato del Partido Nacional se mantendrá en el “mismo andarivel” que hasta ahora: por la positiva y sin confrontaciones. Dice que así le puede pelear la Presidencia a Tabaré Vázquez y porque es la opción para un grupo de “indignados silenciosos positivos” que en diez años han visto mejorar la economía del país pero no la gestión del Estado.

    Lo que sigue es un resumen de la entrevista con Búsqueda.

    —Tuvo que construir su precandidatura casi desde cero. ¿Siente que hubo que pagar algún derecho de piso tanto en la interna como para afuera del Partido Nacional?

    —Básicamente no. Quizá más que un derecho de piso, con todo respeto al periodismo y a los estudiosos de las ciencias políticas, creo que nosotros elegimos un andarivel que está afuera de los manuales clásicos. Y como estamos fuera de los manuales clásicos, quedamos a veces un poco afuera de la agenda. Y eso obligaba a entender una nueva forma de acción que no sugiere la confrontación. ¿Qué decimos nosotros, medio en broma medio en serio? Que soy aburrido. Porque no confronto, porque no genero titulares. Hemos elegido un andarivel distinto, que tiene condiciones positivas y negativas. Estar en un andarivel distinto es estar en donde no están puestas las miradas. Ahora, donde logres las miradas, sos el único que está en ese andarivel. El desafío nuestro fue lograr la atención pública, que creo que se logró por la forma en que constituimos el grupo, por lo variado, por un eslogan que se ató mucho a la forma de ser, no fue un eslogan que después quedó subsumido en una campaña de confrontaciones. Derecho de piso, no. Quizá en el imaginario colectivo corría el tema etario.

    —¿Que lo podían criticar más por el tema la edad?

    —Y… está claro que lo nuestro fue un atrevimiento. Tener 40 años. Conformar un grupo bien distinto, ese fue otro atrevimiento. La edad, más el discurso, que todos son fuera del statu quo, eso generaba duda. Obviamente debe haber generado duda en actores políticos, propios y ajenos. Y no estuvo ajeno a nuestras reuniones la eficacia o no de mi discurso, que en realidad fue saldada por una cosa: es lo que yo siento. No había una discusión de cambiar el discurso. Si yo cambio el discurso no es Luis Lacalle, terminabas construyendo un personaje por fuera de la persona. Y si hoy hemos tenido un relativo éxito, me atrevo a decir que la gente considera que es un candidato genuino.

    —En una entrevista radial, la precandidata Constanza Moreira dijo que usted había logrado posicionar su imagen en base al dinero invertido en publicidad, a las gigantografías con su cara en los edificios. ¿Qué dice de eso?

    —Que está equivocada. Pero bueno, no importa. No le voy a contestar a Constanza Moreira. No hablé de Tabaré y voy a hablar de Constanza…

    —¿Cree que le funcionó esa estrategia de no salirse del carril?

    —Notoriamente. Hasta los compañeros más detractores, ahora coinciden en que es lo que había que hacer.

    —¿Pero cuánto le costó mantener ese discurso? Hace unos días en un acto decía que se veía tentado de responder algunas críticas. ¿No hubo una lucha interna entre confrontar y mantenerse en una línea?

    —Siempre hay una lucha interna. La vida es una lucha interna, por ser mejor.

    —En una campaña electoral los candidatos están continuamente respondiendo alusiones y hasta cuestiones personales. Usted, parado frente a su público, les decía que se tenía que aguantar. ¿Cómo fue ese proceso?

    —Y... son pruebas que te pone la vida. Yo creo que quien pretende gobernar un país debe tener autocontrol. En momentos de calentar la sangre, de muchas pulsaciones —que las tengo— tiene que primar la serenidad, la paz. Y es un ejercicio diario con uno mismo.

    —¿Y no cree que si gana la interna, ese escenario de no confrontación va a cambiar de manera inevitable?

    —No.

    —Usted dijo que rompió los manuales, que hizo una interna al revés, se dedicó a presentar su agenda de gobierno, a no hablar de nadie. Si gana la interna, ¿qué sigue? ¿No debería dedicarse a contraponer modelos, por ejemplo?

