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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEmpecemos aclarando los tantos: por Lacalle, me estoy refiriendo al presidente Lacalle Herrera; entes son los de la sección XI de la Constitución (entes autónomos los llama) y Lampedusa (Giuseppe Tomasi) fue el último príncipe de la isla que lleva su nombre, pero lo que le dio notoriedad fue haber escrito Il Gattopardo (1958) o, más aún, la frase de uno de sus personajes, Tancredi Falconeri: si queremos que todo siga como está, las cosas deben cambiar (un poco).
¿Y qué tienen que ver estas tres cosas? Pues fue Lacalle Herrera quien, a través de la llamada Ley de Empresas Públicas, les pegó un cimbronazo fuerte a los viejos entes autónomos. A lo que se resistieron las fuerzas conservadoras del país: la izquierda, tanto política como sindical, y el batllismo sanguinettista. Promovieron un referéndum para bloquear el cambio. Y lo consiguieron.
Después, siguieron el consejo de Falconeri e introdujeron ciertos cambios: dejaron de hablar de entes autónomos (ahora les dicen empresas públicas), los del otro lado del mostrador pasaron a llamarse “clientes” (y hasta les mejoraron un poco el trato) e incluso se modernizaron los logos.
Todo lo cual está bien, pero la realidad de fondo, lo sustancial, sigue siendo lo mismo: grandes instituciones estatales repletas de funcionarios, jugando a ser empresas, pero con reglas diferentes, empezando frecuentemente por el privilegio de ser monopólicas.
Su foco central no es estar al servicio de la gente: el slogan “Ancap es nuestra” u otros por el estilo (“Las empresas son de todos los uruguayos”) son tamañas mulas. Para empezar, mucho antes que el interés de los supuestos dueños está siempre el de los funcionarios, beneficiarios privilegiados del funcionamiento de los entes. Perdón, de las empresas públicas.
La izquierda ha tenido la enorme habilidad de embutir en el panteón cultural yorugua la noción de que privatizar es una amenaza para la sociedad. A tal punto que cuando echa mano a esta arma el gobierno se pone, como instintivamente, a la defensiva.
Tan eficaz ha llegado a ser el cuco de las privatizaciones que la izquierda, tanto en su encarnación política como en la político-sindical, está llevando el juego al borde del ridículo. Como está ocurriendo con el caso de Antel y su apertura a prestar servicios de Internet a los operadores de cable. La Sra. Cosse acaba de batir el récord en este juego del lobo: “Estamos siendo testigos del vaciamiento de Antel”. ¿Por tener la posibilidad (no la obligación) de firmar contratos de suministros con terceros? ¡Vamos!
Explayándose, la Sra. Cosse explica su horror y espanto por el hecho de que, habiendo invertido tanto, Antel estaría poniendo parte de esa inversión al servicio (oneroso) de privados.
Demostrando que es una verdadera influencer política, el llamado de la señora ha sido tomado, fervorosamente, por Sutel: van a recurrir administrativamente la medida, “de forma de proteger el patrimonio nacional”, no solo eso, también “en defensa de los derechos humanos de acceso a estos servicios…”. O sea, vender Internet viola los derechos humanos. Superando a su mentora en lirismo, Sutel considera que “le abrieron las venas a Antel”. Pero ¡qué horror! ¡Pobre Antel!
Es increíble como una persona inteligente (me refiero a la Sra. Cosse) puede caer en este tipo de ceguera ideológica: ¿acaso el sentido de los servicios públicos no es ese, servir al público? Y el público, ¿de qué se compone sino de “privados”? ¿O acaso el Estado invierte en puentes y carreteras con el fin de que los usen exclusivamente entidades estatales? Todas las inversiones de Antel, como las de UTE, OSE y demás, son para beneficio de “privados” (bueno, menos el sinfín de curros que tienen sus funcionarios). ¿Y acaso el Frente no embarcó al Estado en una inversión multimillonaria para construir un ferrocarril que solo beneficiará a un privado, llamado UPM? Hasta la inversión estrella de Antel bajo el imperio de la Sra. Cosse beneficia a privados, tanto a quienes explotan Antel Arena como a quienes van a sus espectáculos. ¿O se olvidó la Sra. Cosse que, para Antel, esa macha inversión solo le significa pérdidas?
Al final, pudo Lampedusa más que Lacalle Herrera.
Y sí, es la historia del Uruguay contemporáneo.
Ignacio De Posadas