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La idea rondaba su cabeza. Iba y volvía como una mosca molesta. El candidato más firme a la Presidencia por el Partido Nacional era Jorge Larrañaga. En el Herrerismo se manejaban algunos nombres: Ana Lía Piñeyrúa, Luis Alberto Heber, José Carlos Cardoso. Pero el suyo no. El suyo no estaba en los planes de nadie. O de casi nadie. En abril de 2012, el diputado Luis Lacalle Pou comenzó a orejear la interna partidaria. En ese mes sintió por primera vez que él podía ser uno más de los presidenciables blancos, uno más a cruzarse en el camino del candidato cantado y favorito que en ese momento —y hasta casi el final de la campaña— era Larrañaga.
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Dejó pasar el tiempo. Hizo, según sus palabras, “mucho espejo”. Se dedicó a convencerse a sí mismo. Y la idea empezó a tomar cada vez más fuerza, a rodar naturalmente en su cabeza. En noviembre de 2012, Lacalle Pou ya se animaba a confesarle a sus allegados que la decisión estaba tomada, que iba a presentarse como precandidato por el Herrerismo. En más de una conversación informal con gente de su entorno les planteaba una estrategia que a casi todos sonaba descabellada: ganar las internas, llegar a la segunda vuelta con Tabaré Vázquez, y posicionarse mejor que nadie para una victoria del Partido Nacional en las elecciones nacionales de 2019. Así veía su mejor escenario antes de oficializar su precandidatura, antes, incluso, que las primeras encuestas le dieran un magro 6% del electorado blanco.
Cuando Lacalle Pou comunicaba sus planes recibía, entre propios y ajenos, pocas reacciones más que las de incredulidad y sorpresa. Pero ya estaba dispuesto a jugar el partido. Sólo faltaba dar el puntapié inicial. Y para eso eligió al departamento de Florida como plataforma y al intendente Carlos Enciso como altavoz. En diciembre de 2012, en un acto de fin de año de la agrupación Manuel Oribe, el intendente sorprendió a todos cuando dijo que el Partido Nacional “necesitaba” la postulación de Lacalle Pou. “No es una proclamación, es un pedido”, reclamó mirando a los dirigentes blancos que estaban en Florida, entre ellos el senador y por entonces precandidato Sergio Abreu. La idea de Lacalle Pou empezaba a germinar.
Con la estructura herrerista como respaldo, sumó dirigentes y agrupaciones —algunas impensables como la wilsonista lista 40 del diputado Javier García—, armó su equipo de técnicos y se dedicó a preparar la agenda de gobierno.
El sábado 4 de mayo de 2013, luego de desplazar a Heber y a Piñeyrúa como candidatos del Herrerismo, oficializó su precandidatura en un acto en Cambadu. Agradeció a los que habían confiado en él y también a los que no. Faltaba más de un año para el domingo de las internas, y anunció algo que mantendría hasta el final: una campaña “sin agresiones ni descalificativos”. “La gente está podrida que los candidatos se peleen”, reflexionó, mucho antes de instalar el concepto “Por la positiva”. En ese entonces, cuando los números de las encuestas no llegaban a los dos dígitos, ya le molestaba que le insinuaran que su precandidatura era para “arrimar el bochín” ante una victoria de Larrañaga que se presumía segura. Ahora que ganó las internas y se perfila como el contendiente del frenteamplista Tabaré Vázquez, su discurso optimista se potencia. Dice que ya no piensa en el 2019. Repite hasta el cansancio que está listo para “gobernar ahora y gobernar bien”.
El Día D.
El domingo 1º de junio, Lacalle Pou se levantó bien temprano. A las siete de la mañana salió desde su casa en el barrio La Tahona rumbo a una recorrida por distintas ciudades y pueblos de Canelones, el departamento que lo parió como dirigente político. Arrancó por La Paz, siguió por Las Piedras, Cerrillos, Aguas Corrientes y Santa Lucía. Visitó comités, saludó a amigos y correligionarios. “Hay que conocer Canelones; es un mundo. Si no aprendés a hacer política acá, no aprendés en ningún lado”, comentó a los periodistas en medio de su recorrida.
A las 11 llegó a la capital del departamento para votar. Había comunicado a la prensa que sufragaría al mediodía, y aprovechó unos minutos de tiempo muerto para descansar un rato. Fue hasta la casa del dirigente canario Sebastián Andújar. Se sentó distendido en un sillón del living. En la televisión pasaban el programa “Punto Penal” con informes sobre la selección uruguaya de fútbol. Se evadió por un instante de tanta política. Hizo algunas llamadas, revisó mensajes, conversó con los dueños de casa.