    —El mismo camino. Me gustaría que existan espacios de intercambios.

    —Que haya debates.

    —Es que cuando ustedes dicen confrontar, contraponer modelos… yo me paro en un equina de Montevideo, y digo mi modelo, y Tabaré Vázquez se para en una esquina de Ciudad de la Costa y dice el suyo. ¿No será mucho más práctico, en un país tan chico, que nos crucemos en una esquina, en un café, pongamos un micrófono y conversemos? Yo creo que ahí se debería dar, con Tabaré Vázquez o con cualquiera de los candidatos. Si me toca ser el elegido del Partido Nacional, yo voy a tener que intercambiar con todo el mundo, con el que va arriba, con el de abajo, con el del medio. Si yo tengo mi verdad, tengo mi agenda, ¿cuál es mi temor de intercambiarla con otro? ¿Que el otro tenga una mejor idea? Y mirá si tiene una mejor idea y yo se la tomo o mejoramos la nuestra. Yo creo que hay dos campañas posibles. La de los últimos tiempos, la clásica, la tuitera, de lejos, pum pum, tiroteo, llano. O lo que antes se llamaba debate, pero como genera alergia yo le he cambiado los términos.

    —Igual sabe que eso, lo del debate, es muy difícil que ocurra.

    —Ustedes son incrédulos.

    —Es que no es algo que dependa de usted que haya un debate.

    —En el fondo saben que sí...

    —¿Por qué?

    —Hay formas de…

    —¿Convencer?

    —De conductismo.

    —Está claro que usted va a mantener la estrategia. Sin embargo, hay dirigentes de su sector que dicen que Vázquez deberá cambiar la suya si lo tiene que enfrentar. ¿Por qué cree que es eso? ¿Por qué Tabaré Vázquez debería tener una estrategia si es con Larrañaga y otra si es con usted?

    —No me compete a mí responder esa pregunta. Como un observador, no me cabe la menor duda que son edades totalmente distintas, estilos totalmente distintos, campañas distintas. Alguien que ya fue presidente de la República, que trae un bagaje positivo y negativo, una mezcla. Que ha optado por una campaña de pasado, de restauración. Y nosotros que hemos apostado por una campaña de futuro. Estamos hablando de dos tiempos: uno que ya pasó y otro que es el que viene. Después si tiene que cambiar o no es propio de los politólogos. Yo soy un candidato por fuera del statu quo, lo que genera tener que adaptarse a lo nuevo. Y adaptarse a lo nuevo lleva un proceso de cambio. Y alguna gente no sé si está dispuesta a hacerlo.

    —¿Y qué cree que tiene usted para ganarle a Vázquez, por qué le puede ganar?

    —Porque claramente hay dos visiones de relacionamiento con el país. Una visión que supone más lo que ya pasó, en cuanto a las mismas figuras, en cuanto a determinadas restauraciones, volver a los mismos ministros, del Interior, de Economía. Porque hay una visión más de levantar muros y de división: ellos y nosotros, la izquierda y la derecha, los que tienen la verdad absoluta y los que no sabemos nada. Y después está nuestra actitud que es un poquito más osada, que es caminar hacia el distinto. No creemos que compramos la verdad, no creemos que haya un solo modelo de país, no creemos en la división izquierda y derecha. Y después, porque creo que hay un electorado, que tiene alguna similitud con los movimientos brasileños de los indignados —digo alguna similitud porque están indignados, no por la forma de reaccionar porque el uruguayo es mucho más pacífico— pero lo que quiero decir, aunque suene contradictorio, es que hay una indignación silenciosa positiva. Que es una parte de la ciudadanía que ha visto cómo ha incrementado su poder adquisitivo, entiende que colabora con el Estado más de lo que debería, y que no tiene gestiones eficaces ni eficientes.

    —¿Hay frentistas dentro de ese electorado?

    —Hay uruguayos. Uruguayos que empiezan, por suerte, a tener una noción de que el Estado gestiona recursos públicos. Recursos que han costado mucho, con el laburo de mucha gente, que hay grandes transferencias del sector privado al público y un gobierno que no ha sabido responder a conceptos que ya sobrepasan el bienestar económico, que es una redefinición de la prosperidad. Una salud al alcance de la mano, digna. Una educación pública y privada de primer mundo. Una seguridad muy parecida a la que en Uruguay se gozaba. Un medio ambiente saludable. Y la posibilidad de tener un desarrollo individual inserto en una comunidad que se relaciona pacifica y armoniosamente. Esos son para mí los elementos básicos de un concepto de prosperidad que la gente empieza a notar, que si bien a veces tiene un peso más en el bolsillo, sumado a un costo de vida que se le está encareciendo, no ahonda.

    —Esos indignados silenciosos positivos serían los que torcerían una elección a su favor.

    —No soy politólogo…

    —¿Pero qué opina?

    —Convengamos que pertenecemos a uno de los países del mundo que tiene más afiliación política, el 60 % de los uruguayos a priori te dice que es blanco, colorado, frentista, independiente. Después hay aproximadamente un 25 % que tiene casi una definición tomada. En tiempos normales esos son los grandes bloques básicos. Y después en el medio hay un 7% o 12% que es gente totalmente independiente, que tiene distintos estímulos. Parte de ese estímulo es económico. No creo que la gente vote necesariamente con el bolsillo, pero obviamente si tienen el bolsillo vacío les va a primar el voto que ayude a realizarse económicamente para satisfacer sus necesidades básicas. Y una vez adquirido eso, empieza este escalón secundario que es a lo que hacía referencia con el parecido a la indignación en Brasil. Yo pago impuestos, yo mantengo el Estado, mantengo gobernantes y no recibo para los presupuestos que se están llevando adelante los servicios en consecuencia. Que no son los servicios de prender y apagar la luz. Estoy hablando del desarrollo individual sostenible en el tiempo.

    —Cuando respondió a la pregunta sobre qué es lo que usted tiene para ganarle a Vázquez, planteó muchas cuestiones que quizá podrían haber sido respondidas igual por Larrañaga. Estamos en una instancia previa en la cual el elector blanco tiene que definir por uno de los dos candidatos para que compita con Vázquez.

    —A mí me hace acordar a cuando éramos chicos y estaba el juego de marcar las siete diferencias. Para esto también soy bastante aburrido. Porque es la propia ciudadanía, que si estudia bien mis años de legislador, mi año de presidente de la Cámara de Diputados, si se toma un ratito para escucharnos en una entrevista, leernos, vernos en la tele, mirarnos a los ojos, leer las propuestas. Si hace esa trazabilidad, encuentra una coherencia entre lo que fuiste, entre lo que proponés ser, y sobre todo te cree que sos genuino, confiable… Si hace eso con los candidatos, conmigo, con Jorge. Ese es el ejercicio que tiene que hacer y no se va a equivocar, no les digo que no se va a equivocar si me vota a mí, no se va a equivocar si hace ese ejercicio, si pasa por el cernidor, saca la cáscara que es el personaje y va a la persona, que es al fin y al cabo el que termina gestionando.

    —Se ve que nunca resolvió el juego ese de las siete diferencias.

    —¿Por?

    —Porque no encontró ninguna.

    —Obviamente que las hay. Pero no me corresponden a mí. Obvio que las hay. Distintas sensibilidades, matices, las agendas de gobierno, los equipos técnicos, la conformación de los grupos, en la forma de hablar. Ahora, señalarlas, no. Que lo haga la opinión pública, el electorado.

    —Ha hablado mucho en los últimos actos sobre ese abrazo nacionalista que se tiene que dar el 1º de junio. ¿Se lo imagina como algo forzado o que se va a dar bien?

    —No, se va a dar bien.

    —¿Puede quedar definida esa misma noche la fórmula?

    —No necesariamente.

    —¿No lo ve posible?

    —Ustedes me preguntan por la fórmula, cuando yo hablo de algo que es mucho más profundo, que es la cohesión partidaria. Por eso yo hablo de un abrazo y no de una fórmula.

    —En la elección pasada se valoró como importante haber anunciado la fórmula enseguida.

    —No hay que repetir patrones necesariamente. El abrazo fue para mí lo más importante de ese día.