Cuando faltaban diez minutos para las 12, enfiló para el Instituto de Estudios Canario, su lugar de votación. Fue caminando, con una botella de agua en su mano y saludando a la gente a su paso. Cuando llegó a la puerta se encontró con el dirigente frenteamplista y presidente de la Junta Nacional de Salud, Luis Gallo. “Afloje, compañero”, le dijo éste en medio de un abrazo afectuoso. Pero a Lacalle Pou no se lo notaba nervioso. Quizás ansioso, pero no nervioso. “Hace cinco días me pusieron el tiempo en el freezer”, comentó ante las cámaras de televisión segundos después de depositar su voto en la urna.
Al poco rato se subió a su camioneta Toyota Hilux y junto a su chofer y dos fotógrafos a bordo arrancó para San Ramón, su última parada antes de almorzar. A las dos de la tarde partió rumbo a la chacra de la familia González, que lo esperaba con pollo asado y chorizos. En el medio del camino, la Toyota Hilux se detuvo para esperar un auto que había quedado rezagado. Lacalle Pou bajó a estirar las piernas. “Yo creo que debería ganar”, comentó a Búsqueda al borde de la ruta. Lo dijo tranquilo, confiado en sus números, que siempre insistió eran distintos a los que le ofrecían las encuestadoras. Habló sobre su “olfato” y machacó sobre la idea de que no podía estar “tan equivocado”. Faltaban todavía varias horas para que terminara la veda y los politólogos arriesgaran sus pronósticos.
Entre el optimismo neutro y la euforia.
Lacalle Pou llegó a la sede de Todos Hacia Adelante a las 19.35. Ninguno sabe explicar bien por qué, pero entre los dirigentes y su equipo se respiraba ya a esa hora un aire de victoria. “Había un optimismo neutro”, graficó una fuente de su entorno. No tenían datos certeros que avalaran la sensación, pero la confianza reinaba en el búnker de 18 de Julio.
Lacalle Pou se mostraba cauto en su pequeño despacho, separado por una puerta de la sala de reuniones del comando. Ahí estaban los principales dirigentes del sector y los integrantes de su equipo técnico. Uno de ellos iba mirando y relatando los tuits sobre las elecciones que veía en su laptop. La esposa y los tres hijos del precandidato entraban y salían. El diputado Álvaro Delgado llegó con el primer dato alentador. Una encuesta a boca de urna de Factum los daba ganadores. Pero el optimismo neutro se mantenía.
Sobre las 20.30, todas las miradas se dirigieron a los televisores. El veterano dirigente Carlos Julio Pereyra estaba en la cabecera de una larga mesa, expectante como todos. El politólogo Óscar Botinelli anunció en Canal 4 los primeros datos. Dio una ventaja de Lacalle Pou sobre Larrañaga y hubo una explosión de euforia en la sede. Gritos, llantos. Lacalle Pou salió de su despacho y avisó: “Acá nadie festeja. No ganamos nada hasta que la Corte no lo diga”. Pero el ambiente triunfal empezó a dominar la sala. Por la televisión veían que en la sede de Larrañaga, en el Hotel Esplendor, se vivía todo lo contrario. La tendencia a favor era clara.
Unos quince minutos después, sobre las 20.45, habló el politólogo Luis Eduardo González en Canal 12. Dijo que Lacalle Pou tenía un 57% de los votos contra un 43% de Larrañaga. Hubo un nuevo estallido en la sede, y un festejo más mesurado en la sala donde estaba el precandidato y su gente. Afuera los militantes lloraban, se abrazaban y salían a la calle a festejar. Adentro, Lacalle Pou insistía en mantener la calma.
A las 21.15 sonó su celular. Era Larrañaga, que lo llamaba para felicitarlo y decirle que se encontrarían en la sede del Directorio del Partido Nacional. Hablaron durante unos cinco minutos. Después Larrañaga aparecería aceptando la derrota en un discurso que fue escuchado con mucho silencio y atención desde el búnker.
Minutos más tarde, Lacalle Pou abandonó por fin su sala de reuniones y enfrentó las cámaras y el saludo eufórico de los militantes. Parado al pie de la escalera que conducía a la sala y junto a su esposa, su jefe de campaña Nicolás Martínez y una intérprete del lenguaje de señas para sordos, dio su primer discurso como ganador de las elecciones internas. “No se podía ganar con una campaña por la positiva. Ahora se puede y ese es el camino que vamos a seguir”, anunció. Saludó a Larrañaga. Y dijo que se iba al Directorio a darse un abrazo con él. “Se podrán imaginar las noches que soñé con subir esas escaleras”, dijo en el único momento de la noche en que se le quebró la voz. La película de su campaña terminaba como la había imaginado. A unas pocas cuadras de allí, en el comando del Frente Amplio los dirigentes miraban por la pantalla el discurso de Lacalle Pou. Un legislador frentista comentó: “Este tipo algún día va a ser presidente. Yo espero tener Alzheimer”.